Filibusteros: Terror en el Caribe venezolano

El sol del mediodía golpea las aguas del lago de Maracaibo cuando las velas de una escuadra desconocida asoman por el horizonte. Los vigías de la fortaleza de San Carlos de la Barra no tardan en dar la alarma: no son barcos españoles. Son filibusteros, y vienen por el oro, la plata y la gloria de una tierra que España considera suya por derecho divino. Durante más de un siglo, estos hombres del mar convertidos en pesadilla del imperio hispánico sembraron el terror en las costas venezolanas, transformando puertos prósperos en ruinas humeantes y dejando una huella profunda en la memoria colectiva del Caribe.

A diferencia del pirata clásico que asalta navíos en alta mar, el filibustero es un depredador anfibio: desembarca, marcha tierra adentro y ataca ciudades enteras. En las páginas que siguen, exploraremos cómo un grupo de cazadores marginados se convirtió en una hermandad capaz de desafiar al imperio más poderoso de su tiempo, y cómo su legado pervive en la historiografía venezolana como uno de los capítulos más violentos y fascinantes de nuestro pasado colonial.

Fuerte de San Carlos de la Barra. Maracaibo, Zulia, Venezuela. Fuente: Wikimedia Commons.
Fuerte de San Carlos de la Barra. Maracaibo, Zulia, Venezuela. Fuente: Wikimedia Commons.

El origen: de cazadores a azote de los mares

La historia del filibusterismo no comienza en el mar, sino en la espesura de la isla La Española. A principios del siglo XVII, cuando la presencia española en el Caribe empezaba a mostrar fisuras, un grupo heterogéneo de colonos franceses, ingleses y holandeses se instaló en la parte occidental de la isla. Eran desertores, náufragos, prófugos de la justicia y aventureros sin fortuna que encontraron en la caza de ganado salvaje un modo de subsistencia. Estos hombres, conocidos como bucaneros, ahumaban la carne siguiendo una técnica aprendida de los indígenas caribes llamada boucan —de ahí su nombre— y la vendían a los navíos que surcaban las aguas antillanas. El término filibustero, por su parte, proviene del neerlandés vrijbuiter, que significa «el que va a la captura del botín», y llegó al español a través del francés flibustier y del inglés freebooter.

Las autoridades españolas, alarmadas por la presencia de estos forasteros en sus dominios, decidieron erradicar el ganado salvaje de La Española para privarlos de su medio de vida. Fue una medida desesperada que tuvo un efecto contraproducente: los bucaneros, lejos de rendirse, se echaron al mar. Se refugiaron en la isla de la Tortuga, frente a las costas septentrionales de La Española, y desde allí comenzaron a asaltar los barcos y las poblaciones costeras españolas. La metamorfosis estaba completa: el cazador terrestre se había convertido en depredador marino.

Este fenómeno no fue un accidente aislado. Los archivos históricos militares documentan que los cazadores franceses, llamados «matadores», preparaban sus salazones según el método caribe denominado boocan, y que de ahí derivó el nombre de bucaneros. Los ingleses adoptaron ese apelativo, mientras que los franceses se llamaron a sí mismos filibustiers. Juntos formaron una sociedad de corsarios contra España conocida como los Hermanos de la Costa, que saquearon las Antillas antes de expedicionar hacia el Pacífico atravesando el istmo panameño.

«La Hermandad de la Costa»: una sociedad insólita

Lo que distingue a los filibusteros de otros grupos de bandidos marinos es su organización social. Lejos de ser una horda desordenada, los Hermanos de la Costa constituyeron una cofradía con normas, jerarquías y prácticas que, en muchos aspectos, anticiparon ideas modernas de democracia y seguridad social. Sus principales refugios fueron la isla de la Tortuga, al norte de La Española, y Port Royal, en Jamaica, ciudad que llegó a ser conocida como «la capital del pecado» del Caribe por su vida disipada y su próspero comercio de botines.

La hermandad se regía por una suerte de constitución no escrita. Los capitanes no eran impuestos por ninguna autoridad externa: eran elegidos democráticamente por la tripulación, y podían ser destituidos si perdían la confianza de sus hombres. Cada miembro tenía derecho a voto en las decisiones de la cofradía, y nadie estaba obligado a participar en una expedición contra su voluntad. No existían impuestos ni trabajos forzados; la libertad individual era un principio sagrado que se respetaba escrupulosamente.

Pero el aspecto más sorprendente de esta sociedad es su sistema de indemnizaciones, un auténtico precedente del seguro de accidentes. El libro del cirujano holandés Alexander O. Exquemelin, testigo presencial de la vida filibustera, describe con detalle las compensaciones estipuladas para quienes resultaban heridos o mutilados en combate:

  • Por la pérdida del brazo derecho: 600 pesos o seis esclavos.
  • Por la pérdida del brazo izquierdo: 500 pesos o cinco esclavos.
  • Por la pérdida de la pierna derecha: 500 pesos o cinco esclavos.
  • Por la pérdida de la pierna izquierda: 500 pesos o cinco esclavos.
  • Por la pérdida de un ojo: 100 pesos.
  • Por la pérdida de un dedo: 100 pesos.

Este sistema, único para su época, refleja una concepción de la solidaridad y la justicia interna que contrasta con la brutalidad de sus acciones contra los españoles. Como hicimos mención ya en nuestro artículo sobre Piratas: lobos del caribe venezolano, esta dualidad entre la crueldad hacia el enemigo y la lealtad hacia los hermanos de la cofradía es una de las claves para entender la complejidad del fenómeno filibustero.

La hermandad también se caracterizó por una tolerancia religiosa y nacional inusual para un siglo marcado por las guerras de religión. En sus filas convivían protestantes ingleses y holandeses, católicos franceses y españoles renegados, todos unidos por el objetivo común del botín. Las rivalidades entre sus países de origen quedaban suspendidas a bordo de sus naves y en sus refugios caribeños.

La estrategia militar del terror

El filibustero no era un simple pirata que abordaba barcos en alta mar. Su táctica preferida era la incursión anfibia: desembarcar en las costas, marchar hacia el interior y atacar por sorpresa las poblaciones indefensas. Esta modalidad de guerra les permitía saquear ciudades enteras, tomar rehenes y exigir rescates que a menudo superaban con creces lo que podrían obtener del asalto de un solo navío.

Para ello empleaban embarcaciones ligeras, rápidas y de poco calado —como piraguas y balandras— que les permitían navegar por aguas someras donde los grandes galeones españoles no podían seguirlos. Esta movilidad les confería una ventaja estratégica decisiva en un archipiélago como el caribeño, plagado de islas, islotes y ensenadas donde esconderse.

El armamento preferido del filibustero era el mosquete bucanero de cañón largo, un arma de fuego de gran precisión que superaba en alcance y puntería a los mosquetes estándar de la infantería española. Las crónicas de la época señalan que «los filibusteros apuntaban mejor que los castellanos», lo que les daba una ventaja considerable en los enfrentamientos terrestres. Complementaban su arsenal con sables, hachas y, en ocasiones, armas capturadas al enemigo.

La combinación de sorpresa, movilidad y potencia de fuego hacía de los filibusteros una fuerza temible para las guarniciones coloniales, que a menudo contaban con recursos limitados y soldados mal pagados. Las defensas costeras de Venezuela, aunque reforzadas a lo largo del siglo XVII, rara vez podían repeler un ataque filibustero bien organizado.

Abordaje corsario en las aguas del caribe. (p. 195) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0
Abordaje corsario en las aguas del caribe. (p. 195) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0

Peones de las coronas europeas

Sería ingenuo considerar a los filibusteros como actores independientes del gran juego político de la época. En realidad, fueron utilizados por las potencias europeas —Inglaterra, Francia y Holanda— como una suerte de ejército subsidiario para desgastar el monopolio comercial español en América. La estrategia era simple: mientras España se debilitaba economicamente por los constantes saqueos, sus rivales fortalecían su presencia en el Caribe sin necesidad de declarar una guerra abierta. Según Masía de Ros la practica filibustera fue una degradación de la piratería, con la decadencia de la Marina española tras la derrota de la «Armada Invencible» y desaparecido el imperio de Austria españoles ya no eran necesarios los esfuerzos destinados a la piratería y a la destrucción de la escuadra.

La línea entre el filibusterismo y el corso legítimo era con frecuencia difusa. Los gobernadores de Jamaica, la Tortuga y otras colonias europeas otorgaban patentes de corso a los capitanes filibusteros, convirtiéndolos en corsarios al servicio de sus respectivas coronas durante los períodos de guerra. Estas patentes les daban cobertura legal para atacar barcos y posesiones españolas, y les permitían vender el botín en puertos coloniales sin temor a ser procesados como piratas.

Un caso paradigmático es el de Henry Morgan, el más célebre de los filibusteros del Caribe. En 1670, el gobernador de Jamaica, Thomas Modyford, le otorgó una patente que le autorizaba a atacar los buques españoles y desembarcar en territorio enemigo. La escuadra de Morgan zarpó en agosto de ese año, apenas unas semanas después de la firma del Tratado de Madrid (18 de julio de 1670), que establecía la paz entre España e Inglaterra. El ataque resultante contra Panamá, en enero de 1671, provocó una crisis diplomática y la caída de Modyford, quien fue arrestado y enviado a Londres como chivo expiatorio.

Filibusteros que atacaron las costas venezolanas

El litoral venezolano, con sus ricas poblaciones y su posición estratégica en la ruta de los galeones, fue un objetivo recurrente para los filibusteros. Desde el lago de Maracaibo hasta las costas de Caracas, pasando por Cumaná, Margarita y Gibraltar, las incursiones dejaron una estela de destrucción y muerte que marcó profundamente la historia colonial de la región.

Entre las figuras más temidas que azotaron las costas venezolanas se encuentran:

  • Montbars el Exterminador: Un gentilhombre francés que, según las crónicas, se convirtió en filibustero tras presenciar las atrocidades de los españoles contra los indígenas. Su crueldad era legendaria. En 1667, al mando de novecientos sesenta filibusteros en quince embarcaciones, atacó el fuerte de la Barra y la ciudad de Maracaibo, sometiendo a sus habitantes a torturas espantosas para que revelaran el paradero de sus tesoros. Exquemelin escribió de él: «yo no conozco quien haya hecho más daño a los españoles que el joven Montbars, llamado el Exterminador».
  • L’Olonnais (Jean David Nau): Nacido en Francia hacia 1630-1636, este filibustero se hizo famoso por su ferocidad. En 1667, junto con Miguel el Vascongado, atacó Maracaibo y Gibraltar tras vencer la resistencia del fuerte de los Zaparas. Su crueldad con los prisioneros españoles fue tal que se convirtió en una figura de terror en todo el Caribe.
  • Henry Morgan: El más famoso de todos. En 1669 logró introducir sus naves en el lago de Maracaibo, sorprendiendo a la guarnición hispana. Atacó repetidamente Maracaibo y Gibraltar, obteniendo cuantiosos botines. Su expedición más audaz fue el saqueo de Panamá en 1671, pero su historial de ataques a Venezuela lo convierte en una figura central de este capítulo.
  • Michel de Grammont: Corsario francés que asaltó los puertos de La Guaira, Maracaibo y Gibraltar en el siglo XVII.
  • Capitán Amyas Preston: La historiografía venezolana ha establecido que fue este capitán, y no Francis Drake como se creyó durante mucho tiempo, quien saqueó Caracas en junio de 1595.
Ataque de una escuadra británica al puerto de La Guaira el día 2 de marzo de 1743. Grabado. Archivo General de Indias. Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (p. 198)
Ataque de una escuadra británica al puerto de La Guaira el día 2 de marzo de 1743. Grabado. Archivo General de Indias. Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (p. 198)

El fin de una era: diplomacia y catástrofe

El ocaso del filibusterismo no fue un acontecimiento súbito, sino el resultado de una combinación de cambios diplomáticos, militares y naturales. El Tratado de Madrid, firmado entre España e Inglaterra el 18 de julio de 1670, marcó un punto de inflexión. Mediante este acuerdo, España reconoció por primera vez la soberanía inglesa sobre Jamaica y otras posesiones en el Caribe, y ambas coronas se comprometieron a suprimir las actividades de los filibusteros en sus respectivos territorios.

Sin embargo, la aplicación del tratado fue lenta e incompleta. Los gobernadores coloniales, conscientes de la utilidad militar de los filibusteros, se resistían a desmantelar una fuerza que les había servido para debilitar a España. Fue necesario un segundo golpe diplomático: la Paz de Ryswick, firmada el 30 de septiembre de 1697 entre Francia, España, Inglaterra y Holanda. Este tratado puso fin a la Guerra de los Nueve Años y reconoció formalmente la soberanía francesa sobre la parte occidental de La Española, lo que eliminó uno de los principales refugios filibusteros. Una de sus cláusulas ordenaba explícitamente la supresión de las actividades de los filibusteros.

El último gran golpe militar del filibusterismo fue la toma de Cartagena de Indias en 1697, una expedición franco-filibustera que reunió a unos 650 filibusteros bajo el mando del gobernador Jean-Baptiste du Casse. Fue una victoria pírrica: poco después, la Paz de Ryswick cerró definitivamente el período de tolerancia hacia estas actividades.

Pero si la diplomacia selló el destino del filibusterismo, la naturaleza le asestó el golpe de gracia. El 7 de junio de 1692, un devastador terremoto destruyó Port Royal, la «capital del pecado» del Caribe. La ciudad, que albergaba a unos 6.500 habitantes entre taberneros, joyeros, artesanos y comerciantes, se hundió parcialmente en el mar. Las actividades comerciales y filibusteras se trasladaron a Kingston, y Port Royal nunca recuperó su antigua gloria. La destrucción de Port Royal fue interpretada por muchos contemporáneos como un castigo divino contra la ciudad más disoluta del imperio británico, y su simbolismo resonó durante generaciones.

Diseño y plantas de las barras y fuerzas de la laguna y ciudad de Maracaibo. 1701. Archivo General de Indias. Sevilla. CC-BY-NC-ND 4.0
Diseño y plantas de las barras y fuerzas de la laguna y ciudad de Maracaibo. 1701. Archivo General de Indias. Sevilla. CC-BY-NC-ND 4.0

El legado de los hombres del mar

La figura del filibustero ha sido objeto de un intenso proceso de mitificación y distorsión. La literatura y el cine, desde las novelas de Emilio Salgari hasta las superproducciones de Hollywood, fusionaron al filibustero con el pirata romántico, creando un arquetipo que poco tiene que ver con la realidad histórica. El filibustero no era un héroe rebelde que luchaba por la libertad de los mares; era un depredador que actuaba al servicio de intereses imperiales y cuyo objetivo principal era el enriquecimiento personal.

Sin embargo, sería un error reducir su impacto a la simple criminalidad. Los filibusteros desempeñaron un papel crucial en el debilitamiento del control español sobre el Nuevo Mundo. Sus incursiones forzaron a la Corona a destinar enormes recursos a la defensa de sus colonias, desviando fondos que podrían haberse invertido en el desarrollo económico de la metrópoli. Además, demostraron que el monopolio comercial español era vulnerable, y que otras potencias europeas podían establecerse en el Caribe sin necesidad de una conquista formal.

En el caso venezolano, el legado del filibusterismo es particularmente profundo. Las ciudades saqueadas —Maracaibo, Gibraltar, Caracas, La Guaira— tardaron décadas en recuperarse, y la amenaza constante de nuevas incursiones marcó el desarrollo urbano y militar de la región. Las fortalezas que hoy se conservan en el litoral venezolano, como el castillo de San Carlos de la Barra, son testimonio de la necesidad de defensa que el filibusterismo impuso a la sociedad colonial.

Hoy, cuando recorremos las costas del Caribe venezolano, es difícil imaginar el terror que aquellos hombres sembraron. Pero su historia, documentada en archivos y crónicas, nos recuerda que el mar fue escenario de una guerra sin cuartel por el control de las riquezas del Nuevo Mundo, y que en esa guerra, los filibusteros fueron mucho más que simples piratas: fueron el azote de un imperio y los protagonistas involuntarios de una transformación política que cambiaría el destino de América.

Fuentes oficiales

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
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Ani Garcia

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