Expediciones por el Orinoco: la obsesión europea por el río y el oro (1498-1595)

Buque español del Siglo XVI navegando por el Orinoco. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
Un buque español del Siglo XVI navegando por el Orinoco. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

En los mapas del siglo XVI, el Orinoco aparecía dibujado como una vena abierta en el cuerpo de un continente aún sin nombre. Su delta, una maraña de caños y manglares, desafiaba a los navegantes; sus raudales, una barrera natural que ponía a prueba la determinación de los expedicionarios; y su cuenca, un territorio mítico donde se suponía que reposaban las riquezas del reino de El Dorado. Entre 1498 y 1595, el río se convirtió en el escenario de una de las empresas de exploración más sostenidas y obsesivas de la Corona española, mezclada con la codicia de piratas ingleses y la resistencia de los pueblos indígenas que habitaban sus orillas.

Este recorrido histórico, ordenado de manera cronológica, reconstruye las principales expediciones documentadas que surcaron las aguas del Orinoco durante ese período, atendiendo a sus protagonistas, motivaciones y consecuencias, sin ceder a la tentación de los relatos fabulosos que durante siglos rodearon al río.

Los primeros europeos ante la inmensidad del Orinoco (1498-1516)

El descubrimiento europeo del Orinoco no fue un acontecimiento único, sino un proceso gradual de aproximaciones y percepciones. Durante los primeros años del siglo XVI, los navegantes españoles que bordeaban las costas de Tierra Firme se toparon una y otra vez con la evidencia de que algo inmenso se ocultaba tras el litoral.

El 1 de agosto de 1498, durante su tercer viaje, Cristóbal Colón avistó la costa de la actual Venezuela y navegó frente al golfo de Paria. Allí, los marineros observaron un fenómeno que desconcertó a la tripulación: el mar perdía su salinidad y se volvía dulce, como si una fuente inagotable de agua potable estuviera vertiéndose en el océano. Colón comprendió entonces que aquella masa de agua dulce solo podía provenir de un río de dimensiones colosales, alimentado por un territorio continental extenso. Aunque no penetró en el delta ni remontó el curso del río, su registro fue el primer indicio documentado de la existencia del Orinoco y sentó las bases de una hipótesis que luego confirmarían otros navegantes: las tierras descubiertas no eran islas, sino parte de un continente hasta entonces desconocido para los europeos.

30 de enero de 1500: Pinzón y la confirmación del gran río

Apenas dos años después, Vicente Yáñez Pinzón, que había participado en el primer viaje de Colón, emprendió una travesía por la costa atlántica sudamericana. El 30 de enero de 1500, su expedición llegó a la desembocadura del Amazonas, convirtiéndose en el primer europeo en documentar aquel caudal. Durante su navegación, Pinzón también percibió la influencia del Orinoco en el mar —al que denominó río Dulce por la abundancia de agua dulce en su desembocadura—, aunque tampoco se internó en su delta. Su viaje confirmó la existencia de grandes sistemas fluviales que drenaban el interior del continente, reforzando la idea de que aquellas tierras encerraban secretos y riquezas aún por descubrir.

13 de noviembre de 1516: Bono de Quejo y la primera penetración en el delta

El primer europeo que realmente se adentró en el laberinto del delta del Orinoco fue Juan Bono de Quejo, un navegante guipuzcoano nacido en San Sebastián hacia 1475 y asentado en Palos. Bono de Quejo ya había asolado la isla de Trinidad en 1514 en busca de esclavos, y regresó dos años después con el mismo propósito. El 13 de noviembre de 1516, al mando de su expedición, recorrió algunos de los caños del delta, enfrentándose a la complejidad de un paisaje fluvial caracterizado por canales entrelazados, manglares y corrientes impredecibles. Aunque su incursión fue limitada y motivada por el comercio de esclavos —actividad que le valió la denuncia de los frailes dominicos y la protección de altos funcionarios de la Corona—, Bono de Quejo aportó la primera información práctica sobre la navegación en el delta y sus posibilidades. Existen evidencias documentales que apoyan la afirmación de que fue el primer español en penetrar por el delta del Orinoco y en surcar sus aguas.

Las grandes exploraciones del interior (1531-1533)

Superada la fase de los reconocimientos costeros, la exploración del Orinoco dio un salto cualitativo en la década de 1530, cuando expediciones mejor pertrechadas se adentraron en el curso medio del río y chocaron con sus primeros grandes obstáculos naturales.

1531: Diego de Ordaz y los raudales de Atures

Diego de Ordaz, un conquistador que había participado en la campaña de Hernán Cortés en México, protagonizó una de las primeras expediciones europeas que remontaron el Orinoco de manera sistemática. Ordaz zarpó de Sanlucar de Barrameda el 20 de octubre de 1530 y, tras bordear la costa, penetró en el río. En 1531, su expedición ascendió unas 600 millas por el Orinoco, pasó por Cabruta, remontó hasta el raudal de Caribén y lo traspuso, llegando hasta el río Meta —sin penetrar en él— y continuó hasta el raudal de Atures, desde donde regresó. Los raudales de Atures, una zona de rápidos que marcaba un límite natural para la navegación, se convirtieron a partir de entonces en un referente geográfico ineludible para todos los expedicionarios. Ordaz también recogió relatos indígenas sobre tierras ricas en oro, lo que alimentó la leyenda de El Dorado y consolidó el interés español por controlar la región. Su viaje permitió obtener datos geográficos más precisos y estableció el Orinoco como una vía de penetración hacia el interior del continente.

1533: Ortal y Herrera, la continuidad desde Paria

La muerte de Ordaz no interrumpió el impulso explorador. En 1533, Jerónimo de Ortal, que había sido tesorero de la expedición de Ordaz, asumió el cargo de gobernador de Paria y organizó nuevas expediciones hacia el Orinoco junto al capitán Alonso de Herrera, antiguo alguacil de Ordaz. Herrera debía remontar a pie el Orinoco desde Paria, mientras Ortal lo apoyaba desde la costa. Aunque enfrentaron dificultades logísticas y resistencia indígena —Herrera murió en 1535 a manos de los indios tras remontar el Orinoco—, sus incursiones ampliaron el conocimiento europeo sobre el delta y los tramos bajos del río, y consolidaron a Paria como punto estratégico para futuras campañas.

La fiebre de El Dorado y la consolidación española (1584-1595)

La segunda mitad del siglo XVI estuvo marcada por la obsesión en torno al mito de El Dorado. Las noticias sobre un reino fabuloso, gobernado por un rey que se cubría de polvo de oro en una laguna sagrada, circularon por toda Europa y transformaron la exploración del Orinoco en una empresa de alcance imperial.

1584-1591: las tres expediciones de Antonio de Berrío

El principal protagonista de esta etapa fue Antonio de Berrío, nacido en Segovia hacia 1527, un militar con experiencia en las guerras de Italia, Flandes y África, y en la campaña contra los moros en Granada. Tras casarse con María de Oruña, sobrina de Gonzalo Jiménez de Quesada —fundador de Bogotá—, Berrío heredó una capitulación para la gobernación de El Dorado y se instaló en Santa Fe de Bogotá en 1580. Allí se empapó de las leyendas sobre la laguna de Manoa y organizó tres expediciones con la finalidad de ubicarlas, empleando para ello gran parte de las riquezas de su mujer.

La primera expedición partió el 3 de enero de 1584. Berrío pasó el río Meta el 2 de febrero —al que bautizó como río de la Candelaria— y se dirigió al Orinoco. Cuatro meses después divisó la serranía de Cuao y estableció su campamento en la margen derecha del río, buscando el camino que atravesaba la sierra. Tuvo que invernar durante cuatro meses, enfrentándose a indios belicosos, y logró llegar a la isla de Atures, en el raudal del mismo nombre. Al ver diezmadas sus tropas, decidió regresar al Nuevo Reino de Granada en mayo de 1585 para buscar refuerzos.

La segunda expedición partió en abril de 1587. Berrío cruzó los llanos siguiendo los cursos de los ríos Casanare y Meta hasta llegar al Orinoco, y fundó un pueblo con treinta bohíos en la sabana de Siamacú, el primer intento de poblamiento español en Guayana. Aunque no logró llegar a la laguna de Manoa, su avance confirmó la importancia estratégica del Orinoco como vía de comunicación entre el interior del continente y el mar.

La tercera expedición, iniciada el 19 de marzo de 1590, avanzó por la región de Casanare, conectando con el Orinoco y llegando hasta el río Cuchivero. Este recorrido permitió cartografiar nuevas rutas y consolidó la presencia española en zonas que hasta entonces habían sido poco exploradas. Aunque El Dorado seguía sin aparecer, la expedición fortaleció la percepción de que el Orinoco era una arteria esencial para acceder al interior del continente.

El 1 de septiembre de 1591, Berrío ordenó la construcción de un fuerte en las cercanías del río Caroní, con el doble propósito de asegurar la presencia española en la región y servir como base para futuras expediciones.

21 de diciembre de 1595: la fundación de Santo Tomé de Guayana

El 21 de diciembre de 1595, Berrío fundó la ciudad de Santo Tomé de Guayana en la Angostura del Orinoco, un hito fundamental en la historia de la región. La ciudad se convirtió en un enclave estratégico para el control del río y en un punto de apoyo para las expediciones que buscaban El Dorado. Su fundación marcó el inicio de una presencia española más estable en la zona y sentó las bases del poblamiento que, con el tiempo, daría origen a la actual Ciudad Bolívar.

La irrupción inglesa: Walter Raleigh en el Orinoco (1595)

La riqueza potencial del Orinoco y su importancia estratégica atrajeron no solo a exploradores españoles, sino también a piratas y filibusteros ingleses, en el contexto de la rivalidad anglo-española que dominaba el Atlántico en el siglo XVI. El más célebre de ellos fue Sir Walter Raleigh.

Raleigh zarpó de Plymouth el 6 de febrero de 1595 en su propia nave, acompañado de una pequeña embarcación al mando del capitán Cross. El 4 de abril de 1595 llegó a la isla de Trinidad con dos navíos. Desde su arribo causó estragos en la isla, dejando con vida únicamente a Antonio de Berrío y a Álvaro Jorge. Su objetivo era desafiar el dominio español en la región y buscar la mítica Laguna de Manoa, asociada a El Dorado.

Ese mismo año, Raleigh penetró en el Orinoco y remontó el río durante varias jornadas, coincidiendo con la reciente fundación de Santo Tomé de Guayana. Aunque no encontró ni la laguna ni la ciudad de oro, dejó descripciones detalladas del río y sus pobladores en su obra The Discoverie of the Large, Rich, and Bewtiful Empyre of Guiana (1596), que se convirtió en una de las fuentes europeas más influyentes sobre la región y alimentó durante décadas el mito de El Dorado.

La expedición de Raleigh no solo representó una amenaza militar para los intereses españoles, sino que también inauguró una nueva fase en la historia del Orinoco: la de la competencia imperial abierta por el control de sus aguas y de las riquezas que se suponía que ocultaban sus riberas.

El Orinoco como eje de la historia temprana de América del Sur

Las expediciones por el Orinoco entre 1498 y 1595 revelan un proceso continuo de exploración, ambición y confrontación que trasciende la anécdota de los viajes individuales. Desde los primeros contactos de Colón hasta las incursiones sistemáticas de Berrío y la irrupción de Raleigh, el río se consolidó como un eje estratégico para comprender el interior del continente y como un escenario donde se ensayaron las formas de la expansión europea en América.

El mito de El Dorado, aunque nunca se materializó, cumplió una función histórica de primer orden: impulsó una serie de viajes que ampliaron el conocimiento geográfico de la cuenca del Orinoco, transformaron la dinámica política de la región y sentaron las bases de la presencia europea en Guayana. Al mismo tiempo, aquellas expediciones fueron encuentros violentos con los pueblos indígenas que habitaban el río —los caribes, los otomacos, los palenques—, cuyas resistencias y adaptaciones moldearon de manera decisiva el curso de los acontecimientos.

El Orinoco, con su inmensidad y complejidad, no fue un mero escenario pasivo de la historia. Fue, más bien, un protagonista silencioso que impuso sus propias condiciones: sus raudales detuvieron a Ordaz y a Berrío; su delta laberíntico desorientó a Bono de Quejo; sus corrientes y su geografía definieron los límites de lo que los europeos podían alcanzar. En ese sentido, la historia de las expediciones por el Orinoco es también la historia de un río que, durante más de un siglo, se resistió a ser dominado.

Fuentes Oficiales

Fuentes Académicas

  • González Ochoa, J. M.ª (2003). Quién es Quién en la América del Descubrimiento. Madrid: Editorial Acento.
  • Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
  • Schomburgk, R. H. (Ed.). (1848). The Discovery of the Large, Rich, and Beautiful Empire of Guiana, with a Relation of the Great and Golden City of Manoa… performed in the year 1595 by Sir W. Ralegh. London: Hakluyt Society.

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ani Garcia

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