
El 22 de junio de 1531, una flotilla de cuatro navíos al mando del comendador Diego de Ordaz surcó las aguas del delta del Orinoco e inició la remontada de uno de los sistemas fluviales más colosales del planeta. Aquel día, Ordaz se convertía en el primer europeo en penetrar y explorar el Orinoco en casi toda su extensión, una hazaña que, sin embargo, permanece hoy ensombrecida por el mito de El Dorado que la motivó y por la trágica muerte que aguardaba a su capitán. La expedición de Ordaz no fue una simple incursión en busca de oro: fue el intento más ambicioso de la Corona española por cartografiar las entrañas de un territorio que los cronistas llamaban «tierra que se tiene por muy rica» y cuyos pueblos originarios —caribes, otomacos, waraos— habitaban las riberas del río mucho antes de que los europeos sospecharan siquiera su existencia.
Lo que distingue a la empresa de Ordaz de otras expediciones de la época es su doble carácter: fue, a la vez, una misión de reconocimiento geográfico con precisión cartográfica y una búsqueda casi obsesiva de riquezas fabulosas que nunca aparecieron. El fracaso en este último objetivo no debe ocultar, sin embargo, el legado perdurable de su travesía: Ordaz incorporó el Orinoco y la región de Guayana al territorio colonial hispano, les consagró un nombre tomado de la voz indígena local y dejó el primer registro sistemático del río que durante siglos alimentaría la cartografía europea.
Los años formativos de un conquistador indomable
Diego de Ordaz —cuyo apellido aparece también como Ordás u Ordax en las fuentes— nació hacia 1480 en Castroverde de Campos, provincia de Zamora, hijo de Lope (o Alonso) de Ordaz y de Inés Girón. Poco se sabe de su juventud en la península, pero hacia 1509 ya se encontraba en las Indias acompañando al gobernador Alonso de Ojeda en su frustrado viaje por el territorio de Urabá, en la actual Colombia. Aquella expedición resultó desastrosa: en febrero de 1510, en el poblado de Turbaco, los indígenas atacaron a los españoles y el célebre cartógrafo Juan de la Cosa cayó herido de muerte por un dardo envenenado, junto con setenta de los trescientos hombres que viajaban con Ojeda. Ordaz, herido en una pierna, logró refugiarse en una choza y, antes de que Juan de la Cosa expirara, este le pidió que, aun a costa de su vida, intentara avisar a Ojeda del desastre.
Este episodio forjó el temple del joven conquistador. Un año después, Ordaz se enroló con Diego Velázquez en la conquista y pacificación de Cuba (1511), ya no como soldado bisoño sino como capitán experimentado en la lucha contra los indígenas. En Cuba coincidió con hombres que compartirían su destino en las décadas siguientes: Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Bernal Díaz del Castillo e incluso Bartolomé de las Casas, quien aún no había descubierto su vocación de defensor de los indios.
El ascenso al Popocatépetl y la fama
En 1518, Ordaz participó en la expedición de Juan de Grijalba que costeó la península de Yucatán, y al año siguiente se unió a la expedición de Hernán Cortés para la conquista de México. Allí protagonizó una de las hazañas más recordadas de su vida: el primer ascenso europeo al volcán Popocatépetl, que en aquel momento se encontraba en erupción. Ordaz alcanzó la cima del coloso de 5.246 metros, una proeza que le ganó la admiración de los indígenas y que el emperador Carlos V recompensaría autorizando que en su escudo familiar figurase un volcán humeante.
Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista de la conquista, lo describió en estos términos: «sería Diego de Ordaz de cuarenta años cuando pasó a Méjico… era capitán de soldados de espada y rodela, porque no era hombre de a caballo; fue muy esforzado y de buenos consejos, era de buena estatura e membrudo y la barba algo prieta y no mucha; y en la habla no acertaba bien a pronunciar ciertas palabras, sino algo tartajoso; era franco e de buena conversación».
Pero la fama y las riquezas obtenidas en México —haciendas, tierras, solares y estancias— no saciaron su ambición. Ordaz, obsesionado por las tierras vírgenes de Venezuela que había avistado años atrás junto a Alonso de Ojeda, y alimentado por noticias de riquezas que llegaban a Cuba y Veracruz, decidió emprender una nueva empresa por su cuenta.
La capitulación de 1530: el sueño de una gobernación americana
El 4 de diciembre de 1529, Ordaz presentó una solicitud formal ante el Consejo de Indias para emprender el descubrimiento, conquista y población de las tierras comprendidas desde el Cabo de la Vela hasta el río Marañón (Amazonas), una extensión que él estimaba en doscientas leguas de costa. La petición no era caprichosa: Ordaz era un seguidor de la teoría ecuatorial de los metales, según la cual, a mayor cercanía de los trópicos, más valiosos serían los minerales. El Marañón y el Orinoco, situados en plena zona tórrida, prometían, en su imaginario, riquezas incalculables.
El 20 de mayo de 1530, la reina Juana —en lugar del rey Carlos, ausente de la península— expidió la capitulación favorable. Ordaz recibía los títulos de gobernador y capitán general de aquellas tierras con carácter vitalicio, los títulos de adelantado y alguacil mayor, y un salario anual de setecientos veinticinco mil maravedíes a cobrar de los productos de la tierra. La gobernación abarcaba desde la desembocadura del Amazonas hasta Maracapana, al oeste del Golfo de Cariaco.
Lo que mueve a curiosidad de sus biógrafos es que Ordaz abandonara México, tan codiciado y ya conquistado, para venir a tierras inexploradas. Pero la explicación quizá resida en su carácter: Ordaz no era un hombre de reposo. Remató todos sus bienes, abandonó México en compañía de sus hombres de confianza —Juan Cortejo y Alonso Herrera— y asumió la responsabilidad de la empresa más arriesgada de su vida.
La travesía: 600 hombres, 36 caballos y un río desconocido
El 13 de diciembre de 1530, día de Santa Cecilia, cuatro naves con 600 hombres y 36 caballos al mando de Ordaz zarparon con buen tiempo de Tenerife, en las Islas Canarias, rumbo a tierras vagamente conocidas. La expedición era, para la época, una fuerza considerable. Pero el viaje se topó de inmediato con la adversidad: la pérdida de varios navíos dio origen a la leyenda de «los hombres perdidos de Ordaz», un presagio de las dificultades que aguardaban.
Ordaz estableció un punto de partida en la península de Paria, en la actual Venezuela, y desde allí organizó la incursión fluvial. El 23 de junio de 1531, en plena época de lluvias e inundaciones, inició la penetración del Orinoco contra corriente. La navegación era extraordinariamente difícil: el río, uno de los más extensos de Sudamérica, presentaba variaciones brutales en el caudal, una red de afluentes que desorientaban a los europeos y, más al interior, los raudales de Caribén y Atures, que ponían a prueba la pericia de los navegantes.
El nombre del río: de Uriaparí a Orinoco
Uno de los aportes menos conocidos de la expedición de Ordaz es su contribución a la toponimia del río. Según las crónicas, Ordaz se refirió al curso fluvial como Uriaparí hasta la desembocadura del río Meta, y a partir de ese punto lo llamó Urinocu. El nombre definitivo, Orinoco, proviene del otomaco Orinucu. Ordaz no solo exploró el río, sino que le dio el nombre con el que sería conocido para siempre en la cartografía europea.
Durante la travesía, Ordaz construyó embarcaciones especiales para transportar a los caballos, una logística que revela la ambición de la empresa: no se trataba de una simple exploración, sino de una expedición de conquista y poblamiento. La expedición pasó por Cabruta, remontó el Orinoco hasta el raudal de Caribén y lo traspuso, llegando hasta el río Meta —aunque sin penetrar en él— y continuó hasta el raudal de Atures, desde donde finalmente emprendió el regreso.
Encuentros y tensiones con los pueblos del Orinoco
Las relaciones entre la expedición de Ordaz y los pueblos indígenas fueron complejas y, en no pocas ocasiones, violentas. Ordaz y sus hombres fueron atacados por guerreros de los pueblos caribes, cuyas flechas envenenadas ya habían probado en Urabá dos décadas atrás. Pero también hubo intercambios pacíficos y dependencia mutua: los europeos necesitaban el conocimiento local para orientarse, obtener alimentos y comprender las dinámicas de un territorio que les era completamente ajeno.
Los pueblos indígenas del Orinoco —caribes, otomacos, waraos, entre otros— poseían estructuras sociales consolidadas, sistemas de navegación adaptados al río y un conocimiento profundo del territorio. Su interacción con los europeos no fue pasiva; por el contrario, respondieron a la presencia foránea de acuerdo con sus propios intereses y estrategias. Ordaz, como otros conquistadores de su tiempo, osciló entre la negociación y la coerción, dependiendo de las circunstancias y de la correlación de fuerzas en cada encuentro.
Un episodio revelador de esta dinámica ocurrió cuando Ordaz condenó a muerte en San Miguel de Paria a Juan González, uno de los hombres de confianza de Antonio Sedeño, gobernador de Trinidad. González fue enviado a explorar el río que después se conocería como Caroní, mientras Ordaz reconocía la sierra de Imataca. Tras unos dos meses, ambos grupos se reunieron, y el tesorero de la expedición, Jerónimo de Ortal, escribió un informe desolador: «Esta tierra es de ningún provecho porque no hay oro, sino unas águilas hechas de guanín». El guanín, una aleación de cobre y oro de bajo valor, era la única «riqueza» que los indígenas mostraban a los españoles, una burla involuntaria de las expectativas europeas.
El mito de El Dorado y el fracaso de la búsqueda
La expedición de Ordaz estuvo profundamente influida por los relatos que circulaban en la época sobre la existencia de regiones interiores ricas en oro y otros recursos. Aunque estos relatos carecían de confirmación, formaban parte del imaginario europeo y motivaban a los exploradores a internarse en territorios desconocidos. La posibilidad de encontrar riquezas extraordinarias impulsó a Ordaz a avanzar más allá de lo inicialmente previsto, enfrentando riesgos considerables.
Sin embargo, la realidad fue tozuda: Ordaz no encontró oro. Los indígenas del Orinoco no poseían las riquezas que los europeos imaginaban, y el territorio, aunque vasto y diverso, no ofrecía los metales preciosos que la Corona y los conquistadores ansiaban. El informe de Ortal fue lapidario: la tierra era de ningún provecho.
Este fracaso no impidió que el mito de El Dorado persistiera. Al contrario, la exploración de Ordaz alimentó la leyenda y motivó nuevas expediciones en décadas posteriores, como las de Antonio de Berrio —que descendió el Casanare y el Orinoco en el mismo año de 1531— y, más tarde, la de Sir Walter Raleigh. El Orinoco se convirtió en el río de los buscadores de oro, una obsesión que duraría siglos.
El ocaso: motín, abandono y muerte en el Atlántico
La expedición de Ordaz, pese a su épico recorrido, terminó en fracaso. Ordaz fue víctima de un motín. Finalmente abandonó la búsqueda de El Dorado y, en la península de Paria, encontró la muerte en 1532, cuando iniciaba el viaje de regreso a España. Las circunstancias exactas de su fallecimiento son confusas: algunas fuentes señalan que murió en alta mar, otras que pereció en la península de Paria. Lo que sí está documentado es que el Orinoco fue su tumba en sentido figurado: el río que exploró fue el escenario de su ocaso.
La pérdida de los navíos, la hostilidad de los indígenas, la falta de riquezas y las tensiones internas entre los expedicionarios minaron la empresa desde sus inicios. Ordaz, que había sobrevivido a Urabá, a la conquista de México y al ascenso al Popocatépetl, no pudo superar los desafíos del Orinoco.
Legado y memoria de una expedición pionera
El legado de Diego de Ordaz en la historia del Orinoco es complejo y, en cierto modo, contradictorio. Su expedición no logró establecer asentamientos ni descubrir las riquezas que esperaba, pero sí abrió una vía de conocimiento que sería aprovechada por otros exploradores. Su travesía contribuyó a integrar el Orinoco en la cartografía europea y a consolidar la percepción del río como una ruta estratégica hacia el interior del continente.
En la historiografía venezolana, la figura de Ordaz ha sido objeto de análisis desde distintas perspectivas. Algunos estudios destacan su papel como pionero en la exploración del Orinoco; otros subrayan las implicaciones de su presencia en las dinámicas indígenas y en la configuración del territorio. En cualquier caso, su expedición constituye un hito en la historia temprana de la región. Ordaz fue, como lo define la historiografía, el primer europeo en dar referencias del río Orinoco y de la región de Guayana, con lo cual la incorporó al territorio colonial hispano.
La empresa de Ordaz refleja, además, las dinámicas de la expansión colonial española en su fase más temprana: la combinación de ambición personal, intereses imperiales, teorías geográficas pseudocientíficas —como la teoría ecuatorial de los metales— y encuentros interculturales que oscilaron entre la violencia y la dependencia mutua. Su expedición es un ejemplo de cómo los exploradores de la época enfrentaron desafíos geográficos, políticos y sociales en su intento por expandir las fronteras del mundo conocido.
Hoy, el nombre de Ordaz pervive en la toponimia venezolana —el Cerro Diego de Ordaz en el estado Bolívar— y en la memoria de una hazaña que, aunque fracasó en su objetivo inmediato, abrió para siempre las puertas del Orinoco a la historia. El río que los otomacos llamaban Orinucu y que Ordaz recorrió contra corriente en 1531 sigue siendo, cinco siglos después, uno de los grandes ríos del mundo, y su exploración por parte de aquel zamorano indomable continúa siendo un capítulo fascinante de la historia de Venezuela.
Fuentes Oficiales
- Fundación Empresas Polar – Diego de Ordaz
- Real Academia de la Historia – Diego de Ordás
- Sociedad Geográfica Española – Diego de Ordaz (1531)
- Fundación Empresas Polar – Cronología de Historia de Venezuela (1531)
- Pérez Embid, F. (1950). Diego de Ordás, compañero de Cortés y explorador del Orinoco. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos.
- García, C. (1952). Vida del comendador Diego de Ordaz, descubridor del Orinoco. México: Editorial Jus.
- Fernández de Oviedo, G. (1959). Historia general y natural de las Indias. Madrid: Atlas.
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
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