Junio de 1558. En las indómitas tierras andinas, un capitán firma los primeros documentos de una nueva villa civil. Se llama Diego García de Paredes; todos lo conocen como “el Mozo”. No viene a buscar el mítico El Dorado; viene a fundar un hogar legal en un territorio donde la geografía y los guerreros no dan tregua. Su hazaña, sin embargo, no fue un acto aislado de violencia y conquista, sino el inicio de una odisea urbana que desafiaría la lógica colonial: la fundación de una ciudad que, literalmente, aprendió a caminar.
Nacido en 1506 en la ciudad española de Trujillo, Diego García de Paredes y Vargas fue un maestre de campo que selló su nombre en la historia de Venezuela como el fundador de la capital del estado Trujillo. Pero su vida fue mucho más que un acta de fundación. Fue un soldado que combatió en tres continentes, un político que desafió a la corona para proteger a un amigo y un visionario que entendió que una ciudad no son sus paredes, sino sus leyes y su gente.

Desde “el Sansón” hasta “el Mozo”
Diego García de Paredes nació a la sombra de un mito. Era hijo natural del célebre militar extremeño Diego García de Paredes, apodado “el Sansón extremeño” o “el Hércules de España”, un guerrero de fuerza proverbial que combatió en las guerras de Italia y Navarra, pero que jamás pisó América. El padre, nacido en Trujillo (Cáceres) el 30 de marzo de 1468, había forjado una leyenda que circulaba por toda Europa: se decía que era capaz de detener con una mano la rueda de un molino y que en la batalla de Ceriñola había realizado proezas que lo inmortalizaron como el “Bayardo español”.
Su madre fue Mencía de Vargas, quien lo vinculó con el poderoso linaje de los Vargas y, a través de esta rama familiar, con su primo Francisco Pizarro, el conquistador del Imperio Inca. Esta conexión familiar no era un mero dato genealógico: abría las puertas de las empresas americanas más ambiciosas del momento. Su crianza fue encomendada a Hernán de Coraja, por lo que fue trasladado a la Torre de la Coraja, en la región de Extremadura, donde recibió la educación propia de un hidalgo.
Cargar con el apellido y la fama de un padre legendario era un peso inmenso, agravado por su condición de hijo ilegítimo. Para un joven hidalgo del siglo XVI, esto significaba un estigma social y una barrera para ascender en la rígida estructura del honor. La única vía para labrarse un nombre propio era el campo de batalla. Por eso, el apodo de “el Mozo” —”el joven” en el español de la época— no era un simple mote, sino una declaración de principios. No quería ser “el hijo de”, sino Diego García de Paredes, el Mozo, un hombre que forjaría su propia leyenda en el Nuevo Mundo.
Desde joven quiso seguir la carrera militar a imitación de su padre; se dirigió a Sevilla y en 1524 partió a las Indias con Francisco de Lizaur. Llegaron a la costa centroamericana, prosiguieron a Nicaragua (1527) y Panamá, donde García de Paredes se alistó en la expedición que preparaba su primo Francisco Pizarro con destino al sur del continente, por el océano Pacífico (1530).
El soldado de tres continentes
La carrera militar de Diego García de Paredes “el Mozo” fue extraordinariamente variada, incluso para los estándares de los conquistadores del siglo XVI. En 1531 y 1532 se encuentra en Perú y zonas aledañas participando en la conquista del imperio inca. Fue en noviembre de 1532 cuando su nombre quedó inscrito en uno de los episodios más decisivos de la historia americana: se contó entre los españoles señalados para apresar a Atahualpa en Cajamarca. Según algunas fuentes, fue uno de los dieciocho hombres que capturaron al Inca, un episodio que marcó el inicio del dominio español sobre el Perú.
Sin embargo, el Mozo no se quedó en el Perú para disfrutar de las riquezas del rescate de Atahualpa. Regresó a España en junio de 1533 con Hernando Pizarro; llegó a Sevilla en enero de 1534 y luego se trasladó a Toledo, donde el emperador Carlos V le concedió audiencia. Pero la paz en la corte no era lo suyo. Permaneció en España hasta 1535 y ese mismo año partió a combatir en defensa de la Corona española en los campos de África (1535); luego peleó en Francia (1536), Flandes, Alemania, Italia y Sicilia (1537-1538). Por sus servicios fue ascendido a capitán.
Regresó a España en 1544 y se incorporó a la expedición de Francisco de Orellana que partió de Sanlúcar de Barrameda el 11 de mayo de 1545. Esta expedición se internó por el río Amazonas y terminó en fracaso por enfermedades, hambre y mil calamidades, que acabaron con el mismo Orellana. Un grupo de sobrevivientes logró llegar a la isla de Margarita en diciembre de 1546, entre ellos García de Paredes. De allí pasó a Cartagena de Indias (1547), recorrió el territorio, recaló en Coro y llegó a El Tocuyo en 1552, cabecera de la gobernación de Venezuela.
La forja de un líder en Venezuela
En El Tocuyo, García de Paredes se puso a la orden de Juan de Villegas, a quien acompañó a someter a los indios coyones de Boraure (límite de los actuales estados Lara y Portuguesa). Se preparaba entonces la fundación de una ciudad en la región de Buría, por la existencia de minas de oro, la cual se llamaría Nueva Segovia. Varios capitanes, entre ellos García de Paredes, se encargaron de llevar gente desde El Tocuyo a Buría, y se realizó la fundación de esta última ciudad en mayo de 1552. Al señalarse las autoridades, García de Paredes fue electo regidor, y le fueron asignadas 4 encomiendas.
Pero la tranquilidad duró poco. Comenzó la explotación de las minas de oro con el trabajo de negros esclavizados, quienes en el pueblo del Real de Minas de Buría se sublevaron acaudillados por el Negro Miguel en 1553, acercándose hasta Nueva Segovia para asaltar y arrasar la ciudad. Esta fue la primera rebelión de negros que registra la historia de Venezuela. García de Paredes los enfrentó y persiguió hasta las laderas de Buría, donde tenían un lugar fortificado para su defensa; hirió mortalmente al Negro Miguel. La ciudad de Nirgua fue defendida valientemente por García de Paredes y Diego Fernández de Serpa.
La Ciudad Portátil: el éxodo de Nueva Trujillo (1557-1558)
La historiografía moderna ha reinterpretado la fundación de ciudades en América no como meros actos de ocupación territorial, sino como procesos institucionales complejos. Bajo esta lupa, el nacimiento de Trujillo no se reduce a una fecha, sino a un proceso de fundaciones y refundaciones que bien podría definirse como el fenómeno de la “Ciudad Portátil”.
El primer acto fundacional ocurrió el jueves 9 de octubre de 1557, cuando el capitán Diego García de Paredes fundó la ciudad de Trujillo por vez primera, bautizándola con el nombre de “Nueva Trujillo” en honor a su ciudad natal. Sin embargo, el asentamiento enfrentó tres enemigos implacables: la resistencia de los indios Cuicas, dueños de la tierra; las enfermedades propias de la selva andina; y la inestabilidad geológica de la región, propensa a sismos.
El hito fundacional más documentado se sitúa en junio de 1558, cuando García de Paredes instaló formalmente el pueblo en el valle de Escuque. Este es considerado por muchos historiadores como el verdadero nacimiento institucional de la ciudad, el momento en que se firmaron los primeros documentos y se estableció el Cabildo.
Fue entonces cuando nació el concepto de “Ciudad Portátil”. Ante la hostilidad del entorno, la ciudad no era un lugar fijo, sino un conjunto de elementos que se trasladaban: el Cabildo como institución, los archivos con sus actas y privilegios, y los vecinos que caminaban kilómetros para refundar la urbe una y otra vez. Trujillo es la única ciudad de Venezuela que ha mudado su capital siete veces, producto de acontecimientos de orden natural y social. La ciudad no eran las paredes; eran sus leyes y su comunidad.
Un refugio en las alturas: Trujillo de Salamanca (1560)
El nomadismo de la ciudad portátil encontró un nuevo capítulo entre abril y junio de 1560. García de Paredes guio a su comunidad hacia los fértiles valles del río Boconó, buscando no solo recursos y seguridad, sino también un lugar donde plantar la semilla de un asentamiento duradero.
Fue aquí donde la diplomacia colonial se cruzó con la política. Para asegurar la supervivencia de su fundación, bautizó el nuevo asentamiento como “Trujillo de Salamanca”, un gesto calculado para halagar al gobernador de la provincia, Pablo Collado, quien era oriundo de Salamanca, España. Este movimiento político, aparentemente menor, tuvo consecuencias involuntarias pero trascendentales: plantó la base de lo que hoy es una de las regiones agrícolas y turísticas más importantes de Venezuela, sembrando las primeras simientes de una próspera economía en el valle de Boconó.
El cazador de tiranos: la captura de Lope de Aguirre

En 1561, la tranquilidad de la gobernación de Venezuela se vio amenazada por uno de los personajes más siniestros de la conquista: Lope de Aguirre, el llamado “Tirano”. Aguirre lideró la Rebelión de los Marañones a través de Venezuela, cometiendo atrocidades en la costa. García de Paredes fue enviado a combatirlo, y lo enfrentó en Barquisimeto, donde logró detenerlo.

Archivo General de Indias. CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
Este episodio consolidó la reputación de García de Paredes como un hombre leal a la Corona y un militar eficaz, capaz de enfrentar no solo a los pueblos originarios sino también a los propios españoles que desafiaban la autoridad real. Su papel en la captura de Aguirre le valió el reconocimiento de las autoridades coloniales y allanó el camino para su posterior nombramiento como gobernador.
El rebelde humanista: el primer asilo político de América
Más allá de su faceta militar, el episodio que otorga a García de Paredes un lugar único en la historia del derecho continental fue su desacato a la autoridad real. En 1560, el capitán Juan Rodríguez Suárez, fundador de Mérida, llegó a Trujillo huyendo de las prisiones de Bogotá, perseguido por la justicia del Nuevo Reino de Granada.
A pesar de las presiones de las Audiencias Reales y del propio gobernador Collado, “el Mozo” se negó rotundamente a extraditarlo. La famosa y mordaz justificación que dio a los enviados judiciales se ha convertido en leyenda: “Aquí solo sabemos el Padrenuestro y el Ave María”. Con esta ironía, García de Paredes no solo protegía a un amigo y camarada de armas, sino que sentaba las bases prácticas del derecho humanitario de refugio en el continente americano, siendo considerado por la historiografía moderna como un precursor del derecho de asilo político en América.
Este acto de desobediencia civil, envuelto en un aparente desconocimiento de las leyes, revela en realidad una profunda comprensión de la justicia y un sentido de lealtad que trascendía las órdenes de la metrópoli. García de Paredes entendió que, en los confines del imperio, la supervivencia de la comunidad dependía de la solidaridad entre sus líderes.
El último viaje y el destino de la ciudad
La recompensa por sus servicios y su audacia llegó en forma de nombramiento real como gobernador de Popayán (actual Colombia), otorgado por el rey Felipe II. Sin embargo, el destino le tenía preparado un final trágico. En su viaje para tomar posesión de su nuevo cargo, en 1563, cayó en una mortal emboscada indígena en la costa central venezolana, específicamente en la playa de Catia, cerca del actual Cabo Blanco. Según las crónicas, fue asesinado traicioneramente durante un banquete de bienvenida.
Con su muerte, el nomadismo de la ciudad que él fundó llegó a su fin. La Ciudad Portátil encontró su paz definitiva en 1570, cuando se asentó en el valle de los Mucas, donde hoy se erige la moderna ciudad de Trujillo. Allí, en una terraza junto al río Castán, fue fundada de manera definitiva por Francisco de la Bastida. La obra de “el Mozo” había concluido, pero su legado perduraría en la memoria de los venezolanos.
El legado de un hombre que mostró músculo militar y audacia política
El legado de Diego García de Paredes “el Mozo” trasciende la mera fundación de una ciudad. Fue un hombre que supo combinar el músculo militar necesario para someter territorios hostiles con la audacia y estrategia política para mantener viva una comunidad en el exilio. Entendió que, en un territorio que no daba tregua, la verdadera conquista no era de tierra, sino de voluntades.
Su vida es un recordatorio de que la historia de Venezuela se escribió no solo con espadas, sino también con leyes, lealtades y la tozuda voluntad de echar raíces en un suelo que se negaba a ser domesticado. La ciudad que fundó, que mudó de sitio siete veces, es un testimonio vivo de la tenacidad de aquellos primeros pobladores y de la visión de un líder que supo que, a veces, para sobrevivir hay que aprender a caminar.
Hoy, Trujillo es conocida como la “Ciudad de la Paz y el Encanto”, y su monumento a la Virgen de la Paz, inaugurado en diciembre de 1983, se erige como el monumento más alto de América, superando a la Estatua de la Libertad y al Cristo Redentor. Pero en sus cimientos, en sus archivos y en la memoria de sus habitantes, aún palpita el espíritu nómada de Diego García de Paredes, el conquistador que entendió que una ciudad no es solo piedra, sino historia y corazón.
Fuentes Oficiales
- Fundación Empresas Polar: Diccionario de Historia de Venezuela – García de Paredes, Diego
- Real Academia de la Historia (España): Diego García de Paredes – Historia Hispánica
- Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCES): Trujillo celebra 463 años de la «Ciudad Portátil»
- Academia Nacional de la Historia de Venezuela: Historia del Estado Trujillo
Fuentes Académicas:
- Ruta de los Conquistadores: Biografía de Diego García de Paredes (hijo)
- Dialnet (Universidad de La Rioja): Artículos académicos sobre Diego García de Paredes
- Portal Científico UI1: Diego García de Paredes: Vida y hazañas del fundador de Trujillo (Venezuela)
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
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