Enclavada entre montañas y alejada de los grandes centros de poder colonial, Mérida vivió a finales del siglo XVIII una transformación silenciosa pero profunda. El Seminario de Mérida —conocido formalmente como Real Colegio Seminario de San Buenaventura— nació de la obstinación de un obispo franciscano que se negó a aceptar el aislamiento cultural de su diócesis. Lo que comenzó como una humilde Casa de Educación para jóvenes con vocación sacerdotal se convirtió, en apenas veinticinco años, en la semilla de la Universidad de Los Andes y en el epicentro del pensamiento ilustrado que prepararía el terreno para la independencia venezolana. Su historia es la crónica de cómo una institución nacida al calor de la fe se transformó en el motor intelectual de toda una región.
El vacío jesuita y la gestación de una Casa de Educación
Mérida se había consolidado como un centro de luces gracias a la labor del Colegio de los jesuitas, que desde 1628 había formado a generaciones de jóvenes andinos. La orden mantenía activas sus labores formativas en la ciudad, y su biblioteca —inventariada con esmero— era testimonio de un nivel intelectual notable para la época. Sin embargo, la expulsión de los jesuitas en 1767, decretada por el rey Carlos III, dejó un vacío educativo que las autoridades y el clero provincial intentaron llenar sin éxito.
El acta levantada con motivo de la expulsión revela la magnitud de lo que se perdía: en el aposento alto del colegio se encontró el mayor número de libros, con una mesa larga y estantes que evidenciaban el funcionamiento de una biblioteca organizada. Los inventarios clasificaron las obras en ocho categorías —Santos Padres, Teólogos, Filósofos, Moralistas, Legistas, Expositores, Históricos y Médicos—, sumando un total de 430 tomos y 103 autores. Los dominicos, herederos de casi todos los bienes jesuitas, poco hicieron por continuar esa tradición cultural, tal vez por falta de operarios.
La situación se agravó con la erección de la diócesis de Mérida en 1777 y el nombramiento en 1780 de fray Juan Ramos de Lora como primer obispo. Nacido en Los Palacios y Villafranca, Sevilla, el 23 de junio de 1722, Ramos de Lora era un franciscano con una trayectoria singular: había sido misionero en la Sierra Gorda de México durante dieciséis años y había acompañado al padre Junípero Serra en la expedición a California en 1767. Su experiencia como formador de misiones lo había preparado para comprender el valor estratégico de la educación.
La distancia como acicate: el diagnóstico del obispo
La enorme distancia que separaba a Mérida de las universidades más próximas, ubicadas en Caracas y Santa Fe de Bogotá, sumada al enorme gasto que representaba para los estudiantes trasladarse a esos centros, obligó al prelado a tomar una decisión trascendental. No se trataba solo de formar sacerdotes: se trataba de retener el talento joven en una región que se estaba quedando sin élite intelectual.
El 29 de marzo de 1785, Ramos de Lora fundó una Casa de Educación destinada a los jóvenes inclinados a seguir el estado eclesiástico. Allí se enseñaría lengua latina y materias morales, hasta que se practiquen las diligencias competentes a que se establezca y funde el Seminario Colegio… que dispone el Santo Concilio de Trento.
La fundación del Seminario y la consolidación institucional
A su costa, el obispo pagaba un preceptor de Latín y otro de Teología, y ofrecía protección a muchos estudiantes pobres. En 1785 redactó las primeras constituciones del Colegio, y en 1789, cuando ya concurrían 42 colegiales, decidió fabricar un edificio de dos plantas cerca de la Plaza Mayor, pues el antiguo convento de los franciscanos, donde funcionaba el Colegio, se hallaba deteriorado por los temblores de tierra.
Dos años después de su fundación, la Casa de Educación fue convertida en Seminario Tridentino. El 20 de marzo de 1789, la Corte aprobó todas las actividades del prelado y concedió al Colegio el título de Real Seminario de San Buenaventura, afiliándolo a la Universidad de Caracas para los efectos de los grados académicos. El 1º de noviembre de 1785, se dedicó aquel retoño formativo al insigne Doctor de la Iglesia San Buenaventura.

Un obispo formador de formadores
La figura de Ramos de Lora trasciende el simple papel de fundador. Su preocupación por la formación lo llevó a solicitar el envío de sacerdotes con títulos universitarios, pensando desde el comienzo en convertir la naciente obra en universidad. Falleció en Mérida el 9 de noviembre de 1790, a los 68 años, cargado de achaques producto de su entrega como misionero. Su legado, sin embargo, estaba apenas comenzando.
El florecimiento académico bajo el Real Colegio Seminario
Tras la muerte del fundador, el Seminario continuó enriqueciendo su patrimonio cultural. En 1793 se erigieron las cátedras de Prima y Vísperas de Teología; dos años más tarde, la antigua cátedra de Gramática se dividió en Mayores y Elocuencia y Menores. Además, se reinstaló la cátedra de Teología moral y se fundaron las de Derecho civil y Derecho canónico, y luego se erigió la cátedra de Medicina.
Un documento del año 1794 indica que los estudiantes internos recibían diariamente veinte onzas de pan, doce de carne, siendo salada, y cuando se consigue fresca (que es rara vez), diez y seis onzas, cuatro onzas de papelón dulce, dos libras y media de chocolate por mes…, y tres reales de velas al mes. A los catedráticos, por su trabajo docente, se les suministraba todos los días medio real de pan, medio real de carne…, un millar de chocolate por mes, ocho reales de velas y cuatro reales de conserva. Y como sueldos, tenían asignados 50 pesos anuales el lector de Teología, 125 el de Latinidad y otros 125 el de Filosofía.
La biblioteca: un tesoro ilustrado en los Andes
El Seminario de San Buenaventura poseyó una magnífica biblioteca: en el inventario de 1791 figuraban 488 libros empastados y más de 3.146 en pergamino, lo que hace un total de 3.634 obras. Que una ciudad como Mérida, enclavada en la zona andina y en un punto bastante alejado de Caracas, tuviera un material bibliográfico tan rico, significa que los estudios superiores habían alcanzado niveles bastante altos en el siglo XVIII venezolano.
En efecto, en el seminario merideño se leyó y discutió el pensamiento filosófico moderno expuesto por Descartes, Newton, Leibniz y Malebranche. Prueba de ello es que la cátedra de Filosofía adoptó como textos obligatorios para la enseñanza las Institutiones Filosóficas de Jacquier y las obras de Almeida, Tosca, Bossuet y el Lugdunensis.

Una institución formadora de élites
El Seminario de San Buenaventura de Mérida fue fundado para formar las elites que mantendrían el control del poder colonial, los privilegios y el prestigio en la sociedad del Antiguo Régimen. Un análisis prosopográfico de sus docentes y colegiales revela el rol protagónico que tuvieron durante el período 1782-1810 en la vida académica y administrativa de la región.
Este carácter elitista no debe interpretarse como un defecto, sino como una característica de la época. Los seminarios coloniales eran instituciones diseñadas para reproducir las jerarquías sociales, pero también —y esto es lo crucial— para formar a los cuadros que luego liderarían los procesos de transformación política. Muchos de los firmantes del acta de independencia de Mérida y de la posterior incorporación de la provincia a la causa republicana salieron de las aulas del Seminario.
La ruta hacia la universidad: gestiones y frustraciones
Innumerables fueron las gestiones para que el Seminario de San Buenaventura se transformara en «real y pontificia universidad». El 18 de marzo de 1800, el gobernador Fernando Miyares solicitó el Seminario o Universidad para Maracaibo, lo que desató un conflicto entre las élites de ambas ciudades que se prolongaría por años. Las actas del Claustro Pleno de la Universidad de Caracas (1801-1804) reflejan las dificultades para establecer una universidad en Mérida y la continuidad del Seminario como institución educativa.
Finalmente, la Real Cédula de Carlos IV del 18 de junio de 1806 negó la propuesta de convertir en Universidad al Seminario, pero autorizó su fomento con nuevas rentas para mejorar su situación académico-administrativa y conferir grados mayores y menores. En 1806, la facultad de conferir grados menores y mayores en Filosofía, Teología y Cánones fue concedida, y no en derecho civil –dice la Cédula Real–, teniendo su valor como si fueran recibidos en esa universidad (de Caracas) o la de Santa Fe (de Bogotá). Los primeros títulos importantes se otorgaron en 1808.
La reforma de Hernández Milanés
Un nuevo impulso llegó con las Constituciones dadas por el obispo Santiago Hernández Milanés el 27 de octubre de 1803, destinadas a que el Seminario sirviera para la formación de jóvenes que han de ser en adelante dignos ministros del Altar, y útiles operarios de la Viña del Señor. Estas reformas buscaban adaptar la institución a las necesidades de una diócesis en crecimiento, que requería no solo curas sino también líderes sociales con formación sólida.
De Seminario a Universidad: el parto de la República
La vieja aspiración de los merideños cristalizó el 21 de septiembre de 1810 cuando la Junta Superior que gobernaba en Mérida le otorgó al Seminario el ansiado título de «Real Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros». Este acto, ocurrido apenas cinco meses después de los sucesos del 19 de abril de 1810 en Caracas, marcó el inicio de una nueva era para la educación superior en el país. Fue la segunda universidad del país en crearse, en orden cronológico.
El contexto no podía ser más simbólico: la misma élite que se había formado en las aulas del Seminario —leyendo a los filósofos modernos, discutiendo las ideas de la Ilustración— era la que ahora tomaba las riendas del poder político y fundaba una universidad republicana.
Los avatares de la Independencia
Sin embargo, el camino no fue sencillo. El 26 de marzo de 1812, un terremoto destruyó gran parte de Mérida, incluyendo el edificio del Seminario-Universidad. Al año siguiente, la institución fue trasladada a Maracaibo, donde comenzó a funcionar en 1815 solo como Seminario. Las élites de Maracaibo, que desde finales del siglo XVIII habían disputado con Mérida la sede del Obispado y sus instituciones anexas, aprovecharon el conflicto independentista para obtener la sede provisional.
En 1821, el Seminario-Universidad retornó a Mérida. En 1824 se le dio la denominación de Academia de Mérida, aunque se impuso el nombre de Universidad de Mérida. En 1832, el gobierno nacional ordenó la redacción de los primeros estatutos, con lo cual Seminario y Universidad quedaron separados, aunque siguieron funcionando en el mismo edificio.
El legado de una institución bisagra
La historia del Seminario de Mérida es la historia de una institución bisagra, que conectó el mundo colonial con el republicano, la fe con la razón ilustrada, la periferia con los centros de poder. No fue una institución perfecta: su carácter elitista y confesional reflejaba las limitaciones de su tiempo. Pero fue, sin duda, el motor cultural más importante de los Andes venezolanos durante el siglo XVIII y principios del XIX.
El 21 de septiembre de 1872, el presidente Antonio Guzmán Blanco decretó la extinción de los Seminarios en todo el territorio venezolano y la entrega de sus bienes a las escuelas de artes y oficios. Al entregar el Seminario en 1875, la Universidad de Mérida tuvo que desalojar el edificio, pero en 1877 el gobierno del General Francisco Linares Alcántara ordenó su retorno a la antigua sede. El 24 de septiembre de 1883, el gobierno le cambió el título a la Universidad de Mérida por el de Universidad de Los Andes.
Hoy, la Universidad de Los Andes es una de las principales instituciones de educación superior de Venezuela, con doce facultades y presencia en varios estados andinos. Pero su ADN sigue siendo el de aquel Seminario fundado por un obispo franciscano que creyó que la distancia no era excusa para la ignorancia. En sus aulas se formaron los hombres que soñaron la independencia y construyeron la República. Y en sus libros —aquellos 3.634 volúmenes que asombraron a los inventariadores de 1791— se conserva la memoria de una época en que la educación era, literalmente, un acto de fe en el porvenir.
La historia del Seminario de Mérida nos recuerda que las instituciones educativas no son solo edificios y programas: son proyectos de sociedad. En un rincón apartado del imperio español, un puñado de hombres decidió que el futuro de su tierra dependía de la formación de sus jóvenes. Doscientos cuarenta años después, esa apuesta sigue dando frutos.
Fuentes Oficiales
- Ramírez Méndez, L. A. (2012). La formación de la élite en el Real Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros. 1782-1810. Procesos Históricos, (21), 149-162. Universidad de Los Andes. Redalyc.
- Meza, R. (2015). El Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida en el contexto de la dominación colonial española. Boletín del Archivo Histórico, Año 14 (25). Universidad de Los Andes.
- Meza, R. (2015). El Colegio Seminario de San Buenaventura se traslada a Maracaibo con el nombre de Real Colegio Seminario de San Fernando (1813-1821). Boletín del Archivo Histórico, Año 14 (25). Universidad de Los Andes.
- La expulsión de los jesuitas y la biblioteca del colegio. Boletín del Archivo Histórico, Año 14 (26). Universidad de Los Andes.
- Artigas Dugarte, Y. (2012). Aspectos religiosos, educativos y culturales de la Mérida dieciochesca. Actual Investigación, (71), 63-80. Universidad de Los Andes.
- Ministerio del Poder Popular para la Educación Universitaria – Reseña histórica de la Universidad de Los Andes
- Real Academia de la Historia – Juan Ramos de Lora
- Academia Nacional de la Historia
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela – BibloFEP
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 229 – 230).
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