
El 13 de noviembre de 1516, una nave atracó en el puerto de San Juan de Puerto Rico con un cargamento que helaría la sangre a cualquier observador contemporáneo: 185 indígenas capturados en las costas de Paria, la isla de Trinidad y, muy probablemente, en los intrincados caños del delta del Orinoco. Al mando de aquella expedición se encontraba Juan Bono de Quejo, un navegante guipuzcoano cuya trayectoria anticipa, en toda su crudeza, las contradicciones del primer siglo de presencia europea en el Caribe: explorador de territorios ignotos, comerciante despiadado de seres humanos, protegido de la Corona y, al mismo tiempo, denunciado por las conciencias más lúcidas de su tiempo. Su incursión por el delta del Orinoco en 1516 constituye, probablemente, el primer contacto documentado de un europeo con las aguas del gran río sudamericano, un hecho que la historiografía venezolana ha reconocido con matices, pero que rara vez ha recibido el tratamiento narrativo que su relevancia geográfica y ética exige.
El navegante de los confines: orígenes y primeras empresas en el Caribe
Juan Bono de Quejo nació en San Sebastián (Guipúzcoa) en 1475, en el seno de una familia de tradición marinera. Como tantos vascos de su generación, el mar no era una opción sino un destino. A finales del Siglo XV se encontraba afincado en Palos, puerto clave de las expediciones atlánticas, donde ya era reconocido como un apreciado navegante. Su oportunidad de oro llegó en 1502, cuando fue contratado como piloto de una carabela en el cuarto viaje de Cristóbal Colón, la última y más accidentada de las travesías del almirante. Aquella experiencia en las costas de Centroamérica le proporcionó un conocimiento de primera mano de las rutas caribeñas que ningún manual de navegación podía ofrecer.
Regresó a Europa y en 1506 se encontraba en Flandes; al año siguiente, con una visión comercial poco común, hizo construir su propia nao, la Santa María, para dedicarla al comercio trasatlántico. En 1508 realizó su primer viaje de Sevilla a Santo Domingo, estableciendo las bases de una red de contactos y negocios que le permitirían moverse con soltura entre los principales centros del Caribe temprano.
Para 1510, Bono de Quejo había puesto pie en San Juan de Puerto Rico, donde se estableció como minero. Su ascenso social fue vertiginoso: en julio de ese mismo año, los vecinos de la villa de Caparra —la primera población española en la isla— lo eligieron procurador ante la Corte de España. No era un nombramiento menor: significaba que la comunidad confiaba en su capacidad para defender sus intereses ante el rey. Y Bono de Quejo no defraudó esas expectativas. Obtuvo mercedes del rey Fernando el Católico, quien le confirmó encomiendas de indios, las minas que poseía en Puerto Rico y, además, una real cédula de «seguro y amparo y defendimiento real» que lo ponía bajo la protección directa de la Corona.
Sin embargo, el éxito no estaba exento de sobresaltos. A su regreso a Puerto Rico, fue hecho prisionero por deudas —las deudas eran un compañero frecuente de los empresarios indianos—, pero el propio Rey ordenó su puesta en libertad en 1512. Aquel gesto revela hasta qué punto Bono de Quejo gozaba de influencia en los círculos cortesanos. No era un aventurero cualquiera: era un hombre con padrinos poderosos.
La primera incursión documentada: el asolamiento de Trinidad en 1514
En 1514, Juan Bono de Quejo emprendió la que los registros oficiales consideran su primera expedición esclavista documentada: un viaje a la isla de Trinidad con el objetivo de capturar indígenas para venderlos como mano de obra en Puerto Rico. La operación no fue un hecho aislado, sino la manifestación de una dinámica comercial ya consolidada en el Caribe: la obtención de trabajadores forzados mediante incursiones rápidas en territorios poco defendidos o escasamente controlados por las autoridades españolas.

Las fuentes disponibles no precisan el número de personas capturadas en esta primera incursión, pero sí confirman que la empresa resultó lucrativa. La demanda de mano de obra en las islas mayores —Puerto Rico, La Española, Cuba— era apremiante. La población nativa de estas islas, diezmada por las enfermedades, los desplazamientos forzados y la explotación en las minas y estancias, se había reducido drásticamente en apenas dos décadas. Los colonos necesitaban reemplazar esa fuerza laboral, y la captura de indígenas en Tierra Firme y en las islas menores se convirtió en una solución necesaria, aunque moralmente cuestionable.
Trinidad, en 1514, era un objetivo relativamente accesible. Los españoles conocían la isla desde los viajes de Colón, pero no habían establecido allí una presencia permanente. La población indígena, compuesta por diversos grupos de filiación arahuaca y caribe, carecía de la organización política que hubiera permitido una resistencia coordinada frente a las incursiones europeas. Bono de Quejo y sus hombres recorrieron la zona y tomaron como esclavos a indígenas que habitaban la isla, aunque no llegaron a establecerse en ella. Aquella incursión sentó un precedente que se repetiría dos años después, pero con una diferencia crucial: en 1516, Bono de Quejo no se limitaría a las costas de Trinidad, sino que se adentraría en el delta del Orinoco.
La expedición de 1516: el viaje que cambió la cartografía del Orinoco
La expedición más significativa de Juan Bono de Quejo se desarrolló a lo largo de 1516. A finales de ese año, su nave arribó a Puerto Rico con un cargamento de 185 indígenas capturados en las costas de Paria, la isla de Trinidad y, muy probablemente, en el delta del río Orinoco. La cifra, documentada en los registros oficiales de la época, es una de las más altas registradas para expediciones esclavistas tempranas en el Caribe.
El dato es relevante no solo por su magnitud, sino por lo que implica geográficamente. La mención de «tierras del Orinoco» en los documentos de la época ha llevado a los historiadores a considerar que Bono de Quejo fue el primer español en penetrar por el delta del Orinoco y en surcar sus aguas. Esta afirmación, sustentada en evidencias documentales, sitúa la expedición de 1516 como un hito en la exploración del noreste de Sudamérica, anterior a las célebres expediciones de Diego de Ordaz (1531-1532) y Antonio Sedeño.
La travesía de 1516 no fue, sin embargo, un viaje de exploración geográfica en el sentido ilustrado del término. Bono de Quejo no buscaba cartografiar el río ni describir sus riberas; su objetivo era capturar personas, y su incursión por los caños del delta respondía a esa lógica depredadora. Esa ausencia de una intención científica explica, en parte, la escasez de descripciones detalladas del entorno natural o de las comunidades locales en los registros de la época. Para Bono de Quejo, el Orinoco era una ruta hacia más presas, no un objeto de conocimiento.
Sin embargo, el hecho de que haya recorrido los caños del delta —un laberinto de canales, islas y manglares que desorientaría a cualquier navegante— revela un conocimiento náutico considerable. No era un principiante perdido en aguas desconocidas: era un piloto experimentado que supo leer las corrientes, los vientos y los accidentes geográficos para moverse con eficacia en uno de los entornos más complejos de la costa sudamericana.
El arribo a Puerto Rico y el registro de los capturados
Cuando la nave de Bono de Quejo llegó a Puerto Rico, las autoridades coloniales registraron meticulosamente el cargamento humano. La cifra de 185 indígenas fue anotada en los libros oficiales, y aquel registro ha llegado hasta nosotros como una de las pocas evidencias cuantitativas de la trata indígena en el Caribe temprano. Los capturados provenían de diversas comunidades asentadas en la costa continental y en las islas cercanas, lo que evidencia la amplitud geográfica de la incursión.
El destino de aquellos 185 seres humanos era la venta como mano de obra en la isla. La demanda de trabajadores en Puerto Rico había aumentado debido al desarrollo de estancias agrícolas y a la necesidad de reemplazar la fuerza laboral indígena local, afectada por la disminución demográfica. Bono de Quejo, que poseía repartimientos de indios en Puerto Rico y Cuba, conocía bien el mercado y sabía que su cargamento encontraría compradores sin dificultad.
La ruta del delta: un enigma cartográfico
Uno de los aspectos más fascinantes —y menos documentados— de la expedición de 1516 es la ruta exacta que siguió Bono de Quejo por el delta del Orinoco. Los documentos de la época no ofrecen descripciones detalladas, y los mapas del Siglo XVI son, en el mejor de los casos, aproximaciones especulativas. Sin embargo, los historiadores han podido reconstruir algunos elementos a partir de indicios indirectos.
Bono de Quejo partió probablemente de Cubagua, la isla de las perlas que ya en 1516 era un centro de actividad española en la costa de Venezuela. Desde allí, navegó hacia el este, bordeando la costa de Paria y cruzando el Golfo de Paria hasta alcanzar la isla de Trinidad. Pero, a diferencia de su incursión de 1514, en esta ocasión no se limitó a las costas de la isla: se internó en los caños del delta, navegando por sus aguas en busca de asentamientos indígenas.
¿Cuán lejos llegó? Las fuentes no lo precisan. Algunos autores sugieren que pudo haber remontado el río hasta la altura de la actual Ciudad Guayana; otros, más cautos, consideran que su navegación se limitó a los caños más accesibles del delta, aquellos que ofrecían salida al mar y donde era más probable encontrar comunidades indígenas. Lo que sí parece confirmado es que su incursión tuvo lugar en uno de sus viajes a Trinidad en búsqueda de indígenas para esclavizarlos. No fue una expedición de reconocimiento, sino una operación de captura que, incidentalmente, produjo el primer registro europeo de navegación por el delta.
Las expediciones posteriores: del Caribe a México
La incursión de 1516 no fue el final de la carrera de Bono de Quejo, sino un capítulo en una trayectoria que se extendería por más de una década y alcanzaría desde las costas de Florida y Yucatán hasta México. En los años siguientes, continuó sus actividades de comercio, incluyendo el de indios, y las extendió hasta Santa Marta y Cartagena de Indias. Aquellas regiones, en la actual Colombia, ofrecían nuevas oportunidades para la captura de indígenas, en un momento en que la presión sobre las poblaciones del Caribe insular comenzaba a reducir los rendimientos de las incursiones.
Entre 1520 y 1521, Bono de Quejo se trasladó a Cuba, donde obtuvo encomiendas y amplió sus actividades hacia Florida, Yucatán y México. Su presencia en la isla no pasó desapercibida: en octubre de 1520, el gobernador Diego de Velásquez le concedió una encomienda con 80 indios, un reconocimiento a su estatus y a sus servicios. Pero Cuba era solo una base de operaciones; su verdadero objetivo era México, donde la conquista de Hernán Cortés había abierto un nuevo frente de oportunidades y conflictos.
En México, Bono de Quejo participó en las intrigas políticas contra Hernán Cortés, en un momento en que la joven colonia novohispana era un hervidero de facciones enfrentadas. Cortés, que no toleraba la disidencia, lo hizo prisionero acusándolo de promover discordia, aunque luego le permitió regresar a Cuba. Aquel episodio revela hasta qué punto Bono de Quejo era un hombre acostumbrado a moverse en los círculos del poder, capaz de desafiar al propio Cortés y salir con vida.
Su viaje final lo llevó de vuelta al Caribe. Entre 1526 y 1527, Bono de Quejo fue uno de los navegantes que contribuyeron a redactar para la Corona el informe «Secreto e instrucción para la navegación desde España a la isla de Santo Domingo y viceversa», un documento clave para la seguridad de la flota de Indias. Al morir, en 1528 en La Habana, ocupaba el cargo de teniente de gobernador en la isla. Había llegado lejos, desde aquel puerto vasco de San Sebastián hasta la cúspide de la administración colonial cubana.
El informe secreto de navegación: un legado cartográfico olvidado
Uno de los aspectos menos conocidos de la carrera de Bono de Quejo es su contribución a la cartografía y la navegación. El informe que redactó junto a otros pilotos entre 1526 y 1527 no era un documento cualquiera: era una instrucción secreta destinada a garantizar la seguridad de las embarcaciones que cruzaban el Atlántico. En una época en que los naufragios y los extravíos eran moneda corriente, aquel tipo de conocimientos —rutas, corrientes, vientos, peligros— era un bien estratégico de primer orden.
La participación de Bono de Quejo en la redacción de aquel informe sugiere que, más allá de sus actividades esclavistas, era reconocido como un navegante de primera línea, alguien cuya experiencia en las aguas del Caribe y del Golfo de México era digna de ser compilada y preservada para la posteridad. Su nombre, en ese sentido, pertenece tanto a la historia de la navegación como a la de la trata de personas, una dualidad incómoda pero ineludible.
Las denuncias de Bartolomé de las Casas y la conciencia del siglo XVI
La figura de Juan Bono de Quejo no habría alcanzado la notoriedad historiográfica que tiene sin la pluma de Fray Bartolomé de las Casas, el dominico que dedicó su vida a denunciar los abusos cometidos contra los indígenas. Las Casas, que ya en 1510 había acusado a Bono de Quejo de ser «el mayor comerciante de esclavos del mundo», no cejó en su empeño de poner en evidencia las prácticas del navegante vasco.
La expresión de Las Casas —«el mayor comerciante de esclavos del mundo»— debe ser entendida en su contexto. No es una hipérbole retórica, sino una acusación concreta basada en el conocimiento directo de las actividades de Bono de Quejo. Las Casas, que había sido testigo de la devastación de las poblaciones indígenas en La Española y Puerto Rico, consideraba que la captura y venta de indígenas era un crimen contra la ley natural y contra la fe cristiana. Y Bono de Quejo, a sus ojos, encarnaba la peor versión del conquistador: aquel que reducía a los seres humanos a mercancía.
Las denuncias de Las Casas no se quedaron en palabras. Los frailes dominicos, siguiendo la línea de su hermano de orden, denunciaron las tropelías de Bono de Quejo, pero nadie pudo impedir el comercio de esclavos, ya que el navegante era protegido por el propio rey, por Lope de Conchillos, y gozaba de las simpatías de Rodríguez de Fonseca. Aquellos nombres —Conchillos, secretario del rey; Fonseca, obispo de Burgos y presidente del Consejo de Indias— eran pesos pesados de la política imperial. Bono de Quejo se había ganado su favor al declarar contra Diego Colón, el hijo del almirante, en las disputas jurisdiccionales que enfrentaron a la familia Colón con la Corona. En el juego de poder de la Corte, Bono de Quejo había apostado por el bando ganador.
La protección de que gozaba explica por qué, a pesar de las denuncias, pudo continuar sus actividades durante más de una década. El sistema colonial, en sus primeras décadas, toleraba y a veces fomentaba la esclavitud indígena como un mal necesario para la explotación de las nuevas tierras. Las voces críticas, como la de Las Casas y los dominicos, existían y eran escuchadas, pero sus denuncias rara vez se traducían en sanciones efectivas contra los poderosos.
El engaño del bohío: un método de captura poco conocido
Uno de los datos más inquietantes —y menos difundidos— sobre los métodos de Bono de Quejo proviene precisamente de las denuncias de la época. Según los registros, solía atrapar a los indios diciéndoles que iba a llevarlos a la isla donde estaban las almas de sus antepasados; tras ello, los introducía en un gran bohío muy decorado, y allí los encadenaba sin dificultad.
Este relato, que ha sobrevivido en las crónicas y en los testimonios de la época, revela una dimensión psicológica de la captura que rara vez se menciona en los análisis históricos. Bono de Quejo no solo usaba la fuerza bruta; manipulaba las creencias religiosas de los indígenas, ofreciéndoles una promesa de salvación espiritual que ocultaba una trampa mortal. El bohío decorado, que debía parecer un lugar sagrado o ceremonial, se convertía en una prisión disfrazada donde los cautivos eran encadenados antes de ser transportados a los mercados de esclavos.
La eficacia de aquel engaño sugiere que Bono de Quejo no era un simple brutal, sino un conocedor de las culturas indígenas, capaz de identificar sus puntos débiles y explotarlos. Sabía que la promesa de reunirse con los antepasados era una de las aspiraciones más profundas de muchas comunidades; y no dudó en convertir esa aspiración en un instrumento de dominación. La combinación de violencia física y manipulación simbólica hace de sus métodos un ejemplo temprano de lo que hoy llamaríamos violencia psicológica en el contexto de la conquista.
Impacto en las poblaciones indígenas del delta y la costa de Paria
Las expediciones esclavistas de Bono de Quejo tuvieron consecuencias profundas y duraderas para las comunidades indígenas de Trinidad, Paria y el delta del Orinoco. La captura de 185 personas en una sola incursión no era un hecho menor: suponía la desaparición de comunidades enteras, la ruptura de redes familiares, la interrupción de intercambios comerciales y la desestabilización de equilibrios territoriales que habían tardado siglos en consolidarse.
Las fuentes españolas, centradas en los aspectos administrativos y comerciales, ofrecen poca información sobre el destino de aquellos capturados. Pero es posible inferir que muchos de ellos murieron en el viaje —las condiciones de hacinamiento en las bodegas de los navíos eran letales—, que otros fueron vendidos a colonos de Puerto Rico y Cuba, y que unos pocos, quizás, lograron escapar o fueron devueltos a sus tierras en circunstancias excepcionales. La ausencia de testimonios indígenas directos limita nuestra capacidad para reconstruir aquellas vidas truncadas, pero la evidencia documental disponible permite afirmar que las expediciones de Bono de Quejo formaron parte de un proceso más amplio de transformación forzada en la región.
La epidemia de viruelas que se desató en el Caribe en 1516, y que aniquiló a los indios de Puerto Rico, Jamaica y Cuba, añadió una capa adicional de devastación. Aquella mortandad, atribuida por los contemporáneos al hecho de «estar los indios concentrados en pueblos», se sumó a los efectos de las incursiones esclavistas para reducir drásticamente la población nativa de la región. Bono de Quejo, con sus incursiones, no era el único responsable de aquella catástrofe demográfica, pero era sin duda uno de sus agentes más activos.
Legado histórico: entre la exploración y la explotación
El legado de Juan Bono de Quejo es, como el de tantos personajes del Siglo XVI, profundamente ambiguo. Por un lado, sus expediciones aportan datos tempranos sobre la expansión ultramarina europea en el Caribe y en el delta del Orinoco, y su incursión de 1516 constituye, probablemente, el primer registro de navegación europea por el gran río. Por otro, sus viajes fueron expediciones de captura, diseñadas para saquear a las poblaciones indígenas de su fuerza laboral y venderla en los mercados coloniales.
La historiografía venezolana ha tratado a Bono de Quejo con ambivalencia. Algunos autores lo mencionan como un explorador pionero, destacando su papel en el reconocimiento del delta del Orinoco; otros, en cambio, subrayan su condición de esclavista despiadado, enfatizando las denuncias de Las Casas y el impacto de sus incursiones en las comunidades indígenas. Ambas lecturas son válidas, pero ninguna es completa por sí sola. Bono de Quejo fue, simultáneamente, explorador y explotador, navegante y comerciante de seres humanos, protegido de la Corona y denunciado por sus conciencias críticas.
Su figura, en ese sentido, encarna las contradicciones de la expansión europea en América: el afán de conocimiento y el ansia de riqueza, la fe en la misión civilizadora y la realidad de la explotación, el discurso de la salvación y la práctica de la dominación. Recorrió los caños del Orinoco buscando esclavos, y al hacerlo, abrió una puerta a la exploración del continente que otros, como Diego de Ordaz, aprovecharían años después. Esa paradoja —el explorador que no buscaba explorar, el cartógrafo involuntario de un territorio que solo le interesaba como fuente de presas— es quizás el rasgo más distintivo de su legado.
Las expediciones de Juan Bono de Quejo representan, en última instancia, un capítulo significativo en la historia temprana del Caribe y de las costas sudamericanas. Su actividad, documentada en 1514 y 1516, y continuada en años posteriores hasta Santa Marta, Cartagena, Cuba y México, revela la interacción entre intereses económicos, prácticas esclavistas y exploraciones iniciales en territorios poco conocidos por los europeos. La posible navegación por el delta del Orinoco añade un elemento de relevancia geográfica que trasciende el mero interés local, mientras que las denuncias de Bartolomé de las Casas permiten situar estas expediciones dentro de los debates contemporáneos sobre la legitimidad y la moralidad de la esclavitud indígena.
Este recorrido histórico-narrativo, basado en fuentes verificables, ofrece una visión equilibrada y rigurosa de un proceso complejo, evitando interpretaciones simplificadoras y reconociendo la importancia de contextualizar cada hecho dentro de su tiempo. Juan Bono de Quejo no fue ni un héroe ni un monstruo, sino un hombre de su época, moldeado por las fuerzas económicas, políticas y culturales que definieron el primer siglo de presencia europea en América. Su nombre, ligado para siempre al delta del Orinoco, nos recuerda que la exploración y la explotación fueron, en aquellos años, dos caras de una misma moneda.
Fuentes Oficiales
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela: Juan Bono de Quejo
- Real Academia de la Historia – Juan Bono de Quejo (Quexo)
- Fundación Empresas Polar – Cronología de Historia de Venezuela: 1516
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
- idUS – Repositorio de la Universidad de Sevilla
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Periodo precolombino y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
- González Ochoa, J. M.ª (2003). Quién es Quién en la América del Descubrimiento. Madrid: Editorial Acento. ISBN-13: 978-84-483-0735-6. Depósito Legal (DL): M-20359-2003.
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