Blancos peninsulares y canarios: élite fragmentada del s. XVIII

En las calles empedradas de la Caracas del siglo XVIII, el color de la piel no bastaba para definir el destino de un hombre. Bajo el mismo cielo tropical, dos grupos de blancos europeos compartían el privilegio de su origen, pero no el poder. Mientras unos acaparaban los cargos de gobernadores, obispos y capitanes generales, otros —llegados desde las islas Canarias— se dedicaban al comercio al detal, a la agricultura y a la cría de ganado. Aquella fractura silenciosa marcaría para siempre el rostro de una sociedad que, décadas después, se desangraría en una guerra fratricida.

La cúpula del poder: peninsulares y criollos en la cima del orden colonial

Los blancos europeos o peninsulares —nacidos en la España peninsular— y los criollos —hijos de europeos nacidos en América— ocupaban la cúspide de la pirámide social venezolana durante los siglos XVII y XVIII. Los primeros, según los registros de la época, tendían a ocupar las posiciones políticas, militares, judiciales y eclesiásticas más elevadas. De ellos provenía la inmensa mayoría de gobernadores, capitanes generales, intendentes y obispos, lo que generaba un disgusto permanente entre los criollos, quienes, a pesar de su riqueza y educación, veían cómo los altos cargos les eran sistemáticamente negados.

Los peninsulares eran, numéricamente, un estrato minúsculo. Hacia mediados del siglo XVIII, según los testimonios de la época, no superaban las 15.000 personas en toda la provincia. La Casa de Contratación de Sevilla registraba que apenas llegaban a 100 personas anualmente, y eran escasos los años en que lograban pasar de 60. Los andaluces figuraban como los más numerosos, seguidos por los castellanos y los vascos. Este pequeño grupo, sin embargo, ejercía un control desproporcionado sobre la vida política y económica de la Capitanía General.

De india y español produce mestizo. Óleo/tela. Joseph de Páez, (s/f). Colección privada. México. CC-BY-NC-ND 4.0
De india y español produce mestizo. Óleo/tela. Joseph de Páez, (s/f). Colección privada. México. CC-BY-NC-ND 4.0

El monopolio vasco y la Compañía Guipuzcoana

Un capítulo aparte merece la presencia vasca. En 1728, por Real Cédula del rey Felipe V, se constituyó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, una sociedad mercantil concedida a comerciantes vascos que operaría en Venezuela desde 1730 hasta 1785. Su monopolio sobre el comercio del cacao transformó la economía de la provincia, pero también generó un profundo resentimiento entre los criollos y los pequeños productores.

Los vascos, gracias al respaldo de la Compañía, llegaron prácticamente a dominar el comercio y la agricultura del país después de 1730. Los catalanes, por su parte, ejercían junto con los canarios el control casi exclusivo del comercio al detal que se realizaba en las ciudades a través de numerosas bodegas o pulperías. Se les describía como laboriosos, dedicados a sus negocios y cumplidos en sus operaciones.

Los canarios: el grupo blanco más numeroso del siglo XVIII

Los canarios o isleños formaron en el siglo XVIII el grupo de blancos españoles más numeroso de Venezuela, tal como lo hicieron notar algunos viajeros a finales de esa centuria y a comienzos de la siguiente. Su presencia no fue un fenómeno menor: entre 1690 y 1709, los canarios representaban el 55,1% de los contrayentes blancos inmigrantes en Caracas; entre 1710 y 1729, esa cifra ascendió al 75,8%. Ya desde el siglo XVII, el gobernador Cañas afirmaba que la mitad de la población venezolana era canaria.

La Corona española fomentó activamente esta emigración como estrategia de poblamiento. En 1715, fray Francisco de Santander, procurador general de las Misiones de las Indias Occidentales, solicitó al rey Felipe V el envío de 50 familias canarias para poblar la provincia de Guayana, con la misión de servir de escolta a los misioneros y sustentarse de su propio trabajo. Aquellas familias, sin saberlo, se convertían en el germen de una población que transformaría la demografía y la economía del país.

Oficios, marginación y el estigma de los «blancos de orilla»

A pesar de compartir el color de la piel con los peninsulares, los canarios ocupaban un lugar socialmente subordinado. Eran conocidos despectivamente como «blancos de orilla», un calificativo que los situaba en el límite de la «gente de baja condición». Se dedicaban a empleos menores y oficios manuales: carpinteros, sastres, zapateros, albañiles, barberos, arrieros, tenderos, pulperos, bodegueros, carniceros y quincalleros. La agricultura fue, con frecuencia, su actividad principal, y en los Valles de Aragua dieron vida y prosperidad a los cultivos.

No eran, sin embargo, ajenos a la administración colonial. Algunos lograron ocupar cargos elevados en las áreas politicoadministrativa, militar y religiosa, aunque en general no se sentían atraídos por los empleos burocráticos. Lo que no podía afirmarse, de manera absoluta, era que el grupo de blancos europeos y canarios formara una clase uniforme. Sus características económicas y sociales mostraban una variedad significativa. El único aspecto que les comunicaba cierta homogeneidad era su origen étnico —el color blanco de la piel— y, en el caso de los peninsulares, el hecho de ser oriundos de la metrópoli, lo que les transmitía ciertas ventajas que en no pocos casos procedían del ejercicio inescrupuloso del poder.

De español y negra, mulata. Óleo/tela. Joseph de Páez (atribuido), México 1720. Colección privada, Caracas. CC-BY-NC-ND 4.0
De español y negra, mulata. Óleo/tela. Joseph de Páez (atribuido), México 1720. Colección privada, Caracas. CC-BY-NC-ND 4.0

La rebelión de Juan Francisco de León: el estallido de la tensión

La tensión acumulada entre los canarios, los criollos y el monopolio vasco estalló violentamente en 1749. El 20 de abril de aquel año, una fuerza de entre 400 y 600 hombres armados se congregó en la plaza central de Caracas. Los hombres seguían a Juan Francisco de León, un plantador de cacao y teniente de justicia de Panaquire, de origen canario, que se había convertido en el líder natural del descontento contra la Compañía Guipuzcoana.

La rebelión, que llegó a reunir a más de ocho mil hombres y a tomar el control de Caracas, fue finalmente sofocada. Juan Francisco de León murió en prisión en Cádiz, y sus hijos fueron desterrados. Sin embargo, el episodio dejó una huella profunda: demostró que la fractura entre los distintos grupos de blancos era real y que el descontento podía convertirse en insurrección abierta.

Planos, perfil y vista de la casa - factoría que tiene la Real Compañía de Filipinas en la plaza de La Guaira (anteriormente Compañía Guipúzcoana). 1791. Archivo General de Indias. Sevilla. CC-BY-NC-ND 4.0
Planos, perfil y vista de la casa – factoría que tiene la Real Compañía de Filipinas en la plaza de La Guaira (anteriormente Compañía Guipúzcoana). 1791. Archivo General de Indias. Sevilla. CC-BY-NC-ND 4.0

El legado canario en la independencia

Paradójicamente, aquel grupo marginado y estigmatizado produjo algunos de los nombres más ilustres de la historia venezolana. Descendientes de canarios destacaron como militares, humanistas, políticos y médicos: Francisco de Miranda, Andrés Bello, José Antonio Páez, José Félix Ribas, Miguel José Sanz, José Tadeo y José Gregorio Monagas, y José María Vargas, entre otros. Los canarios fueron reconocidos por su laboriosidad y seriedad, virtudes que, con el tiempo, les permitirían ascender en la escala social a través del comercio o la administración colonial.

Durante la Guerra de Independencia, los canarios se encontraron en una posición incómoda. No se identificaban plenamente con los peninsulares ni con los criollos que lideraban la causa patriota. A partir de 1812, la mayoría se alineó con Domingo de Monteverde y luego con José Tomás Boves, ganándose la animadversión de los revolucionarios. Bolívar, en su Decreto de Guerra a Muerte de 1813, los singularizó como «particulares enemigos» junto a los españoles peninsulares. Aquella herida tardaría generaciones en cerrarse.

Una sociedad de castas que se desmorona

La Venezuela colonial fue un laboratorio donde se ensayó, con crudeza, la jerarquización del ser humano por su origen. Los blancos peninsulares y canarios, unidos por el color pero separados por el poder, encarnaron una contradicción que terminaría por desgarrar el tejido social. La Independencia no solo fue una guerra contra España; fue también, en el fondo, un ajuste de cuentas entre facciones de una misma élite que nunca logró integrarse.

Hoy, cuando se recorren las calles de Caracas o de cualquier pueblo de los Valles de Aragua, es difícil imaginar que aquellos pulperos, carpinteros y agricultores canarios construyeron, con su trabajo silencioso, buena parte de la infraestructura económica que sostuvo a la provincia. Su historia, tantas veces contada desde la óptica del desprecio, merece ser leída como lo que fue: la de un grupo humano que, empujado por la necesidad y la marginación, terminó por convertirse en uno de los pilares demográficos y culturales de Venezuela.

Fuentes Oficiales

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
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Ani Garcia

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