En el corazón de los Andes venezolanos, una ciudad fue fundada, desmantelada y trasladada en siete ocasiones antes de encontrar su asentamiento definitivo. Esa ciudad es Trujillo, capital del estado homónimo, conocida como la “Ciudad Portátil”. Su historia es el relato de un pueblo que, a pesar de las mudanzas forzadas, los terremotos y las guerras, siempre encontró la manera de renacer. Una tierra que fue testigo del decreto de guerra a muerte y, paradójicamente, del abrazo de la paz. Esta es la epopeya completa de una de las ciudades más emblemáticas de Venezuela, desde sus orígenes prehispánicos hasta su vibrante presente.

Los orígenes prehispánicos y la accidentada fundación colonial
Antes de la llegada de los conquistadores, el territorio que hoy ocupa Trujillo estaba habitado por la civilización cuica, una de las comunidades indígenas más avanzadas de Venezuela, reconocida por su destreza agrícola y sus complejas estructuras sociales. Fue en este contexto de resistencia y encuentro cultural donde se gestó la fundación de la ciudad.
En junio de 1558, el capitán Diego García de Paredes, natural de Trujillo (Extremadura, España), estableció el primer asentamiento en tierras de Escuque, bautizándolo como Nueva Trujillo en honor a su pueblo natal. Sin embargo, esta fundación no fue un acto aislado, sino el inicio de un largo recorrido de siete mudanzas que le valdría el apelativo de “Ciudad Portátil”.
Las razones de estos constantes traslados, ocurridos durante la colonia, fueron múltiples: la feroz resistencia de las tribus aborígenes locales, la sismicidad de algunos de los sitios escogidos y, según algunas crónicas, incluso una plaga de hormigas que obligó a los pobladores a emigrar. Ese mismo año, el nuevo gobernador provisional de Venezuela, Gutierre de la Peña, comisionó a Francisco Ruiz para arreglar la población trashumante que deambulaba por las tierras trujillanas. Ruiz levantó la ranchería de Pampán e intentó instalar la ciudad en su sitio original, pero la ciudad siguió su peregrinaje. Fue entre finales de 1569 y comienzos de 1570 cuando la ciudad se instaló en su ubicación definitiva: el Valle de Los Mukas, a las márgenes del río Castán, bajo el mando de Francisco de Labastida, considerado el fundador de la ciudad en su último asiento. Allí adoptó el nombre de Trujillo de Nuestra Señora de la Paz, un nombre que prefiguraba el rol que jugaría en la historia independentista. Para 1608, Trujillo era la única población de blancos —españoles— en el país de los cuicas, con un total de 9.143 indios distribuidos en encomiendas.
El sistema de encomiendas y la organización territorial
El régimen de encomiendas fue el pilar de la organización social y económica durante la colonia. Estas fueron asignadas a los capitanes, soldados y vecinos que demostraron mayores méritos en la defensa de los pueblos españoles y en el resguardo del camino que conducía al lago de Maracaibo. En 1608, el obispo Antonio de Alcega, de la diócesis de Coro, visitó la región trujillana. En sus informes señaló la existencia de 67 encomenderos y organizó las encomiendas en diez “pueblos de doctrina”. Se destacaban las encomiendas de Pedro Segovia, con mil doscientos trece indios, en Boconó; de Luis de Villegas en Carache, y de Francisco de Labastida en el valle del río Tostós.
Los “encomenderos”, según las instrucciones del obispo Alcega, debían pagar a los curas “doctrineros” su vivienda, la iglesia, los recursos e instrumentos para la celebración de los santos oficios; noventa pesos de oro anuales, dos fanegas mensuales de maíz y diez barriles de vino. Se instruía además que los “pueblos doctrineros” debían estar ubicados en lugares altos y de abundantes aguas, junto a fértiles tierras. En 1621, el gobernador de la provincia de Venezuela, Francisco de la Hoz Berrío, ordenó que todos los pobladores indígenas de Boconó fueran agrupados en torno a la principal encomienda de la ciudad, la de Pedro Segovia. Este pueblo de doctrina tomó el nombre de San Alejo de Boconó.
Cuando se eliminó en la Provincia venezolana el régimen de “encomiendas” en 1687, los cabilderos y principales “encomenderos” se confabularon para que las tierras de los resguardos indígenas pasaran legalmente a su propiedad. Los auténticos dueños de las tierras, los indígenas, fueron despojados, quedando así sin tierras y sin trabajo. Ese mismo año se creó el corregimiento de Trujillo, adscrito a la provincia de Venezuela y que en 1786 pasó a formar parte de la provincia de “Mérida de Maracaibo”, la cual apenas unos años antes (1777) se había incorporado a la jurisdicción militar de la Capitanía General de Venezuela, cuya sede era Caracas.
El azote pirata: la incursión de Michel de Grammont en 1678
La vulnerabilidad de las poblaciones del lago de Maracaibo ante los ataques de corsarios y piratas fue una constante durante el siglo XVII. En 1678, esta amenaza se materializó con una de las incursiones más devastadoras que sufrió la región. El 24 de agosto de 1678, el pirata francés Michel de Grammont, al mando de una flota de seis navíos y 700 hombres, comenzó su avance desde Moporo, en las riberas del lago, con el objetivo de llegar hasta la ciudad de Trujillo.
Los trujillanos, conscientes de la amenaza, organizaron una defensa. Aproximadamente 500 hombres, comandados por los capitanes Fernando Manuel Vera de Alarcón y José Antonio Gil de La Hita, salieron al encuentro de los piratas, apostándose en posiciones estratégicas como la Peña de Tucutucu y Las Trincheras, en el sector de Cruz Verde. Sin embargo, la resistencia fue vencida y el 31 de agosto de 1678, Grammont logró adueñarse de la ciudad. La población fue tomada por sorpresa, ya que no se esperaba que los piratas lograran superar las defensas.
Una vez en la ciudad, el 1 de septiembre, Grammont desató una ola de violencia. Saquearon e incendiaron la Iglesia Matriz, el Convento de San Francisco de Asís, la Ermita de La Chiquinquirá, el Convento Regina Angelorum, la Plaza Mayor y numerosas casas de las principales familias, incluyendo las de los mayorazgos de los Covarrubias y Cornieles. El fuego fue tan voraz que, según las crónicas, solo pudo ser controlado por un providencial aguacero que cayó sobre la ciudad.
El ataque de Grammont no fue un acto aislado de pillaje, sino una operación que duró cerca de seis meses en la región, y que tuvo un impacto devastador en la economía y la demografía de Trujillo. Muchos de sus habitantes, especialmente las familias de abolengo provenientes de Extremadura, Lusitania y Andalucía, huyeron despavoridos y se refugiaron en Mérida, Guanare y otras poblaciones, lo que contribuyó al despoblamiento y la decadencia de la ciudad. Este episodio, sumado al terremoto de 1674, sumió a la ciudad en una profunda crisis de la que, según el historiador Mario Briceño Iragorry, “no fue posible reponerse cabalmente“.
La independencia: el 9 de octubre de 1810 y la gesta bolivariana
El 09 de octubre de 1810, la historia de Trujillo y la de Venezuela cambiarían para siempre. Ese día, en el contexto de los movimientos juntistas surgidos tras la invasión napoleónica a España, los trujillanos tomaron una serie de decisiones trascendentales. La ciudad y el distrito de Trujillo se separaron de la Provincia de Maracaibo para crear una nueva provincia, se adhirieron al movimiento iniciado el 19 de abril en Caracas, crearon su propia Junta de Gobierno y empezaron a redactar su constitución. Este acto, presidido por Jacobo Antonio Roth, fue un punto de inflexión que encendió la chispa de la emancipación en el país. Por esta razón, el 9 de octubre se celebra en Trujillo tanto la fundación de la ciudad como su independencia.
Pero el rol de Trujillo en la independencia no terminó ahí. Fue escenario de dos de los momentos más dramáticos y simbólicos de la gesta libertadora. El primero, el 15 de junio de 1813, cuando durante la Campaña Admirable, el Libertador Simón Bolívar firmó en la ciudad el Decreto de Guerra a Muerte. Este decreto, redactado en una casona que hoy es el Centro de Historia del estado Trujillo, radicalizó la lucha independentista y selló el destino de la corona española en América.

El segundo momento, siete años después, representó el giro hacia la paz. En la misma ciudad y, según la tradición, en la misma casa donde se firmó la guerra a muerte, se suscribieron los Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra, los días 25, 26 y 27de noviembre de 1820. Los comisionados de Bolívar fueron el General Antonio José de Sucre y los coroneles Pedro Briceño Méndez y José Gabriel Pérez. Este acuerdo, que puso fin a las hostilidades por un tiempo, llevó al histórico abrazo de Bolívar y el jefe realista Pablo Morillo en Santa Ana. El propio Bolívar resumió la paradoja de la ciudad: “En Trujillo tuve que firmar el decreto de guerra a muerte en 1813, y en Trujillo hemos borrado en 1820, a los siete años esa ley de retaliaciones”.
El siglo XIX: consolidación republicana y rezago cultural
El siglo XIX fue para Trujillo un período de consolidación como provincia y de lento pero constante desarrollo. La economía de la región, y del país, comenzó a dinamizarse gracias al cultivo del café, que se convirtió en el principal rubro de producción agrícola durante los siglos XIX y XX.
Sin embargo, el progreso en términos culturales y educativos fue tardío en comparación con otras regiones de Venezuela. Un hito significativo fue la llegada de la imprenta a Trujillo en 1864, traída por el civilista Juan Bautista Carrillo Guerra. Este hecho, que llegó casi sesenta años después de que Caracas tuviera la suya (1806), evidencia el rezago y el aislamiento que vivió la ciudad durante gran parte del siglo. Aun así, figuras como el propio Carrillo Guerra y el General Cruz Carrillo comenzaron a forjar las bases de una nueva élite intelectual y política en la región.
El siglo XX: celebraciones, estancamiento y el despertar cultural
El siglo XX trajo consigo dos grandes celebraciones patrióticas que marcaron el calendario trujillano: el Centenario de la Independencia en 1911 y la conmemoración del Centenario de la muerte del Libertador Simón Bolívar en 1930, esta última decretada y organizada por el gobierno del General Emilio Rivas. Para esta segunda efeméride, se erigió en la Plaza Bolívar de la ciudad una imponente estatua ecuestre del Libertador, un gesto que reflejaba el orgullo de una ciudad que se consideraba una de las “ciudades madres de la venezolanidad”.
A pesar de estos momentos de gloria, el desarrollo social y económico fue lento. El historiador Mario Briceño Iragorry (1897-1958), uno de los intelectuales más importantes nacidos en Trujillo, relató en su obra “Mi Infancia y Mi Pueblo” el Trujillo de inicios del siglo XX: una ciudad de arquitectura colonial, con su catedral y sus calles empedradas, pero también un lugar marcado por el “ostracismo caudillista” que estancó su progreso. No fue hasta la década de 1940 que se comenzaron a ver obras públicas significativas, como la construcción del Hospital “José Gregorio Hernández” en 1942 o la fundación del Ateneo de Trujillo. Fue en esta época cuando la ciudad empezó a despertar de su letargo cultural, impulsada por la llegada de nuevas instituciones y la efervescencia de su gente.
Trujillo en la actualidad: patrimonio, tradición y presente
Hoy, la ciudad de Trujillo se erige como un testimonio vivo de su pasado. Su centro histórico conserva intacta su herencia arquitectónica colonial. Entre sus monumentos más emblemáticos se encuentran la Catedral de Nuestra Señora de la Paz, la Casa de la Guerra a Muerte (hoy Centro de Historia) y la Plazuela de Mocoy, una herencia colonial con más de cuatro siglos de historia.
La ciudad se ha convertido en un importante destino turístico, principalmente por el Monumento a la Virgen de la Paz, una escultura de 46,72 metros de altura situada en el sector Peña de la Virgen, que se ha convertido en el principal atractivo turístico de la entidad. La devoción a la Virgen es el centro de sus Fiestas Patronales, y su imagen es una de las más grandes de América Latina. La Virgen de Nuestra Señora de la Paz es la patrona espiritual de Trujillo desde 1568.
Su riqueza cultural se manifiesta en tradiciones como el Viacrucis viviente de Tres Esquinas, declarado Patrimonio Cultural del municipio en 2014 y del estado en 2022, y la “Muñeca de la Calenda”, una estampa folclórica fundamentada en los ritos de los antiguos Cuicas. Su gastronomía también ha sido reconocida: en 2026, el Mojito Trujillano fue declarado Patrimonio Cultural y Gastronómico del municipio, uniéndose a otros íconos como el dulce de curruchete.
Hoy, la ciudad mira hacia el futuro sin olvidar su pasado. La histórica Plazuela de Mocoy sigue siendo el escenario de eventos que celebran su identidad, como el Festival y Concurso del Mojito Trujillano. Trujillo se ha reafirmado como un epicentro cultural, con foros, talleres y encuentros que promueven la preservación de sus tradiciones y su patrimonio inmaterial.
Desde su accidentado nacimiento como “Ciudad Portátil” hasta su consolidación como un baluarte de la venezolanidad, la historia de Trujillo es la historia de un pueblo que, a pesar de las mudanzas, los terremotos y las guerras, siempre encontró la manera de renacer. Una tierra que fue testigo de la guerra a muerte y del abrazo de la paz, y que hoy, bajo la mirada de su patrona, sigue siendo un faro de identidad y resistencia en los Andes venezolanos.
Fuentes Oficiales
- Fundación Empresas Polar – Diego García de Paredes, fundador de Trujillo (1558)
- Fundación Empresas Polar – Cronología de Historia de Venezuela, 1558
- Diario de Los Andes – Pinceladas sobre la fundación de Trujillo de Venezuela
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A.
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