El viento que recorría los valles de Aragua en 1795 no encontraba grandes muchedumbres. En un territorio que superaba el millón de kilómetros cuadrados, la vida se apiñaba en unos pocos núcleos urbanos y en las estrechas franjas costeras donde el cacao y el añil prometían fortuna. Venezuela era, en apariencia, un país vacío. Pero bajo esa aparente quietud demográfica se gestaba una compleja trama de tensiones sociales, una lucha constante contra la enfermedad y un lento pero sostenido crecimiento económico que transformaría para siempre la estructura de la sociedad colonial. Comprender la dinámica entre la población y la economía de aquel siglo es asomarse al crisol donde se fraguó la identidad de una nación que pronto enfrentaría el reto de su independencia.
El despertar económico borbónico y su impacto en el tejido social
La llegada de la dinastía borbónica al trono español trajo consigo una serie de reformas administrativas y económicas que buscaban racionalizar el imperio. En las provincias venezolanas, estas políticas encontraron un terreno fértil. El reinado de Carlos III marcó un punto de inflexión, pues sus medidas impulsaron decididamente el crecimiento de la agricultura y el comercio hasta los límites que permitían las deficiencias estructurales de la sociedad española de entonces. Las reformas económicas se tradujeron en un conjunto de disposiciones que fomentaron la capacidad exportadora del país, lo que a su vez elevó el nivel de ingresos en las distintas provincias.
El motor de esta expansión fue la tierra. La expansión de la explotación del cacao, el algodón y el añil sentó las bases de la riqueza colonial, mientras que el comienzo del afianzamiento del cultivo del café anunciaba una nueva era de prosperidad. Fue precisamente esa transformación económica la que permitió a Alejandro de Humboldt sostener que, en ese período, el comercio de La Guaira tuvo su más grande esplendor. Aquella bonanza no era un simple dato contable; repercutió necesariamente en el panorama demográfico venezolano de entonces, pues mejoró la disponibilidad de alimentos locales para el consumo y elevó, al aumentar las exportaciones, el cupo de las importaciones de productos extranjeros indispensables para los habitantes de las diversas regiones.

Carlos III. Museo Nacional de Historia. Bogotá. CC-BY-NC-ND 4.0
La conexión entre producción agrícola y crecimiento poblacional
La relación entre economía y demografía no era fortuita. En un país agrícola como lo era Venezuela, la superación de algunas deficiencias del aparato productivo tiende generalmente a elevar el ritmo de crecimiento de la población, pues mejora los aspectos que ayudan a elevar la natalidad y a colocar la mortalidad en un contexto más favorable para descender. A pesar de que los datos que provienen de esa época no son del todo confiables, las apreciaciones de viajeros y funcionarios de la Corona sobre los habitantes de la Capitanía General de Venezuela han facilitado la labor de esclarecer la situación. Hasta tanto no se desarrollen investigaciones más profundas, estas apreciaciones seguirán utilizándose para lograr tal objetivo.
Conviene señalar que, cuando finalizaba el siglo XVIII, Venezuela había entrado en una etapa en la que su población mostraba cierta tendencia a acelerar tímidamente su crecimiento. En efecto, hacia 1794, José Domingo Rus consideraba que el fomento de la provincia de Maracaibo era un hecho cierto y que la población de la misma había ascendido a 68.300 habitantes, cantidad que lucía subestimada. Este crecimiento, aunque incipiente, era el reflejo de un proceso más amplio que estaba reconfigurando el territorio.
La frágil salud pública y el rostro de las epidemias
La inclinación de los políticos ilustrados hispanos por el desarrollo de las ciencias movió a la Corona, desde 1760, a tomar medidas en favor del progreso de la medicina y la salud pública en las provincias de ultramar. Lo cual abrió, aunque en forma modesta, un nuevo camino para intentar reducir los riesgos de muerte en la población. De esa nueva actitud que surgió en la Península se desprendió, sin duda alguna, la inauguración en 1763 de los estudios médicos en la Universidad de Caracas y la creación en 1777 del Protomedicato, cuyas funciones principales consistían en reprimir a aquellos que sin títulos debidos ejercieran la medicina y la cirugía, y en examinar a los aspirantes que habían concluido sus estudios y deseaban ejercer como médicos.
Bajo el efecto de las opiniones favorables al crecimiento de la población de los ilustrados españoles, las autoridades metropolitanas pretendieron también aplicar una política poblacionista en todos sus dominios a través de las innovaciones administrativas y medicosanitarias ya mencionadas. En el reglamento de la Intendencia de Caracas se estableció, como buen precepto mercantilista, que la población y la agricultura son los dos principios más necesarios para el comercio. No podemos ignorar que tales concepciones tuvieron en la práctica efectos muy limitados, pues el progreso económico y el desarrollo cientificotécnico de la Venezuela de finales del siglo XVIII no habían logrado todavía superar los obstáculos generales y locales que incidían negativamente sobre la evolución demográfica.
Viruela, fiebre amarilla y paludismo: el azote silencioso
La realidad sanitaria de las postrimerías del siglo XVIII estaba marcada por una lucha constante contra enfermedades que no daban tregua. La viruela, considerada una endemoepidemia, registró brotes recurrentes en los años 1724, 1728-1729, 1732-1733, 1739, 1742, 1764-1767, 1779-1780, 1783-1784, 1788, 1797 y 1799. La epidemia de 1764 a 1767 fue la más larga y grave: en 1764 mató a más de 1.000 personas en Caracas. Agustín Codazzi y Alejandro Von Humboldt contabilizaron entre 6.000 y 8.000 víctimas en la capital durante el período que duró la epidemia. El mismo brote se extendió por todo el país, quitando la vida a 10.000 personas, en su mayoría indígenas.
La fiebre amarilla también hizo estragos con brotes en Caracas, La Guaira, Coro y Puerto Cabello. El ocurrido en Caracas en 1756-1757 diezmó a las tropas españolas acuarteladas en la ciudad. Por su parte, el paludismo, enfermedad endémica, en 1756 causó la muerte a la mayor parte de los integrantes de la expedición de José Solano y Bote por el río Orinoco, y en 1759 provocó la muerte de 325 personas en San Fernando de Atabapo. A este cuadro se sumaban otras enfermedades como la peste bubónica, el sarampión, la tuberculosis, el tabardillo, las bubas, el bocio, la rabia y la tos ferina, que completaban un panorama desolador para la salud pública de la época.

Alejandro Von Humboldt. Associé étranger de l’Academie des Sciences. Berlin, 1769. CC-BY-NC-ND 4.0
Natalidad, mortalidad y la brevedad de la vida colonial
En las condiciones citadas, la población venezolana de las dos últimas décadas de aquella centuria tuvo que caracterizarse por una natalidad que tendía a mantenerse con tasas bastante elevadas y por una mortalidad con coeficientes muy altos. De ese período, a pesar de que no hay datos precisos sobre los nacimientos y las defunciones, se sabe con exactitud que la mayoría de las familias que hicieron historia dejaron, en condiciones normales, descendencias de cinco o más hijos por matrimonio. Estos valores van siempre asociados a tasas anuales de natalidad superiores a 40 por 1.000 habitantes.
Influenciado por esa realidad, Dauxion Lavaysse consideraba que un jefe de familia criollo se empeñaba en impulsar su industria para acrecentar su riqueza porque tenía una tropa de hijos que no le rogaron que los procreara. En esas o parecidas dimensiones debía de hallarse el número de hijos de las familias sin recursos, tanto las blancas como las que integraban las capas predominantes de pardos y mestizos. El efecto de esa elevada fecundidad era, no obstante, neutralizado por las abundantes defunciones que ocurrían en las diferentes edades y en todos los grupos sociales. Sin embargo, en la peor situación se colocaban los sectores más débiles económicamente y los niños.
En los años 1780, 1785 y 1790, en la parroquia Catedral de Caracas, los decesos de párvulos, es decir, de niños menores de 12 años, representaban más del 36% del total de los fallecidos. Esa proporción sólo se registra actualmente en las naciones más atrasadas. La muerte diezmaba a las familias implacablemente, a través de las pestes, las endemias tropicales y la ignorancia. El paludismo y la fiebre amarilla atacaban con frecuencia, en los valles de Aragua, a pueblos y ciudades de la costa. La tasa anual de mortalidad se mantenía, por consiguiente, alrededor de 35 por mil habitantes. La mortalidad, con todo, gracias a la era de paz que vivió el país y al mejoramiento económico ya comentado, se mantuvo generalmente con valores inferiores a los de la natalidad. Por ello la población pudo aumentar, aunque con tasas de crecimiento natural que oscilarían entre el 0,2 y el 0,6 por ciento anual.
Humboldt, entre 1800 y 1810, suponía una tasa de crecimiento real del 0,25 por ciento anual, a pesar de que ese lapso fue uno de los que mejores condiciones exhibió en la evolución demográfica venezolana antes de la Independencia. Las características demográficas ya señaladas hacen suponer que la población de Venezuela logró en 1795 llegar a 768.000 habitantes, si aceptamos desde ese año una tasa anual de crecimiento real de 0,3 por ciento, y si admitimos, de acuerdo con Humboldt, que en 1800 la población podría haber alcanzado unas 780.000 personas.
El mapa humano: provincias, ciudades y la geografía del poblamiento
La mayor parte de esos habitantes se concentraban en las provincias de Caracas, Cumaná y Maracaibo. Esta última, que incluía las jurisdicciones de Mérida y Trujillo, había superado en 1795 el estado de estancamiento en que habían caído, en la década de los años 80, su agricultura y su comercio. Los datos anteriores nos dejan ver que, al concluir el siglo XVIII, en las provincias de Caracas y Maracaibo debían hallarse las zonas más pobladas del país, así como los centros urbanos más importantes.
La distribución poblacional de 1795
Para comprender la magnitud de este poblamiento, es fundamental analizar el censo aproximado de 1795, que revela una profunda desigualdad regional. La Provincia de Caracas contaba con 393.294 habitantes, consolidándose como el epicentro demográfico y económico de la Capitanía. Le seguía la Provincia de Maracaibo con 136.968 habitantes; la Provincia de Cumaná con 107.618; la Comandancia General de Barinas con 73.376; la Provincia de Guayana con 39.134; y finalmente, la Provincia de Margarita, que apenas registraba 17.610 habitantes. El total aproximado de la Capitanía General de Venezuela ascendía así a 768.000 habitantes.
Los centros urbanos y su jerarquía demográfica
En la provincia de Caracas, varias ciudades habían alcanzado más de 8.000 habitantes, como Caracas, con 39.000; Barquisimeto, con 9.500; El Tocuyo, con 9.000; Valencia, con 9.000; y Coro, con 8.500. En la provincia de Maracaibo se destacaban entonces las ciudades de Maracaibo, con 20.000 habitantes; Mérida, con 10.000; y Trujillo, con 6.500. En la provincia de Cumaná se encontraban ciudades que en 1795 habían superado los 10.000 habitantes, como Cumaná, con 11.300, y Barcelona, con 10.200. En las demás provincias, sólo dos ciudades habían alcanzado en 1795 más de 4.000 almas: la de Barinas, con unas 7.500, en la Comandancia General del mismo nombre, y la de Angostura (hoy Ciudad Bolívar), con unas 4.500, en la provincia de Guayana.
Era evidente que esa población que ocupaba el territorio venezolano resultaba extremadamente escasa, pues el mismo superaba el millón de kilómetros cuadrados. Por ello, al finalizar el siglo XVIII, sólo reducidos espacios se hallaban verdaderamente activos demográficamente, y en ellos estaban situadas, precisamente, las ciudades mencionadas.
Los valles de Caracas, Aragua y El Tuy: el corazón económico y esclavo
De esos espacios, el formado por los valles de Caracas, Aragua y El Tuy era el que mostraba el poblamiento más compacto, lo que se explica por la concentración en esa zona de cultivos que, como el cacao, el añil, el algodón, la caña de azúcar e, incluso, el café, constituían la base económica de la Capitanía General. Allí, justamente, según se deduce de datos de Humboldt, se ubicaba casi el 60 por ciento de los esclavos que había en el país, es decir, de la mano de obra que hacía producir el más importante sector agrícola en ese lapso. Este dato revela la profunda conexión entre la geografía, la economía de plantación y la estructura social de la Venezuela colonial.

Expectativas de vida, estructura por edad y tensiones sociales
Esa escasa población de finales del siglo XVIII presentaba, como característica morfológica destacada, una estructura por edad en la que predominaban los grupos más jóvenes, debido fundamentalmente a la influencia de su elevada natalidad, tal como sucedía en España al finalizar el mismo siglo. Los jóvenes menores de 20 años constituían generalmente más del 40% de toda la población, y los mayores de 50 no alcanzaban siquiera el 10%, como se observó en algunos pueblos tras la visita del gobernador Diguja en 1761. Asimismo, contribuyó a desarrollar esta estructura tan desequilibrada la elevada mortalidad, que reducía la expectativa de vida de una persona a unos 30 años escasos.
Este valor no representaba un caso excepcional, pues en 1800 esa expectativa fue de 34 años en Inglaterra y Francia, y de 35 en Suecia. Ciertamente, los venezolanos de las postrimerías de esa centuria disponían de una vida muy breve, y por ello las generaciones de entonces comenzaban y terminaban sus actividades profesionales a edades extremadamente bajas.
Mantuanos, pardos y negros: el germen del conflicto social
Se habrá observado que las ciudades con que contaba Venezuela, cuando ya estaba próximo el comienzo del siglo XVIII, presentaban dimensiones demográficas aparentemente muy pequeñas, y que por ello resulta difícil concebir en ellas la complejidad y las tensiones sociales que siempre mencionan los historiadores. En verdad, para el período que comentamos, las ciudades venezolanas no constituían, en ese aspecto, una excepción, puesto que el mundo, cuando concluía el siglo XVIII, no se caracterizaba por la abundancia de grandes ciudades, es decir, de aquéllas con más de cien mil habitantes. Nueva York, por ejemplo, sólo sumaba entonces 60.000 personas. Caracas, realmente, no estaba tan distante de esa misma cifra en aquel lapso.
En verdad, las dimensiones urbanas entre 1790 y 1800 se ajustaban, como sucedía en la Capitanía General de Venezuela, al ritmo todavía lento de los cambios sociales; pero ese ritmo, con todo, no dejaba de generar conflictos y contradicciones entre los diferentes grupos en su afán por obtener mejores posiciones en la distribución de los beneficios económicos. No tiene nada de raro que en las ciudades de Caracas, Maracaibo, Cumaná, Barcelona, Valencia y Barquisimeto se hayan formado, en el período citado, ambientes o escenarios sociales con antagonismos manifiestos.
Fue en esos centros urbanos donde los mantuanos o «grandes cacaos» ostentaban las fortunas obtenidas por el trabajo de negros y pardos; y fue allí también donde éstos, para mejorar su condición, mostraron capacidad para confrontaciones de tonos moderados. La estructura social era rígida, pero las tensiones subyacentes comenzaban a aflorar en el espacio público de unas ciudades que, aunque pequeñas en número de habitantes, eran el escenario de profundas contradicciones.
El ocaso del siglo XVIII: una sociedad en transición
La Venezuela de finales del siglo XVIII era, en suma, un territorio de contrastes extremos. Una élite criolla acumulaba riquezas en torno al cacao y la tierra, mientras una mayoría joven y empobrecida lidiaba con una vida breve, condiciones sanitarias precarias y el azote constante de las epidemias. Las reformas borbónicas habían logrado dinamizar la economía y aumentar los ingresos, pero sus efectos no se distribuían equitativamente. La Corona intentó aplicar políticas poblacionistas y de salud pública, pero los obstáculos estructurales de una sociedad colonial jerárquica y de un territorio inmenso limitaron su impacto real.
El crecimiento demográfico, aunque lento y frágil, fue suficiente para sentar las bases de lo que sería la Venezuela republicana. Las ciudades, a pesar de su modestia demográfica, se convirtieron en hervideros de tensiones sociales donde los mantuanos, los pardos y los negros empezaron a medir fuerzas. Esa brecha, tejida en el silencio de los valles y en la cotidianidad de las pequeñas ciudades, no era un simple dato estadístico: era el preludio de una fractura social que, décadas más tarde, encontraría en la Independencia su cauce definitivo. La historia de la población y la economía del siglo XVIII venezolano es, en última instancia, la historia de una sociedad que aprendió a sobrevivir en la adversidad y que, sin saberlo, estaba construyendo los cimientos de una nación.
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia de Venezuela
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela (BibloFEP)
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
- Redalyc – Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe
- Dialnet – Universidad de La Rioja
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 221- 225).
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