En el corazón de la Caracas del siglo XVIII, entre calles empedradas y casas de tapias y tejas, un puñado de visionarios desafió las limitaciones de su tiempo para sembrar las primeras semillas de la educación formal. No fueron solo iglesias o conventos: fueron colegios, espacios concebidos para formar a las nuevas generaciones en un mundo que empezaba a intuir la necesidad de la razón y la ciencia. La historia de los primeros colegios de Caracas es un relato de donaciones piadosas, litigios burocráticos, maestros artesanos y sueños de ilustración que, a pesar de los reveses, marcaron el rumbo de la sociedad venezolana.
El Colegio de Niñas “Jesús, María y José”
A finales del siglo XVII, la educación femenina en Caracas era prácticamente inexistente para las niñas pobres y desamparadas. El obispo Diego de Baños y Sotomayor vislumbró la necesidad de crear un recinto donde estas niñas pudieran recibir instrucción y protección. Sin embargo, su proyecto original, amparado por las Reales Cédulas de 20 de junio de 1694 y 27 de septiembre de 1699, se vio truncado por la epidemia de viruelas que asoló la provincia y por su posterior fallecimiento. Las casas que había comprado para tal fin fueron vendidas por el Cabildo catedralicio, y la idea pareció desvanecerse en el olvido.

Obispo Diego de Baños y Sotomayor. Autor Anónimo, c. 1706. Colección Palacio Arzobispal. Caracas. CC-BY-NC-ND 4.0
La perseverancia de Josefa de Ponte y Liendo
No fue sino hasta 1754 cuando doña Josefa de Ponte y Liendo, una dama de la élite caraqueña, retomó la iniciativa. Ofreció donar una hacienda y trapiche en el valle de Tocorón, valorados en 200.000 pesos, para financiar la obra. Su exigencia era clara: el Cabildo debía entregar las propiedades que el obispo Baños había destinado originalmente al colegio. Las autoridades eclesiásticas se negaron, argumentando que la venta había ocurrido hacía más de cincuenta años. Se inició entonces un largo litigio que llegó hasta el Consejo de Indias.
El tesón de Simón Marciano Malpica
Mientras el pleito avanzaba, el presbítero Simón Marciano Malpica, tesorero de la catedral de Caracas, tomó la iniciativa en 1768. Con el título de “Jesús, María y José”, fundó un colegio destinado a recoger a niñas pobres, huérfanas, ociosas y desamparadas, así blancas, como de color moreno, con edades comprendidas entre los 6 y 25 años. El colegio se instaló en una casa propiedad de Malpica, situada en el centro de la ciudad, a una cuadra de la iglesia catedral, en la calle Real de la Santísima Trinidad. La casa, descrita como de “tapias y rafas, cubierta de tejas, y de buena madera”, contaba con una proporcionada distribución de salas para dormitorios, oficinas para telares de lienzo y algodón y una cocina con horno, estanque de agua limpia, piedras de moler y un corral para gallinas. Allí, dos maestras se encargaban de la enseñanza de las veinticuatro alumnas y ejercían los oficios de presidenta y vicepresidenta del colegio.
La generosidad de Malpica no se detuvo en la casa: también donó catorce casillas, valuadas en 19.000 pesos, cuyos alquileres producían 610 pesos anuales. A pesar de ello, el Consejo de Indias consideró que estos fondos eran insuficientes y ordenó al obispo que procurara que Josefa de Ponte cediera sus propiedades en beneficio de la institución. No fue sino hasta 1776, tras el fallecimiento de ambos personajes, cuando el Tribunal eclesiástico mandó entregar todos los bienes dejados por ellos en favor del colegio erigido por Malpica.
El Colegio de los Jesuitas: un ambicioso proyecto educativo
La presencia de la Compañía de Jesús en Caracas no fue un hecho improvisado. Desde comienzos del siglo XVIII, los jesuitas habían intentado establecerse en la provincia con el propósito de fundar un colegio donde formar a las élites criollas y a los futuros sacerdotes. No obstante, las autorizaciones reales tardaron en llegar. No fue sino hasta la Real Cédula de 20 de diciembre de 1752 cuando la Corona otorgó el permiso para erigir el Colegio en el sitio y fábrica que antes se había destinado a las monjas carmelitas, en Santa Rosalía. Para esa fecha, las haciendas de la Compañía de Jesús en el valle de Caracas se computaban en 77.208 pesos, una suma considerable que demuestra la sólida base económica con la que contaban los religiosos para sostener una empresa educativa de largo aliento.
Sin embargo, el entusiasmo inicial pronto se topó con la realidad material. El edificio abandonado por las monjas carmelitas no era apropiado para instalar la casa de enseñanza. Las autoridades lo describieron como un lugar salvaje e insalubre, impropio para la formación de jóvenes. Se pensó entonces en levantar un nuevo edificio de nueva planta. El sitio elegido fue estratégico: en la segunda cuadra que sube de Catedral al Panteón (antigua iglesia de la Trinidad). Es decir, a mano derecha, subiendo de Veroes a Jesuitas. La construcción comenzó en 1760 bajo la dirección del arquitecto Miguel Schlesinger. En la obra participaron también los albañiles José Leonardo Mayer, Leandro Fuenmayor, Nicolás de Ponte y Juan Domingo de Sacramento, junto al maestro mayor de carpintería Santiago de Rojas. Aquel despliegue de mano de obra especializada revela que no se trataba de una capilla improvisada, sino de un complejo pensado para durar.
La misión educadora de los jesuitas en Caracas dejó pocos testimonios documentales. Se asegura que el Colegio, amplio y cómodo, funcionaba con dos cátedras y dos maestros de latinidad. Esta estructura, modesta en apariencia, era coherente con el modelo educativo de la Compañía: formación en gramática, retórica y filosofía, con fuerte énfasis en las humanidades clásicas y en la doctrina cristiana. El objetivo no era solo instruir, sino moldear el carácter y la moral de una élite llamada a gobernar los destinos de la provincia. En una ciudad donde la educación formal era escasa y privilegio de pocos, la apertura de un colegio jesuita representaba una promesa de modernidad y de prestigio intelectual.
El proyecto, sin embargo, quedó truncado antes de alcanzar su plenitud. La expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 interrumpió abruptamente aquel sueño educativo. Los jesuitas fueron apresados y deportados, y sus bienes confiscados por la Corona. El edificio que habían comenzado a levantar quedó huérfano de sus fundadores, y la ciudad perdió no solo a sus maestros, sino también la oportunidad de consolidar un centro de estudios superiores bajo su tutela. Aun así, la semilla estaba sembrada: el Colegio de los Jesuitas fue el más ambicioso intento educativo de la Caracas colonial, y su memoria inspiraría, décadas más tarde, los proyectos de ilustración que buscaron llenar el vacío dejado por su partida.
La expulsión y el destino del colegio
El ocaso de la Compañía de Jesús en Caracas no fue un simple acto administrativo; fue un golpe sísmico para el incipiente sistema educativo colonial. En 1767, la Pragmática Sanción de Carlos III desató una operación de fuerza. Los jesuitas de Caracas, siete en total, fueron apresados en la madrugada, leídos el decreto de extrañamiento y despachados a La Guaira bajo custodia militar. Sus bienes fueron inventariados y confiscados por la Corona, dejando un vacío de poder intelectual y espiritual en la provincia.
Al año siguiente, en 1768, la élite criolla intentó capitalizar ese vacío. Algunos miembros del Cabildo propusieron destinar los bienes confiscados a la fundación de un colegio de nobles, un proyecto ambicioso que buscaba enseñar ciencias naturales y matemáticas, disciplinas consideradas más dignas, útiles y provechosas para la formación de una élite ilustrada. Sin embargo, esta visión elitista chocó con la férrea oposición de Manuel Suárez de Urbina, síndico general del Ayuntamiento. Para él, la prioridad absoluta no era formar filósofos o matemáticos, sino dotar a la ciudad de una escuela pública para niños blancos, una clase de gramática latina y una cátedra de matemáticas. Su pragmatismo se impuso.
Triunfó el proyecto del síndico, y en la antigua casa del colegio de la Compañía de Jesús se instalaron la escuela y la preceptoría de Gramática, dirigidas por el maestro Guillermo Pelgrom. La anhelada cátedra de Matemáticas, sin embargo, quedó en el limbo. Años más tarde, el Real Consulado, la Universidad y el Ayuntamiento proyectaron establecerla, pero las gestiones no alcanzaron resultados positivos.
Este fracaso no fue casual. Reflejaba las tensiones de una sociedad colonial que, aunque empezaba a coquetear con las luces de la Ilustración, seguía atrapada en las prioridades de un orden estamental y burocrático. La semilla de la ciencia moderna quedó plantada, pero su germinación tendría que esperar a tiempos más convulsos.

Carlos III. Museo Nacional de Historia. Bogotá. CC-BY-NC-ND 4.0
El legado de una época
La historia de los primeros colegios de Caracas no es solo un registro de fechas y fundaciones. Es el testimonio de una sociedad que, a pesar de sus contradicciones y limitaciones, comprendió que la educación era el vehículo para trascender. Las donaciones de Josefa de Ponte y Liendo y de Simón Marciano Malpica, el esfuerzo de los jesuitas por construir un espacio de saber, y la tenacidad de maestros como Guillermo Pelgrom, sentaron las bases de un sistema educativo que, con el tiempo, se convertiría en pilar fundamental de la nación. En aquellas aulas de tapias y tejas se formaron no solo a las niñas desamparadas y a los hijos de la élite, sino también el germen de una conciencia ilustrada que, décadas más tarde, inspiraría los movimientos emancipadores. La semilla estaba sembrada.
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia (Venezuela): https://www.anhvenezuela.org.ve/
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela – BiblioFEP: https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: https://www.cervantesvirtual.com/
- Redalyc: https://www.redalyc.org/
- Red Historia Venezuela: https://redhistoriave.org/
- Dialnet (Universidad de la Rioja) – Tiempo y Espacio: https://dialnet.unirioja.es/
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 231-233).
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