Nueva Toledo (Cumaná): Fundación, Resistencia y Legado de la Primogénita de América

En enero de 1521, el capitán Gonzalo de Ocampo levantó una fortaleza de madera y tierra en las bocas del río Manzanares. No era una fundación cualquiera: era el primer asentamiento europeo planificado en tierra firme del continente americano, bautizado como Nueva Toledo en honor a la ciudad imperial de Castilla. Sin embargo, la historia de Cumaná —nombre que recuperaría décadas después— no comenzó con un acto de fundación, sino con un siglo de ensayos, resistencias, evangelización y violencia que forjaron el carácter de una ciudad que ha renacido de sus cenizas más veces que cualquier otra en Venezuela.

Primeros contactos: el descubrimiento de la costa y el trueque de perlas

La isla de las perlas llamada así por la gran cantidad de perlas que se encontró allí. Grabado. Grands Voyages - Americae. 1618 - 1630. Theodore de Bry. (p. 126) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0.
La isla de las perlas llamada así por la gran cantidad de perlas que se encontró allí. Grabado. Grands Voyages – Americae. 1618 – 1630. Theodore de Bry. (p. 126) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0.

Mucho antes de que las velas españolas surcaran el horizonte, las costas de lo que hoy es el estado Sucre eran territorio de los cumanagotos, indios caribes que dominaban la región desde el río Unare hasta el golfo de Paria. Su nombre, que los cronistas tradujeron como “unión de mar y río”, describía con precisión un entorno donde la pesca, la recolección de perlas y una agricultura de subsistencia sustentaban a una población organizada en cacicazgos. Eran, además, temibles navegantes que controlaban las rutas costeras y defendían con ferocidad su territorio contra cualquier intruso.

La llegada de los españoles a estas costas fue temprana. El propio Alonso de Ojeda, en su viaje de 1499, costeó la región hasta el Cabo de la Vela, dejando trazada la primera ruta. Poco después, Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra, en una expedición autorizada por los Reyes Católicos, recorrieron la misma derrota y, sin reparar en prohibiciones, llegaron a la tierra de Paria y Maracapana. Allí, en el puerto de Cumanagoto, los indios, llevados por la novedad, subieron a bordo en sus piraguas cargados de perlas y chaquelas de oro, que cambiaron con liberalidad por cascabeles, cuchillos y chaquiras. Fueron las primeras perlas que tributó el Nuevo Mundo a España, y aquel trueque pacífico abrió la puerta a una codicia que no tardaría en tornarse en violencia.

Para 1513-1514, frailes franciscanos y dominicos establecieron las primeras misiones en la desembocadura del río Cumaná y en el golfo de Chichirivichi. Fray Pedro de Córdoba, dominico, logró incluso Reales Cédulas que prohibían expresamente la esclavización de indios en los territorios bajo su cuidado. Pero el choque entre el proyecto evangelizador y la codicia esclavista era inevitable: en 1515, una armadilla española atropelló a los aborígenes, quienes en represalia mataron a dos misioneros. Aquel episodio reveló la contradicción fundamental que marcaría la historia temprana de la provincia: dos concepciones opuestas del Nuevo Mundo, la evangelizadora y la expoliadora, disputándose el alma de un territorio.

El cronista José de Oviedo y Baños, en su Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela, consigna con meticulosidad estos primeros encuentros. Describe cómo Guerra y sus compañeros, “gozosos con los aprovechamientos que en tan felices principios les iba ofreciendo la fortuna”, prosiguieron su navegación pasando el Ancon de Refriegas, punta de Arava y golfo de Cariaco, hasta llegar al puerto de Cumanagoto. Allí, los indios “sin recelo alguno de los forasteros, luego que descubrieron la embarcación se fueron a bordo en sus piraguas, llevando muchas perlas y chaquelas de oro en los cuellos, brazaletes y orejeras que con liberalidad feriaron a los huéspedes por cascabeles, cuchillos y chaquiras”. El relato de Oviedo y Baños, escrito en el siglo XVIII pero basado en documentos de los archivos de la época, ofrece una ventana privilegiada a aquellos días en que la codicia aún no había empañado del todo el asombro del encuentro.

La fundación de Nueva Toledo y el ciclo trágico

La fortaleza que Gonzalo de Ocampo construyó en enero de 1521 no fue un gesto de paz, sino una respuesta militar. La Audiencia de Santo Domingo lo había enviado para castigar a los indígenas que habían quemado las misiones y para asegurar el abastecimiento de la isla de Cubagua, cuyo riquísimo banco de perlas requería agua, madera y mano de obra del continente. Ocampo cumplió su misión con saqueos y violencia, y sobre las ruinas de la misión franciscana levantó una empalizada a la que llamó Nueva Toledo.

Los españoles junto con unos frailes sos asesinados por los indios en el río Cumaná. Grabado. Grands Voyages - Americae, 1590 -1619. Theodore de Bry. (p. 124) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0.
Los españoles junto con unos frailes sos asesinados por los indios en el río Cumaná. Grabado. Grands Voyages – Americae, 1590 -1619. Theodore de Bry. (p. 124) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0.

Pero la historia de Nueva Toledo fue un ciclo de violencia que se repetiría una y otra vez. La fortaleza fue entregada a Bartolomé de Las Casas, quien intentó una colonización pacífica bajo el amparo de las Cédulas protectoras. Los esclavistas, sin embargo, siguieron asolando la “Costa de las Perlas”; Las Casas viajó a La Española para denunciar los abusos y, en su ausencia, el poblado estalló en una rebelión indígena. En 1522, Jácome de Castellón fue autorizado para ejecutar el castigo; construyó una torre-fortaleza llamada Santa Cruz de la Vista, que aseguró el abastecimiento de Cubagua hasta que un terremoto la destruyó en 1529. La naturaleza, aliada silenciosa de la resistencia indígena, borraba una y otra vez los intentos de asentamiento.

Los ensayos de colonización (1531-1562)

Entre 1531 y 1562, la Corona y los aventureros intentaron repetidamente establecer una gobernación estable en la región. Diego de Ordaz fundó la efímera San Miguel de Paria. Juan de Espes recibió en 1536 una capitulación para formar la provincia de Nueva Andalucía, que no se concretó. Cada intento chocaba contra la misma realidad: la hostilidad de los cumanagotos, la ferocidad de los esclavistas y la lejanía de las autoridades. La provincia parecía condenada a la inestabilidad.

La fundación definitiva: Santa Inés de Cumaná

El 1 de febrero de 1562, fray Francisco de Montesinos llegó a la Costa de las Perlas con pobladores para la isla de Margarita y erigió a orillas del río Cumaná la ciudad de Nueva Córdoba, cuyo primer cabildo se instaló bajo la jurisdicción de la Audiencia de Santo Domingo. Por primera vez, indios participaron como ciudadanos en la fundación de una ciudad. Era el embrión de la futura Cumaná.

Pero la fundación definitiva llegó con Diego Fernández de Serpa, quien recibió de Felipe II, el 15 de marzo de 1568, la capitulación que establecía por Real Cédula la provincia de Nueva Andalucía y Guayana. Serpa llegó a Nueva Córdoba el 24 de noviembre de 1569 y, en un gesto de justicia histórica, devolvió al asentamiento su nombre primitivo: Cumaná, en honor a la villa franciscana de 1515. El poblado, que entonces era un conjunto de chozas con 17 familias, fue aumentado a 23 con las huestes del gobernador. Esas familias se convertirían en los primeros propietarios de tierras, ostentarían los oficios del Cabildo y formarían los núcleos de una aristocracia ulterior.

La resistencia indígena y el bautismo de fuego

Serpa también fundó, junto al río Neverí, la Ciudad de los Caballeros (Santiago de los Caballeros), pero su gobierno fue breve. Según relata Oviedo y Baños, Serpa “salió a campaña con el resto de su gente, con ánimo de atravesar la provincia siempre al sur, hasta descubrir por aquel rumbo las aguas del Orinoco”. Pero los indios cumanagotos, “altivos con la rota lamentable que dieron al General D. Diego Fernández de Cerpa en que pereció aquel caballero con lo más florido de la gente que trajo de España a su conquista”, lo emboscaron y dieron muerte a él y a la mayor parte de sus soldados. La crónica es explícita: “murió cerca de la quebrada de Hoces, víctima de una acción bélica de los cumanagoto”.

La provincia quedó sumida en el caos. En 1572, los aborígenes atacaron Cumaná el día de Santa Inés; la ciudad resistió el embate y quedó bajo la advocación de esa virgen, adoptando el nombre de Santa Inés de Cumaná. La estabilidad, sin embargo, seguiría siendo un espejismo.

La conquista de los Cumanagotos: Garci González de Silva y la ciudad del Espíritu Santo

La pacificación del territorio entre el Neverí y el Unare fue una empresa que ocupó a varios gobernadores. En 1578, Juan de Pimentel, gobernador de Venezuela, comisionó a Garci González de Silva para someter a los indios cumanagotos, que habían asaltado barcos que viajaban a la Margarita y amenazaban el comercio. Oviedo y Baños narra la campaña con lujo de detalle: “Para asegurar por todos lados la comunicación, y afianzar la conveniencia común de los vecinos, trató de poblar una ciudad en parte que sujetase a los indios Quiriquires: diligencia, que encomendó a Garci-gonzalez”. Sin embargo, el plan inicial se torció: “los indios Cumanagotos, altivos con la rota lamentable que dieron al General D. Diego Fernández de Cerpa… dieron en salir al mar a infestar la navegación con sus piraguas”. Pimentel, entonces, ordenó a González de Silva que “con la gente que tenía prevenida para poblar en los Quiriquires pasase luego a la conquista de los Cumanagotos”.

González de Silva partió el 6 de abril de 1579 con más de cien soldados españoles y cuatrocientos indios auxiliares, atravesando los llanos para evitar ser detectado. En el camino, en las juntas de Chacopata, se encontró con dieciocho piraguas de cumanagotos que habían salido a piratear; las atacó, les quemó las canoas y les causó ochenta y tres muertos en la playa. El cronista destaca que los indios “determinados a sustentar en tierra la batalla”, ofrecieron feroz resistencia, pero “postrados los indios, mas con el cansancio, que con el desaliento, favorecidos de la noche tuvieron lugar de retirarse”.

Luego, en las riveras del río Unare, se trabó una batalla campal contra más de tres mil indios. La caballería española, guiada por González de Silva, logró vadear el río y desordenar las escuadras enemigas, que terminaron huyendo. Oviedo y Baños describe el momento épico: “los de a caballo, animados con el socorro que les dio la infantería, vueltas las lanzas en rayos, acabaron de desordenar las escuadras enemigas”.

Tras esta victoria, González de Silva fundó la ciudad del Espíritu Santo en Querequerope, “por haber hecho los autos para su fundación en la octava de Pentecóstes”, con la intención de convertirla en plaza de armas. Nombró alcaldes y regidores, pero “quedó mas con las circunstancias de presidio, que con las apariencias de república”. Sin embargo, los cumanagotos, lejos de rendirse, reunieron un ejército de doce mil combatientes con auxilio de las naciones vecinas. En una emboscada, “pegaron fuego por todas partes a las casas”, quemando a seis soldados. González de Silva, a pesar de la fatiga y la sed, continuó su campaña. El cronista relata que los indios “con malicia anticipada habían cegado algunos pozos donde pudieran hallarlas”, y que la sed era tan insufrible que los soldados “apelaron a las armas para buscar con ellas el alivio”.

Finalmente, la deserción de los indios auxiliares, “o cansados de las inescusables molestias de la guerra, o llevados del temor que habían concebido de los Cumanagotos”, obligó a González de Silva a abandonar la conquista y retirarse a Querequerope. Recibió entonces órdenes de Pimentel de despoblar la ciudad y pasar a la conquista de los Quiriquires, “porque atendidas las resultas de una y otra expedición, eran más apreciables las que se prometía de la fácil sujeción de estos que las que se podían esperar de la dilatada conquista de los otros”. La crónica de Oviedo y Baños subraya la frustración de los soldados, para quienes la campaña contra los cumanagotos se había vuelto “desagradable” por la “constante resistencia” de esa nación.

Conflictos, traiciones y la muerte de Francisco Fajardo

La historia de Cumaná en las últimas décadas del siglo XVI está tejida de episodios de lealtad y traición que estremecen la crónica. Uno de los más dramáticos fue el que protagonizaron Francisco Fajardo y Alonso Cobos, teniente de Cumaná. Fajardo, famoso por sus conquistas en la región de Caracas, se preparaba para enfrentar al tirano Lope de Aguirre en la isla de Margarita. Habiendo reclutado quinientos indios en Cumanagoto con la ayuda de los caciques amigos, se disponía a zarpar cuando Cobos, movido por la envidia y el deseo de apropiarse de los pertrechos, fingió una reconciliación y lo invitó a Cumaná.

Oviedo y Baños dedica varias páginas a relatar esta vileza. Cobos, “declarado enemigo de Fajardo; sin más motivo, que la emulación de verlo acreditado con la fama que le habían adquirido sus conquistas”, maquinó “la más enorme maldad, que pudo caber en pecho humano”. Envió recados cortesanos y, por medio de un amigo común, persuadió a Fajardo para que pasara a verse con él a Cumaná. Fajardo, “quizá por los latidos con que fiel le avisaba el corazón, no atreviéndose a fiar de una amistad reconciliada, procuró escusarse”, pero las instancias fueron tales que “obligado Fajardo a tanto ruego, hubo de pasar a Cumaná guiado de su mala estrella”.

Cobos lo recibió con apariencias de agrado hasta la noche, cuando unos criados salieron con grillos para prenderlo. Fajardo se defendió, pero Cobos, con falsas promesas —”V. no se alborote, que todo esto no es mas que un cumplimiento para tapar la boca a algunas quejas”— logró que se dejara encadenar. Aquella misma noche, sin más proceso que media hora para defenderse, fue sentenciado a la horca y ejecutado. El cronista consigna que Cobos le tomó confesión “por ante un escribano, llamado Hernando Lopez”, y le atribuyó “por delitos lo que la estimación común (y con razón) le celebraba por méritos”. La crónica de Oviedo y Baños consigna este crimen como una de las mayores vilezas cometidas en la provincia, y su recuerdo pesó por décadas sobre la conciencia de la gobernación.

Retrato grabado de Sir Walter Raleigh. William Bray, Esq. FAS, Ed. y William Upcott. 1872. Diario y correspondencia de John Evelyn, FRS, Vol. III , Londres : Bell & Daldy, p. fac. p. 301. CC-BY-NC-ND 4.0
Retrato grabado de Sir Walter Raleigh, William Bray, Esq. FAS, Ed. y William Upcott. 1872. Diario y correspondencia de John Evelyn, FRS, Vol. III , Londres : Bell & Daldy, p. fac. p. 301. CC-BY-NC-ND 4.0

Los ataques de corsarios franceses e ingleses se sucedieron a partir de 1585; el propio Walter Raleigh atacó la costa cumanesa en 1595. La Corona respondió con fortificaciones que rodearon la ciudad desde el río hasta la sierra de Quetepe. Las disputas jurisdiccionales tampoco cesaron. Rodrigo Manuel Núñez Lobo, nombrado gobernador en 1591, fue rechazado por los habitantes por ser portugués. Ese mismo año, Cumaná recibió el título de ciudad y escudo de armas. Al año siguiente, la isla de Trinidad se anexó a la Nueva Andalucía en una capitulación conferida a Francisco de Vides, quien terminó encarcelado por sus excesos. En 1595, Guayana se separó de la gobernación, y la provincia quedó reducida a su núcleo oriental.

La economía, basada en la explotación perlífera y el comercio con los asentamientos vecinos, se resintió con el agotamiento de los ostrales de Cubagua y la constante amenaza de los ataques. Sin perlas y sin poder explotar la mano de obra esclava de manera estable, el territorio se sumió en una “pobreza endémica” que lo condenó a la periferia del imperio. El cacao, el maíz y la caña de azúcar comenzaron a sustituir a las perlas como base de una economía agraria de subsistencia.

La empresa de Cristóbal Cobos y la fundación de San Cristóbal de los Cumanagotos

La resistencia cumanagota, lejos de menguar, se había vuelto legendaria. Oviedo y Baños señala que, “soberbios los indios Cumanagotos de haber obligado a Garci-gonzalez a despoblar la ciudad del Espíritu Santo y retirarse de toda la jurisdicción de su provincia, fueron multiplicando los insultos a que los provocaba su altivez, fiados en que la continuada felicidad de sus victorias los había elevado ya (en la común estimación) al grado supremo de invencibles”.

Fue entonces cuando el gobernador Luis de Rojas, en 1584, concibió un plan audaz. La Audiencia de Santo Domingo había condenado a Cristóbal Cobos —hijo de aquel Alonso Cobos que había asesinado a Fajardo— a servir a su costa en las conquistas de la provincia, para “satisfacer con este mérito las resultas del delito que cometió su padre en la muerte tan injusta, como atroz, que dio a Francisco Fajardo”. Rojas, viendo en Cobos a un hombre “de valor y buen soldado”, le encomendó la sujeción y castigo de los cumanagotos. La ironía histórica es profunda: el hijo del asesino de Fajardo sería el instrumento para domeñar a la nación que había dado muerte a Serpa y humillado a González de Silva.

Cobos aceptó la propuesta y, “llevando ciento y setenta hombres españoles, y trescientos indios de la costa, entró por el mes de Marzo del año de ochenta y cinco (a) a pisar los umbrales de aquella nación rebelde”. Al llegar al río Salado, el Cacique Cayarima le salió al encuentro con dos mil guerreros. La batalla fue feroz, pero Cobos logró imponerse. Fundó entonces, en la laguna de Apaicuar, la ciudad de San Cristóbal de Nueva Ecija de los Cumanagotos, el primer poblado con resultado estable en el área. Años después, este pueblo se trasladó a la margen izquierda del río Neverí y, fusionado con la ciudad de Nueva Barcelona que fundó Juan de Orpín en 1638, dio origen a la actual Barcelona. La empresa de Cobos, aunque costosa, logró quebrar el mito de la invencibilidad cumanagota y abrió la puerta a la colonización definitiva de la región.

Consolidación provincial y nuevos poblados

A pesar de los altibajos, la provincia se consolidó lentamente. En 1604 se fundó Cariaco; en 1637, Cumanacoa; en 1645, Carúpano, y en 1647, Río Caribe. Pero el sur de la gobernación permaneció indómito hasta el siglo XVIII, cuando las misiones lograron conquistarlo. Las dificultades de navegación de los ríos, que corrían de oeste a este, retardaron la presencia hispánica en el interior.

La disputa por el territorio entre el Neverí y el Unare, reclamado tanto por la provincia de Venezuela como por la de Nueva Andalucía, se resolvió finalmente a favor de esta última. Los gobernadores de Caracas comprendieron que la región, geográficamente vinculada al oriente, era imposible de atender desde el occidente. Así, Cumaná aseguró su corredor hacia el oeste y la integridad de su jurisdicción.

Oviedo y Baños, en su crónica, dedica un capítulo a la fundación de San Cristóbal de los Cumanagotos y a la posterior consolidación de los poblados de la provincia. Describe con precisión los límites de la gobernación y los accidentes geográficos que condicionaron su poblamiento. Su relato, escrito con la minuciosidad de un notario y el aliento de un historiador, es la fuente más completa que poseemos sobre aquellos años de fundaciones y desastres.

La peste de viruelas que asoló la provincia en aquellos años, mencionada por el cronista, diezmó a la población indígena y facilitó, con su tragedia, la penetración hispánica en territorios que la resistencia había mantenido cerrados. La enfermedad, aliada silenciosa de la conquista, hizo más que las armas por doblegar a los cumanagotos.

La cultura de una ciudad que renace

Plano general de la ciudad de Cumaná y sus contornos. D. Agustín Crame.1777. Servicio Histórico Militar. Madrid - España. (p. 129) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0
Plano general de la ciudad de Cumaná y sus contornos. D. Agustín Crame.1777. Servicio Histórico Militar. Madrid – España. (p. 129) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0

La cultura cumanesa es el reflejo de su historia: una mezcla de resistencia indígena, imposición colonial y adaptación criolla. Las festividades en honor a Santa Inés, su patrona, y las tradicionales Noches de Antaño, donde los habitantes se visten con trajes coloniales, mantienen viva la memoria de un pasado que no se olvida. Su arquitectura colonial, con calles empedradas y coloridas casas, cuenta la historia de una ciudad que ha renacido tras cada terremoto y cada asedio.

La gastronomía es otro testimonio de su identidad costera. El cuajao, plato típico de Semana Santa a base de pescado y huevos; las empanadas de cazón, servidas en desayunos y almuerzos cerca de las playas; el coctelito cumanés, una combinación de pepitonas, camarones, pulpo y otros moluscos; y la tortilla charera, desayuno tradicional de los campos que rodean la ciudad, son sabores que anclan al visitante en la geografía y la historia de la región.

La herencia de los primeros pobladores, tanto españoles como indígenas, pervive en el habla, en las costumbres y en la manera de entender el mundo. El sincretismo religioso, con sus santos y sus ritos ancestrales; la música, con sus golpes y sus tambores; la poesía de José Antonio Ramos Sucre, que llevó el nombre de Cumaná a las letras universales: todo ello es parte de una identidad forjada en el crisol de la resistencia y la supervivencia.

Atractivos turísticos: testigos de piedra

Hoy, Cumaná es un museo vivo de su propio pasado. En la cima del cerro Quetepe se alza el Castillo Santa María de la Cabeza, una imponente fortaleza construida entre 1669 y 1673, declarada Bien de Interés Cultural y Patrimonio Municipal. Aunque los terremotos han derruido gran parte de su estructura, sus muros inclinados y su torre vigía siguen dominando el paisaje urbano. Desde sus baluartes, el visitante puede imaginar la mirada de los centinelas que vigilaban el horizonte en busca de velas inglesas o francesas.

La Iglesia de Santa Inés, construida sobre las ruinas de la primitiva ermita, y la Casa de José Antonio Ramos Sucre, el poeta cumanés por excelencia, son paradas obligadas. Las calles del centro colonial, con sus casonas de fachadas coloridas y balcones de madera, invitan a un viaje en el tiempo que pocas ciudades de Venezuela pueden ofrecer. El Museo Gran Mariscal de Ayacucho, dedicado a la memoria de Antonio José de Sucre, y el Museo de Arte Contemporáneo, completan una oferta cultural que dialoga con el pasado y el presente.

El malecón, con su brisa salina y su vista al golfo de Cariaco, y las cercanas playas de Arapito y San Luis, ofrecen un respiro a la historia y una ventana a la geografía que alimentó a los cumanagotos y fascinó a los primeros españoles. La Península de Araya, con sus salinas y sus fortalezas, y el Parque Nacional Mochima, con sus islas y sus aguas cristalinas, son destinos que completan la experiencia de una región donde la historia y la naturaleza se funden.

Cumaná no es solo la “Primogénita de América”: es una ciudad que ha sobrevivido a la violencia, a los terremotos y al olvido para recordarnos que la historia no es un relato lineal, sino un permanente renacer. Sus piedras, sus playas y sus gentes son testigos de un pasado que no pasa, de una resistencia que no se rinde y de una identidad que, como el sol que se refleja en el golfo de Cariaco, brilla con luz propia en el horizonte de la memoria venezolana.

Fuentes Oficiales

Fuentes Académicas

  • Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial (pp. 128-132). Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9.
  • Oviedo y Baños, José de. (1824). Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela (Primera parte, Libros I, IV, VI y VII). Caracas: Imprenta de Domingo Mayas Simola. (Edición facsimilar de 1824).
  • Archivo General de la Nación (Venezuela) – Fondos documentales sobre la Gobernación de Nueva Andalucía – agn.gob.ve

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Ani Garcia

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