Ganadería colonial s. XVI al XVIII: la fuerza que transformó los llanos venezolanos

Mientras el cacao doraba las arcas de los mantuanos caraqueños y las plantaciones de azúcar en el Caribe demandaban animales de tiro, un fenómeno silencioso pero arrollador reconfiguraba el mapa económico de Tierra Firme. La ganadería en la Venezuela colonial no fue un simple apéndice de la agricultura de exportación, sino la fuerza estructural que, entre los siglos XVI y XVIII, moldeó una geografía social, forjó una aristocracia rural y sembró las tensiones que definirían el porvenir de la nación. No se trató únicamente de la cría de reses: fue la actividad que ocupó inmensas llanuras, generó redes comerciales transatlánticas y definió el rostro de un país que, aún hoy, no puede entenderse sin la sombra de sus hatos.

Los primeros pasos: la introducción del ganado en el siglo XVI

El ganado mayor y menor llegó a las costas venezolanas casi al mismo tiempo que los conquistadores. Juan de Ampíes Ávila, precursor de la ganadería venezolana, ya intercambiaba ganado con los indígenas de Tierra Firme antes de 1527. Desde las islas de Cubagua, Coche y Margarita, las reses y caballos pasaron al continente, sembrando las primeras simientes de una actividad que se multiplicaría con asombrosa rapidez. No fue un proceso planificado ni ordenado; fue más bien una expansión orgánica, impulsada por la fertilidad de los valles y la disponibilidad de tierras abiertas.

Los datos de mediados del siglo XVI revelan la magnitud del fenómeno. Hacia 1546, El Tocuyo —fundado apenas un año antes— ya contaba con 100 caballos, 200 yeguas, 300 vacas y 500 ovejas, además de cerdos. Ese mismo año, el capitán Francisco Ruiz encabezó una expedición con cuarenta jinetes para abrir un camino hacia el Nuevo Reino de Granada, destinado al tránsito de punta de ganado. Fue precisamente un vecino de El Tocuyo, Cristóbal Rodríguez, quien en 1548 llevó por primera vez ganado vacuno a los Llanos, abriendo una puerta que nunca volvería a cerrarse.

Para 1550, Bartolomé de Castellanos y Alonso Martín, los vecinos más acaudalados de Coro, eran ganaderos. La cría de vacunos se extendió también a las márgenes del lago de Maracaibo, y en la segunda mitad del siglo XVI ya se documentaba una actividad pecuaria de importancia creciente. En 1560 aparecieron los primeros hatos en la zona de Valencia, y para 1579 se criaba ganado en el valle de Caracas. La calidad del ganado marabino gozaba de reputación ya en esa época, gracias a la excelencia de sus pastos y a la abundancia de agua, condiciones que permitieron el desarrollo de una ganaderia robusta y prolífica.

El ganado no solo se multiplicaba: se convertía en mercancía. En 1592, el Cabildo de Caracas autorizó la salida de mil cabezas de ganado vacuno hacia la región de los cumanagotos. Las exportaciones de cuero comenzaron a cobrar importancia antes de que terminara el siglo XVI, hasta convertirse en el rubro más apreciado y productivo de la provincia. Este comercio sentó las bases de un sistema económico que, en las centurias siguientes, integraría a Venezuela en los circuitos comerciales del Caribe y de Europa, no a través del oro, sino a través de la piel y la carne de sus rebaños.

Dibujo de Nehlig. 1862. CC-BY-NC-ND 4.0
Dibujo de Nehlig. 1862. CC-BY-NC-ND 4.0

El auge del siglo XVII: cueros, cimarrones y la formación de una élite

El siglo XVII consolidó la ganadería como la columna vertebral de la economía colonial venezolana. El fracaso relativo de la explotación minera indujo a la búsqueda de alternativas productivas, y la ganadería acabó constituyendo una de las principales fuentes económicas de las élites emergentes. Este proceso no fue espontáneo ni exento de conflictos: la riqueza que generaba la tierra y el ganado pronto atrajo la atención de los grupos de poder, que vieron en los llanos una oportunidad de acumulación sin precedentes.

El ganado que se extraviaba de las expediciones y del comercio se multiplicó en las llanuras de Apure y Barinas, originando un numerosísimo ganado cimarrón —también llamado orejano o mostrenco— que se convirtió en el punto de confrontación entre llaneros y hoteros. La apropiación de estas reses salvajes dio origen a una figura jurídica singular: el derecho de aucción, mediante el cual se justificaba legalmente la captura y apropiación de los animales que vagaban libres por la llanura. Esta práctica, lejos de ser un simple mecanismo de control, conformó una aristocracia ganadera que la historiografía venezolana ha estudiado con creciente atención, pues revela cómo el derecho y la violencia se entrelazaron para legitimar la acumulación de riqueza.

La magnitud del fenómeno ganadero en el siglo XVII queda de manifiesto en las cifras. Para 1660, se calculaba que en la jurisdicción de San Sebastián de los Reyes había alrededor de 25.000 cabezas de ganado, considerado el núcleo matriz de los pueblos de la provincia de Caracas. El comercio de cueros alcanzó tal relevancia que, entre 1620 y 1665, ocupó el primer puesto en el comercio exterior venezolano, desplazando incluso al cacao en volumen de exportación. Los cueros de res, apreciados en Europa para la fabricación de calzado, correas y encuadernaciones, se convirtieron en el principal vínculo entre la provincia y los mercados internacionales.

El Cabildo y el control de la actividad pecuaria

El Cabildo de Caracas desempeñó un papel protagónico en la organización de la actividad ganadera. Desde el inicio del período colonial, esta institución propició las condiciones para la formación de una élite política y económica, concentrando el poder en los conquistadores y sus descendientes. El Cabildo distribuía las mejores tierras, otorgaba licencias para la comercialización y participaba en el establecimiento de la «postura de alimentos», incluyendo la carne, lo que le permitía regular precios y abastos en beneficio de los sectores dominantes.

Un mecanismo particularmente significativo fue el sistema de «pesas»: el Cabildo asignaba a cada ganadero fechas determinadas para llevar el ganado al aprovisionamiento de carne de Caracas. Esta práctica evidenciaba que la capital de la provincia no tenía condiciones para autoabastecerse, dependiendo enteramente del ganado que llegaba de los Llanos y de otras jurisdicciones. El control de las «pesas» era, en la práctica, un instrumento de poder político y económico, pues determinaba quién podía vender, cuándo y a qué precio, consolidando así la hegemonía de un reducido grupo de familias sobre el abasto urbano.

Corrida de ganado de los llanos. América pintoresca. Carlos Wiener. Barcelona, 1884. CC-BY-NC-ND 4.0
Corrida de ganado de los llanos. América pintoresca. Carlos Wiener. Barcelona, 1884. CC-BY-NC-ND 4.0

El siglo XVIII: la expansión del latifundio y la economía de la mula

El siglo XVIII representó la maduración del sistema ganadero colonial. La riqueza acumulada por el cultivo del cacao en el centro de la provincia —en los valles de Caracas, Aragua, Valencia y el Tuy— encontró en los llanos su destino natural de inversión. Los grandes comerciantes y cosecheros de la región central comenzaron a adquirir hatos inmensos en las vecindades de San Sebastián de los Reyes, San Carlos, Calabozo, Chaguaramas, Guanare y El Tinaco. Apellidos que dominaban el comercio cacaotero, como los Bolívar, Toro, Rodríguez del Toro, Bolívar Villegas, Gedler, Mier y Terán, Blanco Uribe, Oviedo y Baños, Palacios, entre muchos otros, extendieron sus redes de poder hacia los llanos de Guárico y Apure, hasta las riberas del Orinoco. La ganadería dejó de ser una actividad de frontera para convertirse en el complemento indispensable de la economía de exportación.

La penetración de la actividad pecuaria había avanzado tanto que ya desde 1740 treinta propietarios poseían unos cuarenta hatos con más de 300.000 cabezas de ganado vacuno. Estas explotaciones, por sus inmensas extensiones, obligaban a considerarlas verdaderos latifundios. La ganadería practicada era extensiva: no había selección de animales, no se utilizaban establos ni se cultivaban pastos. Los rebaños eran trashumantes y los campos carecían de cercas, en un modelo de bajos rendimientos donde el ganado se multiplicaba gracias a la indómita proptitud de la tierra. La riqueza no provenía de la eficiencia productiva, sino de la vastedad del territorio y de la capacidad de apropiarse de él.

La mula como motor del comercio antillano

El ganado mular se convirtió en un producto de exportación de primer orden, tanto por el tráfico legal como por el contrabando. En las islas del Caribe, la mula era preferida sobre el caballo por ser más fuerte y económica, utilizándose como fuerza de tracción en los ingenios azucareros. Para 1772, fray Iñigo Abbad consideraba que en la provincia de Cumaná, con la inclusión de Nueva Barcelona, había más de 50.000 cabezas de ganado mayor, mientras que en Guayana, a pesar de su aislamiento, sumaban más de 24.000.

Las cifras de exportación son contundentes. En 1783, el intendente Abalos expresaba que por los puertos orientales se enviaron en un año a las islas del Caribe unas 10.000 mulas. El célebre viajero Alexander von Humboldt consideraba, por su parte, que entre 1799 y 1800 se embarcaron para las islas españolas, inglesas y francesas 8.000 mulas en Barcelona, 6.000 en Puerto Cabello y 3.000 en Carúpano. Humboldt sostenía además que los llanos de Cumaná, Barcelona y Caracas no daban menos de 30.000 mulas por año al comercio con las Antillas. Para 1761, según una relación del gobernador de Cumaná, Joseph Diguja y Villagómez, el precio corriente de una cabeza de ganado vacuno en su mejor estado era de 2 a 2,5 pesos; el de un caballo oscilaba entre 5 y 6 pesos, mientras que una mula llegaba a valer de 14 a 16 pesos. La mula era, sin duda, el producto más rentable del llano y el eje de una economía que conectaba las sabanas venezolanas con los ingenios de las islas.

Las Ordenanzas de los Llanos: la ley frente al desorden

El crecimiento desordenado de la actividad ganadera trajo consigo un aumento alarmante del abigeato, el saqueo y el sacrificio indiscriminado de reses para aprovechar únicamente el cuero, el sebo y la manteca, con menosprecio absoluto de la carne. Los dueños de hatos hallaron que esta práctica era más lucrativa y no pusieron reparos en explotarla con ahínco. Pronto, estas comarcas fueron invadidas por numerosos bandoleros que recorrían los llanos sacrificando reses con el único propósito de obtener sus cueros para comerciar con ellos. La impunidad reinante amenazaba la viabilidad misma del sistema.

Ante esta situación, el 17 de septiembre de 1771, un grupo de ganaderos presentó una petición ante el gobernador Felipe de Fondeviela y Ondeano, marqués de la Torre, solicitando medidas urgentes. La respuesta fue la promulgación de las Ordenanzas de los Llanos, el primer cuerpo de leyes escritas aplicado específicamente a los llanos de la antigua provincia de Caracas. Su finalidad primordial era preservar el derecho de propiedad sobre la tierra y asegurar el orden social necesario para la existencia de los hatos.

El antecedente más remoto de estas ordenanzas se remonta a los acuerdos del Cabildo de Caracas de 1624, adoptados para frenar el ataque de cuatreros a los rebaños de los vecinos de la ciudad. En 1630, el alcalde Juan Sánchez de Morgado, dueño de hatos en Paya y San Antonio, propuso medidas que incluían la prohibición de trasladar ganado orejano a los valles de Aragua y La Guaira. La primera normativa pecuaria de alcance general fue una real cédula de 1651 sobre organización de la ganadería. Sin embargo, fue en el siglo XVIII cuando el aparato legal se articuló con verdadera sistematicidad, impulsado por la creciente presión de los grandes criadores.

El rostro social del llano: hombres libres, cimarrones y desolladores

Al comenzar la segunda mitad del siglo XVIII, las zonas llaneras de las provincias que se reunirían en la Capitanía General de Venezuela hallábanse perfectamente definidas por la actividad económica de la ganadería. El ganado cimarrón o salvaje había proliferado tanto que la fundación de numerosos hatos y el desarrollo de los ya existentes se hacían basándose en la profusión de este tipo de ganado. La vida económica del llano estuvo signada por rudas y agotadoras faenas que generalmente realizaban las poblaciones mestizas no sometidas a la esclavitud.

Hacia mediados de la década que comienza en 1780, en las amplias llanuras de la Capitanía General de Venezuela había alrededor de 1.180.000 cabezas de ganado vacuno, unos 160.000 caballos y cerca de 80.000 mulas, sin contar el ganado cimarrón. Con semejantes recursos, se conformó en los hatos, e incluso en las ciudades llaneras, una peculiar situación social en la que la mayor parte de los trabajadores eran hombres libres y percibían salarios por sus labores, aunque con ciertas limitaciones. Esta particularidad distinguió al llano de otras regiones coloniales basadas en la esclavitud masiva, y contribuyó a forjar una identidad social distinta, marcada por la movilidad, la independencia relativa y el contacto directo con la naturaleza.

En 1789 se constituyó la Junta General de Hacendados de Ganados, primer intento de organización corporativa del sector ganadero venezolano. La Junta estableció escuadrones paramilitares para patrullar los Llanos y capturar a los cuatreros, y en 1791 realizó un censo exhaustivo para determinar la contribución de cada ganadero al sostenimiento de estas fuerzas, en función del número de animales que poseía. El censo reprodujo incluso las marcas o hierros de cada criador, convirtiéndose en una fuente documental de valor excepcional para la historiografía venezolana. Estos esfuerzos reflejan la madurez de un sector que, para finales del siglo XVIII, no solo abastecía el mercado interno, sino que participaba activamente en el comercio de exportación.

Llaneros en faenas de ganado. Dibujo de Nehlig. 1862. CC-BY-NC-ND 4.0
Llaneros en faenas de ganado. Dibujo de Nehlig. 1862. CC-BY-NC-ND 4.0

El legado de una actividad fundacional

La ganadería colonial dejó una impronta que trasciende lo económico. En los Llanos, el hato se convirtió en el espacio territorial alrededor del cual giró toda la organización social y cultural de la región. Los pueblos llaneros surgieron a raíz de las fundaciones de hatos, que articulaban caminos y fomentaban la circulación de bienes. La figura del llanero, trabajador libre y móvil, se forjó en ese entorno de sabanas abiertas y ganado cimarrón. Los grupos indígenas que aprendieron a usar la carne de los vacunos y los caballos para el trabajo y el transporte se integraron —o se refugiaron— en esa dinámica, dando origen a lo que algunos historiadores han llamado los verdaderos primeros llaneros.

Al mismo tiempo, la ganadería fue un instrumento de dominación. La apropiación de tierras comunales, la imposición del derecho de aucción sobre el ganado libre y la criminalización de las prácticas de subsistencia de las poblaciones más pobres configuraron un orden social profundamente desigual. Las Ordenanzas de los Llanos, con toda su retórica de orden y protección de la propiedad, fueron también un instrumento para eliminar competidores y asegurar el monopolio de la élite criolla sobre la riqueza pecuaria. La historia de la ganadería colonial es, en este sentido, una historia de tensiones no resueltas entre el poder y la supervivencia, entre la ley y la costumbre.

Comprender la ganadería colonial es, en definitiva, comprender una de las fuerzas matrices que configuraron a Venezuela. No se trata solo de vacas y cueros: se trata de poder, de tierra, de trabajo y de las tensiones que, siglos después, seguirían marcando el pulso de una nación. El llano, con sus hatos, sus hombres libres y sus desigualdades, fue el crisol donde se gestó buena parte del carácter rural y ganadero que definiría al país en los siglos posteriores.

Fuentes Oficiales

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
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Ani Garcia

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