
La ciudad que hoy conocemos como Ciudad Bolivia, capital del municipio Pedraza en el estado Barinas, guarda en su nombre una doble memoria: la del colono español que da nombre a la nación y la de un topónimo colonial que el tiempo no ha logrado borrar. Pero pocos saben que tras ese nombre —Nuestra Señora de Pedraza— se oculta la acción de un teniente de gobernador que, en los últimos días de 1591, decidió plantar un poblado en las estribaciones andinas, en tierra de indios jiraharas y de horizontes abiertos hacia los llanos. Ese hombre fue Antonio de Monsalve, un conquistador y encomendero cuya biografía, apenas esbozada por las crónicas, merece ser rescatada del olvido para entender cómo se fue tejiendo, pueblo a pueblo, la geografía humana del piedemonte barinés. Lo que sigue es un viaje a esa fundación, a sus mudanzas y a su extraña persistencia, porque en la historia de esta ciudad —destruida, refundada, renombrada— se refleja, en miniatura, la propia aventura de la colonización en los llanos occidentales.
Antonio de Monsalve: orígenes y trayectoria en la conquista de Mérida
La información biográfica disponible sobre Antonio de Monsalve es fragmentaria, como suele ocurrir con los protagonistas de la conquista y colonización temprana de Venezuela. Las fuentes lo identifican como uno de los primeros conquistadores de Mérida, figura activa en el proceso de ocupación y distribución de tierras que siguió a la fundación de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida en 1558.
Monsalve formó parte del reducido grupo de encomenderos y capitanes que, a finales del siglo XVI, emprendieron la expansión desde el valle de Mérida hacia las tierras bajas del piedemonte andino. Su condición de teniente de gobernador en Altamira de Cáceres —la ciudad fundada en 1577 que luego se convertiría en Barinas— lo colocaba en una posición de autoridad regional clave para la política de poblamiento de la Corona.
Los registros de repartimientos de tierras de la época consignan que Antonio de Monsalve recibió, para sus hijos Felipe, Diego y Francisco de Monsalve, dos estancias —una de pan y otra de ganado— en Mocobabás, dentro de las tierras de su encomienda, en un área que limitaba con propiedades del capitán Pedro García de Gaviria. Este dato revela no solo su condición de encomendero con indios a su cargo, sino también su integración en la red de alianzas y parentescos que articulaba a la elite colonial merideña.
La presencia del apellido Monsalve en la región andina venezolana se prolongaría más allá de la vida del fundador. El propio Antonio de Monsalve aparece mencionado como regidor en documentos de la época, lo que indica su participación activa en el cabildo y en la vida política de la provincia. Su hijo Diego de Monsalve continuaría la estirpe, figurando como capitán y vecino de la región.
La fundación de Nuestra Señora de Pedraza: diciembre de 1591
El acto fundacional de Nuestra Señora de Pedraza se inscribe en una política más amplia de la Corona española por consolidar su presencia en los llanos occidentales, una región que comenzaba a perfilarse como espacio estratégico para la ganadería, el comercio y la articulación territorial entre los Andes y la cuenca del Orinoco.
La fecha y las circunstancias de la fundación
Las fuentes documentales y la historiografía especializada coinciden en señalar diciembre de 1591 como el momento de la fundación de Nuestra Señora de Pedraza por Antonio de Monsalve. Sin embargo, la precisión cronológica admite matices: para el 8 de mayo de 1592, la ciudad ya estaba formalmente fundada, según consta en un poder otorgado ante la Real Audiencia de Santa Fe por los vecinos y el Cabildo de Mérida. Ese documento de 1592 es la primera constancia oficial indiscutible de la existencia del poblado.
La fundación no fue un acto aislado, sino que respondió a una orden del gobernador y a la necesidad de establecer un punto de descanso y abastecimiento en la larga y penosa travesía que separaba a Mérida de Altamira de Cáceres (Barinas). La ubicación escogida —en las faldas del piedemonte andino, a orillas del río Canaguá, a 180 metros de altitud— ofrecía condiciones favorables para el asentamiento: tierras fértiles, agua abundante y una posición intermedia que facilitaba la comunicación entre la cordillera y los llanos.
Cabe señalar que existe una discrepancia en la historiografía respecto al fundador. Mientras que el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar atribuye la fundación a Antonio de Monsalve, otras fuentes mencionan al capitán Gonzalo de Piña Ludueña como el ejecutor material de la empresa, actuando por orden del gobernador Antonio González. Esta dualidad puede explicarse por la complejidad de los procesos fundacionales en la América colonial, donde varios capitanes, tenientes y autoridades participaban en diferentes etapas del proceso, y por la posible confusión entre la fundación inicial y refundaciones posteriores.
La advocación mariana y el nombre de la ciudad
El nombre de Nuestra Señora de Pedraza combina la devoción mariana, central en la legitimación religiosa de los actos fundacionales, con el topónimo “Pedraza”, que remite al lugar de origen del gobernador Antonio González, quien habría impulsado la empresa desde el Reino de Granada. La elección de una advocación mariana no era casual: la Virgen actuaba como símbolo de protección y orden en la frontera colonial, y su nombre quedaba inscrito en el imaginario colectivo de la nueva comunidad.
La tradición local añade un elemento adicional: la villa fue construida “sobre una roca, en la superficie de una piedra inmensa”, circunstancia que habría motivado, según algunas versiones, la elección del apelativo “Pedraza”. Más allá de la veracidad de este detalle, la imagen de la ciudad asentada sobre la piedra refuerza el carácter simbólico y duradero del acto fundacional.
Los avatares de Pedraza: destrucciones, mudanzas y persistencia
La historia de Nuestra Señora de Pedraza en los siglos coloniales es la de una lucha constante por la supervivencia. El asentamiento original, ubicado en lo que hoy se conoce como Montañas de Santa Bárbara, fue destruido en varias ocasiones por los indios jiraharas, grupo indígena que resistió tenazmente el avancé colonial en la región.
Los traslados y refundaciones
La ciudad fue mudada al sitio de Los Mogotes en 1616. En 1649 fue refundada bajo la denominación “Nuestra Señora de Altagracia de Pedraza Ticoporo” en el lugar conocido como Palmasola, aunque este asentamiento tampoco resultó definitivo. Cinco mudanzas sufrió la población a lo largo de su historia: cuatro de ellas provocadas por los ataques de los aborígenes, y una quinta, ya en el siglo XIX, motivada por una epidemia de “calentura” que diezmó a más de la mitad de los habitantes.
Según el Consejo Legislativo del Estado Barinas, “cuatro de ellas por ataques de los aborígenes Jirajaras que pretendían desplazarlos de sus tierras de esta manera y la quinta y última vez los atacó una enfermedad llamada calentura la cual acabó con más de la mitad de la población lo que motivó la migración”.
Cada traslado implicaba no solo el desplazamiento físico de la población, sino también la reconstrucción de la vida comunitaria —iglesia, cabildo, viviendas— y la redefinición de los límites jurisdiccionales. A pesar de estas dificultades, Pedraza logró mantener su condición de núcleo urbano y su función articuladora en la red de poblaciones de la región.
Pedraza en la economía colonial
Durante los siglos XVII y XVIII, Pedraza se consolidó como un punto de partida y llegada para las mercancías que transitaban entre el piedemonte andino y la cuenca del Orinoco por la vía fluvial Orinoco-Apure y los caminos de montaña. Los principales productos que salían por Pedraza eran tabaco, cacao, cueros, maderas y ganado, lo que evidencia la temprana orientación ganadera y agroexportadora de la región.
En 1611, los vecinos elevaron una súplica al Rey, pidiendo que se les permitiera hacer entradas en el territorio del Apure con el fin de obtener ganado cimarrón con el que fundar hatos. Esta petición revela la creciente importancia de la ganadería como actividad económica y la necesidad de expandir la frontera productiva hacia los llanos.
En 1786, la ciudad contaba con 919 habitantes, una cifra modesta pero significativa para los estándares de la época, que refleja una recuperación demográfica tras los avatares de los siglos anteriores.
De Nuestra Señora de Pedraza a Ciudad Bolivia (1864)
El cambio de nombre de la ciudad, ocurrido en 1864, responde a un proceso más amplio de resignificación republicana del espacio y la historia venezolana. En el contexto de la consolidación del Estado federal y la independencia de Venezuela, muchas poblaciones coloniales fueron renombradas para borrar su pasado monárquico y adoptar una nueva identidad patriótica.
La elección del nombre “Ciudad Bolivia” —en honor al Libertador— buscaba, por un lado, rendir homenaje al héroe máximo de la independencia y, por otro, integrar simbólicamente a la región en el proyecto nacional que emergía de las guerras de emancipación. No obstante, los habitantes continuaron llamándola Pedraza, en un gesto de persistencia de la memoria local que ha mantenido vivo el nombre original hasta la actualidad.
El municipio que tiene como capital a Ciudad Bolivia adoptó, precisamente, el nombre de Pedraza para honrar su herencia colonial y distinguirse de otras entidades con el mismo nombre. Esta dualidad —Ciudad Bolivia para la capital, Pedraza para el municipio— refleja las tensiones entre la historia colonial y la construcción republicana que caracterizan a muchas localidades venezolanas.
Antonio de Monsalve: memoria y legado
La historia oficial suele reservar sus reflectores para los grandes capitanes y los virreyes, pero deja en la penumbra a los tenientes que, con menos recursos y mayor riesgo, clavaron la estaca fundacional en tierras hostiles. Antonio de Monsalve pertenece a esa estirpe de hombres que la crónica menciona de paso y que el archivo guarda en legajos polvorientos, pero cuya huella, paradójicamente, es más duradera que la de muchos próceres de bronce. El debate sobre si fue él o el capitán Piña Ludueña quien ejecutó materialmente el acta de fundación —una acta que los documentos coloniales no terminan de zanjar— resulta, a la larga, estéril frente a un hecho incontestable: fue la voluntad de Monsalve, como teniente de gobernador, la que puso en marcha el poblamiento del piedemonte barinés en aquellos días de diciembre de 1591.
Lo que realmente importa no es el nombre que encabeza el acta notarial, sino la voluntad de permanencia que aquel puñado de españoles, indios encomendados y mestizos anónimos sembró en las riberas del Canaguá. Esa voluntad es la que explica que, pese a las cinco mudanzas forzadas —cuatro por la flecha jirahara y una por la fiebre que diezmó a la mitad de la población—, la ciudad no desapareciera del mapa. Cada traslado fue un acto de resistencia colectiva; cada reconstrucción, una afirmación del arraigo. Y ese arraigo, en sus orígenes, llevaba el sello de Antonio de Monsalve.
Hoy, Ciudad Bolivia conserva, bajo el asfalto y el cemento, la memoria viva de aquel poblado colonial. Los llaneros que transitan por sus calles quizá no sepan que caminan sobre el mismo suelo que pisó Monsalve, ni que el nombre de Pedraza —que ellos mismos siguen usando en el habla cotidiana, desafiando los decretos republicanos— es un homenaje involuntario al lugar de origen del gobernador que impulsó la empresa. El apellido Monsalve no figura en las placas de la plaza Bolívar ni en los nombres de las avenidas, pero su legado no está en el bronce: está en la persistencia misma de la comunidad, en la iglesia que se alza frente a la plaza, en el rumor del río que aún riega las mismas tierras y en el hecho innegable de que, cinco siglos después, haya seres humanos viviendo y soñando donde él un día decidió plantar la cruz, el cabildo y el nombre de Nuestra Señora.
Pedraza, pues, no es solo un topónimo en el mapa del estado Barinas; es un verbo conjugado en pretérito perfecto: el de fundar, caer, levantarse y seguir. Y ese verbo, en su primera persona del singular, lleva la firma de Antonio de Monsalve, el teniente de gobernador que la historiografía académica ha tratado con justicia pero sin pasión, y que estas lineas han querido rescatar del olvido para devolverle, aunque sea a destiempo, el lugar que le corresponde en la memoria historiografíca de Venezuela.
Fuentes Oficiales
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela: “Ciudad Bolivia”
- Consejo Legislativo del Estado Barinas – Municipio Pedraza
- Ministerio de Ciencia y Tecnología – Biblioteca Digital
- Archivo del Libertador – Documentos históricos
Fuentes Académicas
- Quintero L., Gilberto. “Tenientes, Justicias Mayores y Corregidores en la Mérida colonial”. Presente y Pasado. Revista de Historia, Año 18, Nº 35, 2013, pp. 45-70.
- Dialnet – “Asentamientos humanos y organización del espacio en los llanos occidentales de Venezuela”
- Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales “Ezequiel Zamora” (UNELLEZ) – Revista de Historia
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
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