En el año 1568, cuando la Provincia de Venezuela se debatía entre el fin de la gestión del gobernador Pedro Ponce de León (1566-1569) y el inicio de la de Francisco Hernández de Chaves (1569-1570), un conquistador de origen español levantó en las agrestes montañas de lo que hoy es el estado Yaracuy una fortificación que habría de cambiar el destino de la región. Su nombre era Juan Bautista Veintemilla —cuyo apellido aparece también registrado como Veintimilla en algunas fuentes—, y el bautizo de aquella estructura militar —el Fuerte de San Juan de Nirgua— marcaría el inicio de un proceso de ocupación territorial que se extendería por seis décadas, hasta la fundación definitiva de la ciudad de Nirgua en 1628. Así lo registra el historiador Elías Pino Iturrieta en la Historia Global de Venezuela, al situar la construcción de esta fortificación en el año 1568, en el contexto de las expediciones de sometimiento y control territorial que la corona española impulsaba en la región (Pino Iturrieta, 2006, p. 103).
Los orígenes de Juan Bautista Veintemilla en la conquista de Venezuela
Juan Bautista Veintemilla fue uno de los conquistadores y pobladores de Borburata y la Nueva Valencia. Su trayectoria en la provincia de Venezuela durante el siglo XVI lo sitúa entre los primeros colonizadores de la costa central, activo en las campañas de pacificación y control territorial que la corona española emprendió para someter a las poblaciones indígenas. Borburata, fundada en 1548 como la primera población del estado Carabobo, y la Nueva Valencia del Rey, fundada en 25 de marzo de 1555 por el capitán Alonso Díaz Moreno, fueron los centros de operación desde los cuales Veintemilla participó en las expediciones de reconocimiento y sometimiento del occidente venezolano.

No obstante, la presencia hispana en el valle de Valencia no comenzó con la fundación formal de la ciudad. El capitán Vicente Díaz Pereira, considerado el primer poblador de la región, estableció un hato de ganado en el lugar hacia 1552, tres años antes del acta fundacional de Díaz Moreno. Este asentamiento ganadero sentó las bases para la posterior ocupación organizada del territorio. La Historia Global de Venezuela documenta estos primeros pasos del poblamiento valenciano, señalando la importancia de la actividad ganadera como motor de la expansión colonial en la región central (Pino Iturrieta, 2006, p. 142).
La participación de Veintemilla en estos asentamientos tempranos lo vincula a la red de poblamiento hispánico que buscaba consolidar la presencia europea en la Tierra Firme. En 1583, un documento del rey Felipe II dado a favor del capitán Juan Bautista Veintemilla en la ciudad de Santo Domingo elogia sus excelencias y menciona la importancia del puerto, indicio de que para entonces Veintemilla gozaba del reconocimiento de la Corona. Este respaldo real no era menor: significaba que el conquistador había logrado demostrar su lealtad y eficacia en las empresas de colonización, méritos suficientes para merecer la atención del monarca.
El apellido Veintemilla, por su parte, tiene raíces españolas vinculadas a un pueblo así llamado en la península, y el linaje se extendería por América con ramificaciones notables, como la del presidente ecuatoriano Ignacio de Veintemilla en el siglo XIX. Sin embargo, el Juan Bautista Veintemilla que nos ocupa pertenece a la primera generación de conquistadores que pisaron suelo venezolano, aquellos que forjaron con hierro y sangre los cimientos del dominio hispánico en la región.
El contexto de la conquista de Nirgua: oro, sangre y resistencia indígena
La fundación del Fuerte de San Juan de Nirgua no fue un hecho aislado, sino la respuesta española a un conflicto que se prolongaba desde mediados del siglo XVI. La historia de la ocupación de Nirgua es, en esencia, la historia de una guerra de casi cien años entre españoles e indígenas, una lucha encarnizada por el control de un territorio rico en oro y estratégicamente ubicado en las rutas que conectaban la costa con el interior.
El detonante de esta larga contienda fue el descubrimiento de las minas de oro en Buría. En 1551, el gobernador interino Juan de Villegas ordenó a Damián del Barrio explorar la región en busca de metales preciosos. El hallazgo fue exitoso: las minas de Buría se convirtieron en las primeras explotadas sistemáticamente en el territorio venezolano, y su riqueza desató una fiebre de extracción que atrajo a colonos, aventureros y soldados. Villegas, desde Coro, se dirigió a Borburata en enero de 1551 con el objetivo de realizar la repartición de encomiendas, y en compañía del negro esclavo Francisco —diestro buscador de oro— hizo catas en las riberas del río Pao y sus afluentes, logrando extraer muestras de oro que confirmaron el potencial de la región.
Sin embargo, el oro tenía un precio: las tierras de Nirgua estaban habitadas por los indómitos jiraharas (también registrados como jirajaras), una tribu belicosa que ofreció una de las resistencias más tenaces y prolongadas de toda la conquista de Venezuela. Los jiraharas, junto con los nirguas, combatieron a los españoles durante más de sesenta años, protagonizando una guerra de guerrillas que frustró una y otra vez los intentos de establecer asentamientos permanentes. Pueden ser contabilizados hasta cien años de permanente lucha de los jiraharas de Nirgua contra las tropas organizadas por el Cabildo barquisimetano, que los combatían a sangre y fuego para despojarlos de las fértiles tierras que ocupaban.
Los intentos de fundación en la región fueron múltiples y todos fracasaron. En 1554, el licenciado Villasinda intentó establecer una población para someter a los indios jirajaras, sin éxito. En 1555, Diego de Parada fundó la villa de Nirva con iguales y desastrosos resultados. Posteriormente, Diego Romero, con 40 soldados, trató de repoblar la villa Nirva, esfuerzo que tampoco prosperó. Durante ese período, la región fue escenario de siete asentamientos sucesivos que fueron fundados y destruidos en el fragor de la lucha. La mudanza de Nueva Segovia al valle del río Barquisimeto en 1556 tuvo como una de sus principales causas esta tenaz resistencia del pueblo jirahara, pues desde sus comienzos la ciudad soportó una verdadera guerra de guerrillas en la cual murieron muchos españoles.
La necesidad de proteger el Camino Real que conectaba la ciudad de Nirgua con Barquisimeto y Caracas, así como las rutas hacia las minas, exigía una presencia militar permanente. Las autoridades españolas comisionaron a Diego Montes y 40 soldados para pacificar a los insurrectos; después de destruir varios poblados, quemar viviendas y asesinar indígenas, fundó la villa de Las Palmas, que pronto, ante la arremetida jirahara, debieron abandonar. Era evidente que se necesitaba una fortificación sólida, no un simple asentamiento, para mantener el control de la región.
La construcción del Fuerte de San Juan de Nirgua (1568)
En ese marco de tensión y resistencia indígena, Juan Bautista Veintemilla emprendió la construcción del fuerte que bautizó con el nombre de San Juan de Nirgua. La historiografía contemporánea, representada por Elías Pino Iturrieta en la Historia Global de Venezuela, sitúa este evento en el año 1568, en el contexto de las “entradas” —expediciones de sometimiento y reconocimiento— que se realizaron para someter a la población nativa (Pino Iturrieta, 2006, p. 103).

La fortificación se levantó en la parte alta de las montañas de Nirgua, sobre el antiguo camino real que iba desde la ciudad de Nirgua —situada a 12 kilómetros— hacia Barquisimeto y Caracas. Esta posición geográfica era estratégica: permitía controlar el tránsito, vigilar los movimientos de los indígenas y proteger las rutas de abastecimiento de las minas. Tras su construcción, Veintemilla fue nombrado Teniente de Justicia Mayor, una posición que le otorgaba autoridad civil y militar sobre el territorio. El Teniente de Justicia Mayor era un funcionario clave en la administración colonial venezolana, con amplias atribuciones judiciales y gubernativas en su jurisdicción. Este nombramiento no solo reconocía los méritos de Veintemilla, sino que lo convertía en la máxima autoridad local, responsable de mantener el orden y administrar justicia en una región conflictiva.
El fuerte, que ha sido descrito como “una de las fortificaciones más importantes en el proceso de ocupación del territorio y confrontación con la población indígena”, presentaba características arquitectónicas notables, documentadas por los investigadores Álvaro García Castro y Eugenio de Bellard Pietri en la Revista Presente y Pasado de la Universidad de Los Andes:
- Una forma rectangular con ocho columnas frontales y doce laterales
- Cuatro terrazas principales que tienen entre 18 y 29 metros de ancho por 51 metros de largo
- Dos terrazas laterales: una de 41,5 metros de largo por 36,21 metros de ancho, y otra de 41,73 metros de largo por 32,90 metros de ancho
- Dos túneles, uno de los cuales llegaba hasta un caserío cercano
- Rampas en cada nivel y pinturas decorativas aún sobrevivientes
La magnitud de la construcción indica que no se trataba de un simple puesto de vigilancia, sino de una fortaleza diseñada para albergar una guarnición numerosa y resistir asedios prolongados. La presencia de túneles sugiere además que el fuerte contaba con rutas de escape y abastecimiento que garantizaban su autonomía en caso de sitio.
El error del nombre: del Castillo de San Vicente al Fuerte de San Juan
A lo largo del tiempo, esta fortificación ha sido citada erróneamente en múltiples publicaciones como “Castillo de San Vicente”, por el nombre del vecindario cercano. Los trabajos de García Castro y Bellard Pietri han sido fundamentales para aclarar los pormenores de su origen y restituir su nombre original: Fuerte de San Juan de Nirgua. Otras denominaciones históricas incluyen Fuerte Real de Santa María de Arquicia, Fuerte de Santa María de Nirgua y Fuerte de Santa María de Nivar. La confusión onomástica, lejos de ser un detalle menor, refleja el profundo desconocimiento que ha rodeado a esta fortificación durante décadas, un vacío que los investigadores han tratado de llenar con sus estudios.
La vida del fuerte: de 1568 a la fundación de Nirgua (1628)
El Fuerte de San Juan de Nirgua estuvo en funcionamiento desde 1568 hasta 1629. Durante esas seis décadas, fue el punto de apoyo militar que permitió a los españoles mantener el control de la región frente a la tenaz resistencia de los jiraharas. El fuerte no solo cumplía funciones defensivas, sino que servía como base de operaciones para las expediciones de reconocimiento y pacificación, como almacén de provisiones y como centro de comunicaciones a lo largo del Camino Real.
La resistencia indígena, sin embargo, no cejó. Los jiraharas, aliados con los nirguas, continuaron hostigando a los españoles durante décadas. En 1555, el comisionado Diego de Parada fundó la villa de Nirva con resultados desastrosos. En 1556, los ataques de los indios llevaron a los vecinos a despoblar la región. Incluso después de la construcción del fuerte, los enfrentamientos fueron constantes. Los indígenas, que conocían el terreno mejor que sus opresores, aprovechaban la topografía montañosa para lanzar ataques sorpresa y desaparecer en la espesura de la selva.
La lucha fue tan intensa que el propio rey Felipe IV tuvo que intervenir. El 27 de octubre de 1623, nombró a Juan de Meneses y Padilla —quien más tarde recibiría el título de Marqués de Marianela— como gobernador de la provincia. Meneses y Padilla, que había servido como gobernador entre 1624 y 1630, recibió el encargo de pacificar definitivamente la región de Nirgua. Con el apoyo de los ayuntamientos de Nueva Segovia, El Tocuyo y Valencia, que contribuyeron con hombres y recursos, el nuevo gobernador emprendió una campaña sistemática para allanar las tierras de Nirgua.
Finalmente, el 25 de enero de 1628, Juan de Meneses y Padilla fundó la ciudad de Nuestra Señora de la Victoria del Prado de Talavera —actual Nirgua— en el mismo lugar donde el licenciado Villasinda había intentado establecer una población en 1554. Sin embargo, el acta de fundación no se firmó en la nueva ciudad, sino en el Fuerte de San Juan de Nirgua, en 1629. Este detalle es revelador: incluso después de la fundación oficial, el fuerte seguía siendo el centro neurálgico del poder español en la región, el lugar donde se rubricaban los documentos que daban vida legal a la nueva urbe.
El redescubrimiento en el siglo XX
El interés por esta fortificación se reavivó en 1966, cuando el explorador y experto en petroglifos Hellmuth Straka —padre del historiador Tomás Straka, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia— dio noticias del sitio tras una exploración en las montañas de Nirgua. Straka, que recorrió la zona entre los 21 y 28 de marzo de 1966, hizo llegar la noticia al coautor Bellard, quien a su vez visitó y fotografió las ruinas el 9 de diciembre de 1974. En 1977, una breve y muy vaga mención con una fotografía apareció en la prensa nacional, lo que motivó a su vez a otros investigadores a interesarse por el sitio.
El Fuerte de San Juan de Nirgua fue declarado Monumento Histórico de la Nación en 1960 y Patrimonio Histórico del estado Yaracuy en 1976. Es una de las fortalezas más importantes y antiguas de Venezuela, que jugó un papel protagónico en el proceso de poblamiento de la región, no solo por estar en un punto geográfico estratégico, sino porque también fue escenario de las constantes luchas con los indios jiraharas y formó parte de la jurisdicción de la Nueva Valencia del Rey.
Hoy, sus ruinas se alzan como testimonio silencioso de un capítulo decisivo en la historia de Venezuela: el de la conquista del occidente, la resistencia indígena y el nacimiento de una de las ciudades más antiguas del país. La figura de Juan Bautista Veintemilla, conquistador y poblador, Teniente de Justicia Mayor y fundador del fuerte que llevó el nombre de su santo patrón, permanece indisolublemente ligada al origen de Nirgua. Su empresa —levantar una fortificación en la cima de las montañas para proteger el camino real y las minas de Buría— no solo consolidó la presencia hispánica en la región, sino que creó las condiciones para que, sesenta años después, una ciudad echara raíces en aquel territorio de oro y sangre.
La historia de Veintemilla y su fuerte es, en última instancia, la historia de la conquista de Venezuela: un proceso violento, contradictorio y profundamente humano, donde el afán de riqueza, el celo evangelizador, la resistencia indígena y la voluntad de dominio se entrelazaron para dar forma a un nuevo mundo. Las ruinas del Fuerte de San Juan de Nirgua, declaradas patrimonio nacional, son el recordatorio de que ese pasado, por más remoto que parezca, sigue vivo en las piedras, en los nombres de las ciudades y en la memoria de los pueblos.
Fuentes Oficiales
- García Castro, Álvaro y Bellard Pietri, Eugenio de. “El fuerte de San Juan de Nirgua: una fortificación desconocida”. CISCUVE, 30 de noviembre de 2017.
- Cruz, Carlos. “Siglo XVI: El fuerte de San Juan de Nirgua”. El Nacional, 17 de enero de 2026.
- “Oro y sangre: una historia de la fundación de Nirgua”. Venezuela Inmortal, 24 de agosto de 2024.
- Garmendia, Omar. “La Real Hacienda y las fundiciones de oro en Nueva Segovia de Barquisimeto”. Correo de Lara.
- García Castro, Álvaro y Bellard Pietri, Eugenio de. “El fuerte de San Juan de Nirgua: una fortificación desconocida”. Presente y Pasado. Revista de Historia, Escuela de Historia, Universidad de Los Andes, Año 17, Nº 33, enero-junio 2012, pp. 179-184.
- “Principio y fin de Colombia en Barquisimeto”. Fundación para el Desarrollo de la Biblioteca Digital, Fundabit.
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
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