En las postrimerías del siglo XVIII, mientras las luces de la Ilustración cruzaban lentamente el Atlántico para desafiar los viejos dogmas, la Capitanía General de Venezuela fue testigo de un despertar pedagógico sin precedentes. Lejos de las grandes cortes europeas, en las agrestes geografías de los Andes y los llanos, comenzó a germinar una semilla de educación pública y utilitaria que transformaría el porvenir de la región. No se trataba únicamente de adoctrinar; el objetivo era forjar ciudadanos útiles para la sociedad. Figuras de la talla del presbítero Francisco Antonio Uzcátegui, el gobernador Fernando Miyares y el incansable obispo Mariano Martí entendieron que la verdadera evolución intelectual requería instruir en oficios, artes mecánicas y primeras letras. A través de sus escuelas patrióticas, colegios reales y exhaustivas visitas pastorales, estos visionarios sentaron las bases de un pensamiento pedagógico que, desafiando la precariedad de la época, sembró el intelecto que definiría el futuro de una nación.
La Ilustración y las Escuelas Patrióticas

El modelo de las escuelas patrióticas no surgió en el vacío. En la España de Carlos III, el conde de Campomanes había planteado en su Discurso sobre la educación popular de los artesanos la necesidad de sustituir el saber empírico por un conocimiento racional y metódico. Esta obra, que circuló con fervor en los círculos ilustrados de Venezuela, recomendaba el establecimiento de escuelas de dibujo, hilado y tejido para capacitar a los mendigos y ociosos en la industria popular.
En Venezuela, esta corriente se materializó en la fundación de escuelas orientadas a la enseñanza de primeras letras y artes mecánicas, con el objetivo de formar ciudadanos útiles al Estado y a la sociedad. Las autoridades civiles y eclesiásticas, siguiendo las reales órdenes, aprobaron proyectos que combinaban la instrucción religiosa con el aprendizaje de oficios, marcando un hito en la historia educativa colonial.
El Legado de Francisco Antonio Uzcátegui en los Andes
El presbítero Francisco Antonio Uzcátegui, cura y vicario foráneo de Mérida, fue uno de los principales artífices de esta transformación en la región andina. Inspirado por el celo patriótico y las ideas de Campomanes, en 1782 fundó en su ciudad natal una Escuela Patriótica de Artes Mecánicas, con clases de cerrajería, obra nueva y carpintería, y en el mismo año erigió una escuela de primeras letras para la enseñanza gratuita de los niños pobres, la cual, para 1788, ya contaba con más de cien alumnos.
La Escuela de Ejido y su Expansión
Los buenos resultados de su labor docente llevaron a Uzcátegui a solicitar permiso al Rey para extender la escuela patriótica a los quince pueblos de indios de la jurisdicción de Mérida. Por Real Orden el 08 de enero de 1799, se accedió a la instancia con la condición de que los indios tuvieran entre 12 y 13 años, contaran con el consentimiento de sus padres y que el presbítero se obligara a restituirlos a sus pueblos al cabo de cinco años, entregándoles las principales herramientas para ejercer los oficios de herreros y carpinteros.
En 1788, Uzcátegui fundó en la población de Ejido, a dos leguas de Mérida, una escuela patriótica destinada a enseñar los preciosísimos ramos de herrería y carpintería a los hombres, y los de hilar y tejer a las niñas pobres. La escuela contaba con edificio propio, construido en un terreno de tres mil varas que el padre compró a María Francisca Rodríguez, y llegó a enseñar herrería, carpintería, alfarería y curtiduría.
El Colegio Real de San Carlos y la Consolidación de la Educación en Barinas
El auge de la educación venezolana en el siglo XVIII también se apreció en la provincia de Barinas. El gobernador Fernando Miyares, natural de La Habana, logró para la ciudad de Barinas la erección del Colegio Real de San Carlos, fundado por Real Cédula expedida en Aranjuez el 17 de marzo de 1792. Los orígenes de este colegio se remontan a 1786, cuando se fundó una escuela de primeras letras y una cátedra de latinidad, regentada por el presbítero Ignacio Álvarez.
Un Modelo de Instrucción con Becas y Becas Reales
La escuela y la cátedra fueron dotadas con doscientos pesos anuales, pero los alumnos pagaban ocho pesos por la enseñanza de las primeras letras y doce pesos por las lecciones de gramática. En 1788, la casa de instrucción tenía matriculados sesenta alumnos y funcionaba en una «casa provisional, cubierta de paja», cubriendo mediante limosnas el costo de los libros y demás necesario.
Animado por los buenos resultados, Miyares pidió al Monarca que elevara la escuela a la categoría de Real Colegio de San Carlos, concediendo seis becas a los estudiantes pobres y otras doce para los hijos de aquellos vecinos que quisieran mantener los hijos dentro del Colegio. Para mayor ahorro y decencia en el vestido, la indumentaria de los colegiales sería un manto o sotana de género lila, color pardo con la beca azul, llevando en ella el escudo del augusto soberano don Carlos IV.
La Incansable Labor del Obispo Mariano Martí

La transición desde las iniciativas andinas y llaneras nos lleva a la figura de uno de los pastores más incansables de la historia colonial: el obispo Mariano Martí. Su llegada a Venezuela marcó un antes y un después en la alfabetización del territorio. A través de una exhaustiva visita pastoral que se extendió por doce años, tres meses y veintidós días —iniciada el 03 de diciembre de 1771 y culminada en 1784—, Martí recorrió palmo a palmo la agreste geografía del obispado. No se limitó a supervisar la fe de los feligreses; su mirada se posó con urgencia sobre la alarmante falta de instrucción, convirtiendo su travesía en una verdadera cruzada educativa sin precedentes en la región.
El prelado comprendió rápidamente que la evangelización debía ir de la mano con la formación intelectual y técnica de la población. Así, decretó la fundación de escuelas en innumerables pueblos, villas y ciudades, abarcando todos los estratos sociales. Los registros de su visita son un testimonio fiel de esta fiebre fundacional: Santa Clara del valle de Choroní (diciembre 1772), La Guaira (noviembre 1772), San José de Puerto Cabello (enero 1773), Santa Ana de Coro (marzo 1773), Escuque (abril 1777), Guanare (febrero 1778), Barquisimeto (marzo 1779), Calabozo (1780) y San Juan Bautista del Pao (marzo 1781), por mencionar solo algunas. Su celo llegó incluso a los límites más remotos de la provincia, garantizando que ninguna comunidad quedara desamparada de la enseñanza de las primeras letras.
Pero Martí no solo fundaba escuelas; se preocupaba obsesivamente por su viabilidad y método. En Maracaibo, para 1774, aseguró la permanencia de la cátedra de Gramática al disponer que los 3.520 pesos dejados en testamento por el padre Vicente del Río se colocaran al cinco por ciento anual, generando una renta perpetua que garantizaba el pago del maestro. Su visión pedagógica era estricta y profundamente clásica. Ordenó que el preceptor enseñara la gramática «por el Arte de Antonio de Nebrija» y que los alumnos tradujeran el «Breviario Concilio Tridentino Epistolar» de San Jerónimo. Para la poesía, autorizó la lectura de Ovidio, Virgilio, Marcial y Homero, pero con una advertencia clarividente: seleccionar solo aquellos textos «que no sean peligrosos a la juventud». Para la retórica, mandó a estudiar a Soario, Pomei y las «Epístolas y Oraciones» de Cicerón, sentando las bases de la educación humanista.
Su ingenio para financiar y dotar la educación también fue notable. En su visita a Carora, en 1776, regaló ciento cinco yeguas, ubicándolas en el hato «del Montón o de las Cofradías», cuyas ganancias sostendrían dos escuelas de primeras letras y una cátedra de Teología moral. En Trujillo, consciente de las enormes distancias «de fragosos caminos» que separaban a los jóvenes del seminario de Caracas, mandó a construir un solar cercano a la iglesia con «dos salas grandes». Una estaba dedicada a enseñar a leer, escribir y contar; la otra, al estudio de la gramática y la retórica. Así, el obispo Martí no solo sembró escuelas, sino que diseñó un sistema educativo pragmático, autosustentable y adaptado a la dura realidad geográfica venezolana.
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela – BibloFEP
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
- Redalyc
- Dialnet (Universidad de La Rioja) – Tiempo y Espacio en Dialnet
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 240-242).
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