Nueva Segovia de Barquisimeto: el crisol crepuscular donde la historia se niega a morir

Hay ciudades que se fundan una vez y ciudades que se fundan muchas veces, porque la tierra misma se empeña en recordarlas. Barquisimeto pertenece a esta segunda estirpe. No es una urbe de origen único, sino un palimpsesto de asentamientos, traslados y resurrecciones. Fundada el 17 de mayo de 1552 bajo el nombre de Nueva Segovia de Barquisimeto, la ciudad ha sido destruida por la naturaleza, asolada por guerras y reubicada en varias ocasiones, pero siempre ha vuelto a levantarse. Su historia es la de una voluntad de permanencia, un relato que comienza en las montañas de Buría y se extiende hasta convertirse en la capital musical y espiritual del occidente venezolano.

1552: la fundación de Nueva Segovia y sus primeros vecinos

El 17 de mayo de 1552, el conquistador segoviano Juan de Villegas fundó el valle de Barquisimeto con el nombre de ciudad de la Nueva Segovia, «por dejar vinculado en ella el nombre de su patria», según escribe José de Oviedo y Baños en su Historia de la provincia de Venezuela. Villegas, que ejercía como gobernador interino, buscaba establecer un centro de operaciones que controlara el territorio y explotara las ricas minas de oro de Buría. La fundación se produjo después de años de exploraciones previas en la región, y el acta del repartimiento de encomiendas del 14 de septiembre de 1552 constituye el documento más temprano que confirma la existencia de la ciudad.

Estampilla conmemorativa al cuatri centenario de la fundación de Barquisimeto (1952-1952) e incluye la imagen de la Cruz del Padre Macario Yépez y el retrato del fundador Juan de Villegas en la parte superior. Impreso por Courvoisier S.A., valor 20 céntimos para la Dirección de Correos (Correos de Venezuela). CC. BY. 2.0. Colección de Mark Morgan.
Estampilla conmemorativa al cuatri centenario de la fundación de Barquisimeto (1952-1952) e incluye la imagen de la Cruz del Padre Macario Yépez y el retrato del fundador Juan de Villegas en la parte superior. Impreso por Courvoisier S.A., valor 20 céntimos para la Dirección de Correos (Correos de Venezuela). CC. BY. 2.0. Colección de Mark Morgan.

Los primeros vecinos, según la relación de Oviedo y Baños, formaron un elenco de figuras que marcarían la historia regional: Diego de Losada (futuro fundador de Caracas), Esteban Mateos, Diego García de Paredes (hijo del célebre capitán extremeño), Damián del Barrio, Pedro del Barrio su hijo, Luis de Narváez, Gonzalo Martel, Juan de Quincozes de la Llana, Francisco de Villegas, Melchor Guruel (alemán), Cristóbal de Antillano, Francisco López de Triana, Diego García, Hernando de Madrid, Francisco Sánchez de Santana Olaya, Pedro Suárez del Castillo, Basco Mosquera, Gonzalo de los Ríos, Bartolomé de Hermosilla, Pedro Hernández, Pedro Suárez, Cristóbal López, Diego de Ortega, Esteban Martín, Juan de Zamora, Juan Hidalgo, Pedro González, Juan García, Sebastián González de Arévalo, Francisco Sánchez de Utrera, Cristóbal Gómez, Diego Brabo, Diego de la Fuente, Francisco Tomás, Pedro Viltre (alemán), Sancho Briceño, Jorge de Paz, Diego Mateos, Pedro Mateos, Jorge Lans, Francisco Graterol y otros. Villegas nombró regidores a Gonzalo Martel de Ayala, Francisco López de Triana, Cristóbal de Antillano, Diego García de Paredes, Hernández de Madrid y Francisco Sánchez de Santa Olaya; y como escribano de cabildo a Juan de Quincozes de la Llana. El primer ayuntamiento eligió como alcaldes ordinarios a Diego de Losada y Damián del Barrio, y como procurador general a Pedro Suárez del Castillo.

El traslado de la ciudad y el título de Muy Noble y Leal

El sitio original de la fundación, refiere Oviedo, fue donde hoy llaman el Tejar. Pero los vecinos experimentaron pronto inconvenientes, y durante el gobierno del gobernador Alonso Manzanedo (1563) decidieron mudar la ciudad a la parte donde permanece en la actualidad, doce leguas al este de El Tocuyo, en unas «sabanas altas, alegres y descombradas, de temperamento sano, aunque algo cálido; su cielo hermoso, pero sus aguas malas, gruesas y desabridas». Para entonces, Barquisimeto contaba con unos 150 vecinos, y Oviedo destaca que entre ellos había «caballeros de ilustres y conocidas prosapias», y que sus naturales eran «de agudos y claros entendimientos, cortesanos con política y afables con urbanidad».

La ciudad recibió el título de Muy Noble y Leal que le otorgó Felipe II en 1592, confirmado después por Carlos II en 1687. Oviedo se gloria de contar entre sus hijos al ilustrísimo Fray Gaspar de Villarroel, arzobispo de las Charcas. La ciudad sustentaba entonces una iglesia parroquial con dos curas, un convento de la orden de San Francisco con cuatro o seis religiosos, y un hospital donde la caridad de los vecinos se ejercitaba en la piadosa asistencia de los enfermos.

El reino de Miguel: la rebelión de los esclavos de Buría

Uno de los episodios más fascinantes y trágicos de la historia temprana de Barquisimeto es la rebelión de esclavos encabezada por Miguel, un negro ladino que trabajaba en las minas de San Felipe de Buría. Según el relato de Oviedo y Baños, hacia 1553, un minero quiso castigar a Miguel, quien huyó al monte y, comunicándose a escondidas con otros negros, los persuadió para sacudir el yugo de la esclavitud. Logró reunir a unos veinte seguidores y atacó el real de las minas, matando a varios mineros y aprisionando a otros, a quienes dio cruel muerte. Con la soberbia del triunfo, envió un mensaje a los vecinos de la ciudad para que lo aguardaran, porque esperaba pasar a coronar su victoria con la muerte de todos.

Straka, Hellmuth (1976). Ruinas de Buría. Colección Fundación El Archivo, Caracas, Venezuela. Recuperado de elarchivo.org.
Straka, Hellmuth (1976). Ruinas de Buría. Colección Fundación El Archivo, Caracas, Venezuela. Recuperado de elarchivo.org.

Pronto se le fueron agregando más esclavos e indios ladinos, hasta contar con 180 compañeros. Miguel se retiró a lo más interior de la montaña, donde edificó un pueblo con palizadas y trincheras, y se hizo aclamar rey, coronando como reina a una negra llamada Guiomar, con quien tenía un hijo pequeño, jurado como príncipe heredero. Formó una corte real con oficiales y ministros, e incluso nombró un obispo, un negro al que llamaban «el canónigo» por sus muchas letras, quien celebraba misa de pontifical y predicaba a sus ovejas los desatinos de su ignorancia.

Con arcos, flechas, lanzas y espadas, Miguel marchó sobre Nueva Segovia con la esperanza de destruirla. Acometió la ciudad por dos partes en una noche oscura, pegando fuego a las casas. En la confusión, mataron a un sacerdote, Toribio Ruiz, y a otros dos o tres vecinos, pero los cuarenta hombres que lograron armarse hicieron frente a los rebeldes, mataron a algunos, hirieron a muchos y los obligaron a huir. Los vecinos, sin embargo, no se atrevieron a perseguirlos por temor a emboscadas.

La rebelión de Miguel, que Oviedo califica de «tiranía» y «farsa», tuvo un desenlace trágico: los vecinos, con ayuda de españoles de El Tocuyo, dieron caza a los cimarrones. Guiomar y el príncipe hijo de Miguel volvieron a la cadena, «abatidos cuando se juzgaban en el trono elevados». La leyenda del Rey Miguel quedó grabada en la memoria de la región como un símbolo de la resistencia esclava y de la fragilidad de los sueños de libertad en la América colonial.

La independencia adelantada: el 18 de mayo de 1811

Cuando el 19 de abril de 1810 estalló en Caracas el movimiento que daría inicio a la independencia venezolana, Barquisimeto no tardó en sumarse a la causa. Pero lo que distingue a la ciudad es que fue la primera en declarar formalmente la independencia. El 18 de mayo de 1811, el Ayuntamiento de Barquisimeto proclamó la ruptura con España, dos meses antes de que Caracas lo hiciera el 5 de julio. Esta declaración temprana, aunque debatida por algunos historiadores que cuestionan la existencia del acta original, refleja el fervor independentista que ya bullía en la región.

Mapa del itinerario de San Carlos a Barquisimeto: Desde la Hacienda del Padre Torreyes a Barquisimeto. 1818. ES.41091.Archivo General de Indias AGI//MP-VENEZUELA,254.
Mapa del itinerario de San Carlos a Barquisimeto: Desde la Hacienda del Padre Torreyes a Barquisimeto. 1818. ES.41091.Archivo General de Indias AGI//MP-VENEZUELA,254.

La audacia de Barquisimeto tuvo un alto precio. Durante la guerra de independencia, la ciudad fue escenario de encarnizados combates. En 1812, el realista Domingo de Monteverde aprovechó la destrucción causada por el terremoto del 26 de marzo para desenterrar siete cañones y pertrechos de guerra de entre las ruinas, con los que armó a sus tropas y consolidó su avance. La caída de Barquisimeto, defendida por unos 1.500 patriotas, abrió el camino a los realistas hacia el centro de la provincia.

El terremoto de 1812: la ciudad bajo los escombros

El 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, un devastador terremoto sacudió el occidente de Venezuela. Barquisimeto, junto con Caracas, San Felipe y Mérida, quedó totalmente destruida. El sismo, cuyo epicentro se localiza entre Barquisimeto y San Felipe, derrumbó iglesias, casas y edificios públicos, y dejó a la población sumida en la desolación. La ciudad, que apenas comenzaba a recuperarse de los estragos de la guerra, fue sepultada bajo sus propias ruinas.

Sin embargo, como ha hecho a lo largo de su historia, Barquisimeto resurgió de los escombros. La reconstrucción, que se extendió durante décadas, mantuvo el trazado cuadricular característico de la época colonial. Las iglesias de la Concepción y San Francisco, junto con la catedral, fueron reedificadas y se convirtieron en el corazón arquitectónico de la nueva ciudad.

Personajes que forjaron la identidad barquisimetana

La historia de Barquisimeto no puede escribirse sin mencionar a los hombres y mujeres que dieron forma a su carácter. Jacinto Lara (1777-1859), héroe de la independencia nacido en la cercana Carora, luchó junto a Simón Bolívar en las batallas decisivas y, tras la guerra, fue gobernador de la provincia de Barquisimeto entre 1843 y 1847, donde se distinguió por su administración honesta y su dedicación a la educación y los servicios públicos. Hoy, su nombre honra al aeropuerto internacional de la ciudad.

Lisandro Alvarado (1858-1931), aunque nacido en El Tocuyo, vivió largos años en Barquisimeto y dejó una huella imborrable. Médico, historiador, naturalista, antropólogo y lingüista, fue una de las mentes más brillantes de la Venezuela del siglo XIX. En Barquisimeto trabajó como ayudante de farmacia y profesor, y sostuvo tertulias en su modesta casa situada en la Plaza Bolívar. La universidad local lleva su nombre: la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado.

En el ámbito musical, Barquisimeto ha sido cuna de figuras de talla internacional. El tenor Aquiles Machado y el director de orquesta Gustavo Dudamel son dos de los nombres que han llevado el nombre de la ciudad a los escenarios más prestigiosos del mundo. No es casualidad que Barquisimeto sea conocida como la «Capital Musical de Venezuela», un título que refleja una tradición que hunde sus raíces en la vida cotidiana y festiva de sus habitantes.

La Divina Pastora: fe y tradición en el crepúsculo

Si hay un símbolo que une a los barquisimetanos por encima de cualquier diferencia, ese es la Divina Pastora. La imagen de la Virgen, que llegó a la iglesia de Santa Rosa en el siglo XVIII, se convirtió en la patrona de la ciudad y del estado Lara. La devoción se intensificó a partir de 1856, cuando una epidemia de cólera asoló la región y la población recurrió a la Virgen para implorar su protección.

Procesión de la Divina Pastora. Rodolfo Pimentel. Wikimedia Commons. CC-BY-NC-ND 4.0.
Procesión de la Divina Pastora. Rodolfo Pimentel. Wikimedia Commons. CC-BY-NC-ND 4.0.

Cada 14 de enero, Barquisimeto se transforma. Una multitudinaria procesión recorre las calles de la ciudad en honor a la Divina Pastora, en una de las manifestaciones de fe más grandes de Venezuela. La imagen, que ha sobrevivido a terremotos y guerras —incluido el de 1812, que destruyó su santuario—, es el testimonio vivo de una ciudad que ha aprendido a renacer una y otra vez.

Capital musical de Venezuela: el alma sonora de Lara

Si hay un título que Barquisimeto ha sabido ganarse con el paso de los siglos, ese es el de Capital Musical de Venezuela. No se trata de un eslogan turístico ni de una ocurrencia reciente: la ciudad y todo el estado Lara han sido cuna de géneros, danzas e intérpretes que han marcado la identidad sonora del país. Desde las calles de El Tocuyo hasta los escenarios internacionales, la música larense es un río profundo que alimenta la memoria colectiva.

El golpe tocuyano: la voz de la tierra

Originario de El Tocuyo, el golpe tocuyano —también conocido como golpe larense— es el género musical más representativo del estado Lara. Surgió durante los siglos XVII y XVIII como fruto de la transculturación entre las tradiciones indígenas, africanas y españolas, y se consolidó en las celebraciones festivas de las comunidades de la zona. Su compás básico es de 6/8 o 3/4, con un ritmo «amarrado» característico que lo distingue de otros joropos venezolanos. Se interpreta con un conjunto de instrumentos que incluye el cuatro, el cinco larense, la tambora y las maracas. El canto, ejecutado a dos voces —tenor y segunda—, avanza en terceras y se acompaña de coplas y décimas improvisadas o aprendidas.

Parejas Bailando Golpe Larense o Tocuyano. Luigino Bracci. Wikimedia Commons. CC. 2.0.
Parejas de Baile de Golpe Larense o Tocuyano. Luigino Bracci. Wikimedia Commons.

El golpe tocuyano nació en los velorios, cumpleaños, parrandas y, sobre todo, en las promesas a San Antonio de Padua ligadas al Tamunangue. Sus letras abordan la vida rural, el amor, la devoción religiosa, la crítica social y la historia local. No es casualidad que se le considere uno de los símbolos musicales más importantes de la región centro-occidental del país.

El Tamunangue: danza, devoción y resistencia

Si el golpe tocuyano es la voz, el Tamunangue —también conocido como son de negros— es el cuerpo que la baila. Esta manifestación cultural y religiosa, declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 2014, tiene su epicentro en el estado Lara y se ejecuta en honor a San Antonio de Padua. Su origen se remonta a la Cofradía de San Antonio de Padua fundada en 1609, destinada a morenos y esclavos, y su práctica está documentada desde el siglo XVII.

El Tamunangue es un complejo ritual de promesa y devoción que integra elementos de las culturas indígena (jirajaras), africana y española. Se compone tradicionalmente de ocho sones o segmentos que combinan la danza con una esgrima ceremonial ejecutada con varas: La Batalla, La Bella, La Juruminga, El Yeyevamos, El Poco a Poco, Los Calambres, La Perrendenga, El Galerón y El Seis Corrio. La celebración principal ocurre los días 12 y 13 de junio, víspera y día de San Antonio, cuando los feligreses de El Tocuyo, Sanare, Curarigua, Quíbor y otros municipios larenses veneran al santo con bailes, salves y procesiones. En 2024, el Ministerio del Poder Popular para la Cultura anunció la postulación del Tamunangue como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad ante la Unesco, un reconocimiento que consolidaría su lugar en la historia cultural del mundo.

Exponentes del folclore larense

La tradición musical de Lara no sería lo que es sin los intérpretes que la han mantenido viva. Entre los nombres más destacados del folclore larense figuran Pedro Zárraga, reconocido exponente del golpe tocuyano; Tino Carrasco, autor de piezas emblemáticas del género; y agrupaciones como Los Golperos del Tocuyo, que han transmitido la tradición de padres a hijos durante tres o cuatro generaciones. En el ámbito de la música popular y académica, Barquisimeto ha sido cuna de figuras de talla internacional como el tenor Aquiles Machado y el director de orquesta Gustavo Dudamel, cuyo nombre resuena en las salas de concierto más prestigiosas del mundo. La ciudad también ha dado origen a innumerables fabricantes de instrumentos musicales, músicos y compositores que han hecho de Barquisimeto un semillero inagotable de talento.

El golpe tocuyano, el Tamunangue y sus intérpretes no son piezas de museo: son tradiciones vivas que se renuevan cada junio en las calles de El Tocuyo, cada parranda en los pueblos de Lara y cada vez que un cuatro larense se pone a cantar. Son, en definitiva, el latido profundo de una ciudad que ha hecho de la música su lenguaje más auténtico.

La ciudad que se niega a morir

Obelisco de Barquisimeto. Fotógrafo: B. Mascareño. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
Obelisco de Barquisimeto. Fotógrafo: B. Mascareño. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Barquisimeto es, en esencia, una ciudad de horizontes amplios y luz dorada. Sus apodos —»Ciudad Crepuscular» por la calidad de su luz al atardecer y «Capital Musical de Venezuela»— no son meros reclamos turísticos, sino destellos de una identidad forjada en la adversidad. Fundada el 17 de mayo de 1552, trasladada en 1563, destruida por el terremoto de 1812, asolada por las guerras civiles del siglo XIX, Barquisimeto ha demostrado una y otra vez que su historia se niega a terminar. Cada piedra de su casco histórico, cada melodía que suena en sus calles, cada procesión de la Divina Pastora, es un acto de resistencia, un recordatorio de que hay ciudades que no se rinden ante el olvido. Hoy, con más de cuatro siglos de vida a sus espaldas, Barquisimeto sigue siendo ese crisol crepuscular donde pasado y presente se funden en una luz única, la de una ciudad que ha hecho de la supervivencia su más grande obra.

Fuentes Oficiales

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ani Garcia

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