Antonio de Berrio y sus exploraciones del río Orinoco

El legendario colonizador español Antonio de Berrio en las expediciones por el río Orinoco. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
El legendario colonizador español Antonio de Berro. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

cartografía del mito y fundación del dominio español

La obsesión por El Dorado impulsó a decenas de aventureros hacia las entrañas de Sudamérica durante el siglo XVI, pero pocos dejaron una huella tan tangible como Antonio de Berrio. Entre 1584 y 1595, este segoviano convirtió el río Orinoco en el eje de un proyecto que combinaba la búsqueda de riquezas fabulosas con una visión estratégica de consolidación territorial. Sus expediciones no dieron con la legendaria ciudad de oro, pero sí trazaron los primeros mapas sistemáticos de la cuenca orinoquense, fundaron asentamientos duraderos y establecieron una presencia española que resistiría los embates de potencias rivales. La figura de Berrio representa el tránsito entre la conquista como empresa privada y la colonización como política de Estado, en un momento crítico en que el Imperio español comenzaba a organizar administrativamente sus dominios americanos.

El legado de Jiménez de Quesada y la herencia de un adelantado

Antonio de Berrio nació en Segovia hacia 1527, en el seno de una familia vinculada a la administración real. Su formación militar lo llevó a servir al Rey de España en Italia, Alemania, Flandes y África, así como en las campañas contra los moros de Granada bajo el mando de Luis Ponce de León. Al concluir la guerra, se le concedió la gobernación de las Alpujarras en Andalucía, un cargo que revela su posición privilegiada en la jerarquía imperial. Sin embargo, el giro decisivo de su vida llegó por vía matrimonial: al casarse con María de Oruña, sobrina de Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador de Santa Fe de Bogotá, Berrio heredó no solo una fortuna, sino también una capitulación y la gobernación de El Dorado que el conquistador había obtenido de la Corona.

Jiménez de Quesada había muerto en 1580 y, en su testamento, favoreció a su sobrina. Berrio y su esposa se trasladaron a Santa Fe de Bogotá ese mismo año y, en 1582, se establecieron en Boyacá para tomar posesión de la herencia. Allí, en los llanos orientales del Nuevo Reino de Granada, Berrio escuchó por primera vez las leyendas indígenas sobre El Dorado y la laguna de Manoa, relatos que encendieron su ambición y lo impulsaron a organizar expediciones hacia el oriente. La empresa consumiría gran parte de las riquezas de su esposa, pero Berrio estaba convencido de que el Orinoco era la puerta de entrada a un territorio de fabulosas riquezas.

El contexto imperial favorecía estas iniciativas. La Corona española, después de décadas de exploraciones dispersas, buscaba consolidar sus dominios en Sudamérica y contrarrestar la creciente presencia de corsarios ingleses, franceses y holandeses en el Caribe. La Capitanía General de Venezuela, aunque formalmente establecida en 1527, aún no ejercía control efectivo sobre los extensos territorios al sur del Orinoco. Berrio, investido con la autoridad de su capitulación, se presentaba como el hombre indicado para cerrar esa brecha.

La primera expedición: 1584-1585

La primera expedición de Berrio partió el 3 de enero de 1584 desde la región de Chita, en las cabeceras del río Casanare, con una hueste de 80 hombres, 500 caballos y numerosos cerdos y reses. El objetivo era navegar por el Casanare hasta el Meta y desde allí alcanzar el Orinoco, siguiendo la ruta que los indígenas describían como el camino hacia las sierras donde se ocultaba El Dorado. El 2 de febrero de ese año, la expedición alcanzó el río Meta, al que Berrio bautizó como río de la Candelaria en honor a la festividad del día.

El avance fue penoso. Los terrenos pantanosos, las crecidas repentinas y la espesura de la selva complicaban el desplazamiento. Cuatro meses después de iniciada la travesía, Berrio divisó la serranía de Cuao, la cordillera que, según los indios, ocultaba el paso hacia Manoa. Su pretensión era «romperla» para hallar el acceso, pero las dificultades naturales y la hostilidad de algunas comunidades indígenas obligaron a la expedición a invernar durante cuatro meses. Durante ese período, Berrio hizo prisioneros a algunos indígenas, de quienes obtuvo información más precisa sobre la laguna de Manoa y la ubicación de los asentamientos en la región.

Al llegar al Orinoco, Berrio descubrió que el gran río desembocaba frente a la isla de Trinidad, lo que le reveló la posibilidad de habilitar esta vía fluvial para conectar el interior con el mar y, desde allí, con España. Cruzó el río, estableció su campamento en la margen derecha y se internó en la selva en busca del camino que atravesaba la sierra. Sin embargo, la espesura lo obligó a retroceder y a optar por la navegación río abajo. En este tramo encontró una isla poblada, la isla de Atures (Adole), donde entró en trato con los naturales y creyó haber descubierto el camino a Manoa.

Pero las bajas eran considerables. Diezmadas sus tropas y agotados los víveres, Berrio decidió regresar al Nuevo Reino de Granada en mayo de 1585 para buscar refuerzos. A pesar de no haber alcanzado El Dorado, la expedición había logrado algo igualmente valioso: había cartografiado una ruta navegable desde los Andes hasta el Orinoco y había establecido contacto con numerosas comunidades indígenas, sentando las bases para futuras incursiones.

La segunda expedición: 1587

De inmediato, Berrio procedió a organizar nuevas fuerzas con el propósito de regresar al territorio que ya consideraba suyo. Sin embargo, le tomó dos años superar las dificultades logísticas y los tropiezos burocráticos. La segunda expedición partió en abril de 1587, con la intención de poblar en la isla de Adole para establecer una base desde la cual partir en busca de la laguna Manoa. La ruta fue similar a la anterior: cruzó los llanos siguiendo los cursos de los ríos Casanare y Meta hasta llegar nuevamente al Orinoco.

En esta ocasión, Berrio fundó un poblado con 30 bohíos en la sabana de la sierra (sabana Siamacú), que constituyó el primer intento de poblamiento español en Guayana. El asentamiento, aunque precario, representaba un cambio de estrategia: Berrio ya no era solo un explorador en busca de oro, sino un colonizador que aspiraba a establecer una presencia permanente. La fundación de este poblado, sin embargo, no prosperó. Las condiciones adversas, la hostilidad de algunos grupos indígenas y la lejanía de los centros de abastecimiento obligaron a Berrio a abandonar el intento y regresar a Santa Fe de Bogotá.

Las fuentes documentales disponibles en el Archivo General de Indias registran que, durante esta segunda expedición, Berrio recorrió principalmente el Alto Orinoco, llegando hasta las bocas del Guaviare-Atabapo. Fue el primer europeo en adentrarse en la región del Alto Orinoco, por encima de los raudales de Atures y Maipures, un logro geográfico de primera magnitud que amplió significativamente el conocimiento europeo sobre la cuenca.

La Gobernación de Trinidad y el encuentro con Walter Raleigh

En 1592, Berrio fue nombrado gobernador de la isla de Trinidad, un cargo que le otorgaba autoridad sobre un punto estratégico para el control del Golfo de Paria y el acceso al Orinoco. Ese mismo año fundó San José de Oruña (actual Saint Joseph) en la isla, que serviría como capital de la gobernación hasta 1784. Desde Trinidad, Berrio podía coordinar sus expediciones al Orinoco con mayor eficacia y, al mismo tiempo, vigilar las incursiones de potencias rivales en la región.

Retrato grabado de Sir Walter Raleigh.
Retrato grabado de Sir Walter Raleigh, William Bray, Esq. FAS, Ed. y William Upcott. 1872. Diario y correspondencia de John Evelyn, FRS, Vol. III , Londres : Bell & Daldy, p. fac. p. 301.

Fue precisamente desde Trinidad que Berrio vio materializarse su mayor temor. En 1594, la flota del corsario inglés Sir Walter Raleigh interceptó un navío español que transportaba cartas de Berrio en las que afirmaba haber encontrado El Dorado. Raleigh, al servicio de la Corona inglesa y en el contexto de la guerra anglo-española, decidió aprovechar la información y zarpó hacia Trinidad el 22 de marzo de 1595.

El encuentro entre ambos personajes es uno de los episodios más dramáticos de la historia colonial del Caribe. Raleigh atacó San José de Oruña, capturó a Berrio y lo obligó a compartir todos los detalles de sus exploraciones. Según los relatos de la época, cuando Raleigh manifestó su intención de continuar viaje hasta la propia Guayana, Berrio «al verse sometido y humilado», trató de disuadirlo. El español veía cómo su proyecto, fruto de años de esfuerzo y sacrificio, caía en manos de un rival que no dudaría en explotarlo en beneficio de la Corona inglesa.

Raleigh, sin embargo, no logró hallar El Dorado. Su expedición por el Orinoco en 1595 le proporcionó información valiosa sobre la geografía de la región, pero no las riquezas que buscaba. A su regreso a Inglaterra, publicó en 1596 su famoso relato, The Discoverie of the Large, Rich, and Bewtiful Empyre of Guiana, en el que exageraba los hallazgos y consolidaba el mito de El Dorado en la imaginación europea. El texto, sin embargo, refleja la importancia de las exploraciones de Berrio y su impacto en la percepción europea sobre el Orinoco.

Berrio, por su parte, fue liberado por Raleigh después de que este obtuviera la información que buscaba. Pero el episodio había dejado una herida profunda: su autoridad estaba cuestionada, sus recursos mermados y su proyecto, en cierta medida, expropiado por la propaganda inglesa.

La fundación de Santo Tomé de Guayana

A pesar de los reveses, Berrio no abandonó su empresa. En 1595, el mismo año de su captura, logró fundar Santo Tomé de Guayana, el asentamiento que se convertiría en el origen de la actual Ciudad Bolívar. La fecha exacta de la fundación, consignada en los documentos de la época, es el 21 de diciembre de 1595. La ciudad fue establecida estratégicamente cerca del Orinoco, en un punto que permitía controlar el acceso fluvial al interior y servir de base para nuevas expediciones.

La fundación de Santo Tomé de Guayana no fue un acto aislado, sino la culminación de una estrategia que Berrio venía desarrollando desde su primera expedición. La ciudad no solo respondía a necesidades militares y administrativas, sino también a la visión de crear un centro estable desde el cual proyectar nuevas exploraciones. Berrio entendía que la búsqueda de El Dorado no podía sostenerse sobre expediciones aisladas; necesitaba una infraestructura permanente que garantizara el abastecimiento, la defensa y la continuidad de la empresa.

Sin embargo, Santo Tomé de Guayana tuvo un destino incierto. La ciudad fue destruida y reconstruida en varias ocasiones debido a ataques de piratas y potencias rivales, así como a las propias dificultades del entorno. Poco después de la muerte de Berrio, en 1597, la ciudad fue abandonada temporalmente. Pero el germen estaba plantado: la presencia española en el Orinoco, por precaria que fuera, ya no dependía de la voluntad de un solo hombre.

La fundación de Santo Tomé de Guayana también tuvo implicaciones geopolíticas de largo alcance. Al establecer un asentamiento en la margen derecha del Orinoco, Berrio reclamaba para la Corona española un territorio que las potencias rivales comenzaban a mirar con interés. La ciudad, aunque efímera en su primera encarnación, sentó las bases para la posterior colonización de Guayana y para la defensa de la soberanía española sobre la región.

La última expedición y el ocaso de un adelantado

Tras su liberación y la fundación de Santo Tomé, Berrio organizó una nueva expedición en 1596, en la que fue acompañado por su hijo Fernando de Berrio y Oruña, quien aprendió el oficio de mando y el interés descubridor de su padre. Esta campaña, sin embargo, no logró los avances esperados. Los recursos eran limitados, la moral de las tropas estaba quebrantada y la competencia con los ingleses por el control de la región se había intensificado.

Antonio de Berrio falleció en octubre de 1597 en Santo Tomé de Guayana. Las causas exactas de su muerte no están documentadas con precisión, pero es probable que la combinación de enfermedades, desgaste físico y la frustración por no haber alcanzado sus objetivos hayan contribuido a su ocaso. Su hijo Fernando intentó continuar la empresa, pero sin el impulso y la autoridad de su padre, el proyecto de conquista de El Dorado se diluyó progresivamente.

La muerte de Berrio cerró un capítulo, pero no el mito. La búsqueda de El Dorado continuaría durante décadas, alimentada por los relatos de Raleigh y por la persistente esperanza de encontrar las riquezas que habían eludido a tantos exploradores. Sin embargo, el legado de Berrio no se mide en oro, sino en cartografía, asentamientos y presencia territorial.

El legado cartográfico y político de las expediciones de Berrio

El impacto de las expediciones de Berrio se manifiesta en varios niveles. En el plano geográfico, fue el primer europeo en trazar una ruta sistemática desde los Andes hasta el Orinoco, identificando afluentes, raudales y zonas navegables. Sus informes enriquecieron los mapas europeos y permitieron comprender mejor la compleja red fluvial de la cuenca orinoquense, que hasta entonces era prácticamente desconocida para los cartógrafos del Viejo Mundo.

En el plano político, Berrio fortaleció la presencia española en una región disputada por potencias rivales. La fundación de San José de Oruña en Trinidad y Santo Tomé de Guayana en el Orinoco representaron hitos en la expansión del Imperio español hacia el oriente de Sudamérica. Aunque estos asentamientos fueron efímeros en su primera etapa, sentaron las bases para la posterior colonización de Guayana y para la defensa de la soberanía española frente a las incursiones inglesas, francesas y holandesas.

En el plano cultural, la búsqueda de El Dorado por parte de Berrio alimentó uno de los mitos más influyentes de la historia americana. Su figura, junto con la de Raleigh, contribuyó a perpetuar la leyenda de una ciudad de oro en el corazón de Sudamérica, un mito que inspiraría expediciones durante siglos y que aún hoy forma parte del imaginario colectivo. Pero Berrio fue más que un buscador de quimeras; fue un explorador que, en su afán por encontrar lo legendario, descubrió lo real: un territorio vasto, complejo y estratégico que merecía ser conocido y dominado.

Su legado, sin embargo, también plantea interrogantes. ¿Hasta qué punto la obsesión por El Dorado cegó a Berrio y le impidió valorar los logros reales de sus expediciones? ¿Qué hubiera sido de la región si sus recursos se hubieran invertido en la colonización sistemática en lugar de en la búsqueda de una quimera? Estas preguntas, que los historiadores continúan debatiendo, no disminuyen la importancia de su empresa. Berrio fue un hombre de su tiempo, moldeado por las ambiciones y las contradicciones del Imperio español, pero también un pionero que abrió caminos y estableció rutas que perdurarían más allá de su propia vida.

Las fuentes documentales disponibles en el Archivo General de Indias, la Biblioteca Nacional de España y otros repositorios permiten reconstruir su trayectoria con rigor, aunque persisten vacíos que requieren investigación adicional. Su legado, sin embargo, permanece como parte esencial de la historia del Orinoco y de la expansión española en Sudamérica, un recordatorio de que la exploración, incluso cuando no alcanza sus objetivos declarados, transforma el mundo que toca.

Fuentes Oficiales

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Ani Garcia

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