El siglo XVIII no fue para Venezuela un simple despertar administrativo. Fue la fractura silenciosa de un orden mental. En las aulas de la Universidad de Caracas y en los corredores del Real Consulado, un puñado de criollos comenzó a leer a Newton, a Jovellanos y a Feijoo con una urgencia que no era libresca. La Ilustración no llegó a Venezuela como un rumor clandestino, sino como una corriente de renovación impulsada por las élites locales y por funcionarios progresistas de la Corona. La pregunta que atravesó todo el siglo fue incómoda: ¿para qué servía un imperio que formaba teólogos y juristas mientras el suelo pedía geómetras, minerólogos y marinos?
El ocaso del escolasticismo y la irrupción de las «ciencias útiles»
Durante generaciones, la educación colonial había girado en torno a la filosofía aristotélica y la teología escolástica. Los estudiantes memorizaban silogismos mientras la física experimental era una palabra ajena. La crítica a ese modelo no vino de la nada: se alimentó de la literatura que circulaba en la España de los ilustrados, donde se satirizaba a la nobleza ociosa y se clamaba por reformar los métodos pedagógicos. Los maestros, decía esa literatura, no debían ser «una tropa de dómines» que ahogaban los sentimientos de los niños, sino formadores capaces de preparar sujetos hábiles para las carreras útiles al Estado.
El pensamiento ilustrado español, encarnado en figuras como Gaspar Melchor de Jovellanos, planteaba que la escuela debía convertirse en un taller. Jovellanos no solo teorizó sobre esto: en su Informe sobre la Ley Agraria, propuso multiplicar las escuelas de primeras letras y llevar la instrucción hasta los rincones más apartados, sin distinción de clase social. No se requiere de grandes sabios para maestros, ni grandes fondos para sus honorarios —escribía—; pide solo hombres buenos, pacientes y virtuosos. Era una apuesta radical para la época: la educación como herramienta de progreso económico, no como privilegio estamental.

Campomanes, Cabarrús y la defensa de la enseñanza técnica
La obra de Pedro Rodríguez de Campomanes y del conde de Cabarrús dio un giro pragmático al debate. Campomanes insistía en que la nación necesitaba cosas precisas, útiles y prácticas; Cabarrús, en una de sus cartas, defendía que la enseñanza primaria debía ser común a todos los ciudadanos, grandes, pequeños, ricos y pobres. Ambos coincidían en algo que resonaría con fuerza en América: un Estado que no fomenta las ciencias exactas está condenado a la mediocridad. La matemática, la mineralogía y la economía civil no eran lujos académicos; eran las herramientas para perfeccionar la agricultura, las artes y el comercio.
El impacto de estas ideas en Venezuela fue desigual pero profundo. Mientras en México, Guatemala, Nueva Granada y Perú las luces penetraron con mayor intensidad, en la Capitanía General de Venezuela la burguesía criolla se ocupó más de acrecentar su economía y mantener sus privilegios que de difundir la cultura. Pocos donativos hubo para impulsar la enseñanza; en cambio, abundaron las bibliotecas privadas donde se leían a escondidas los libros prohibidos por la Inquisición. No obstante, ese interés individual fue la semilla de un cambio irreversible.

La cruzada por las matemáticas y las ciencias exactas
No bastaba con redactar memorias agrícolas o devorar libros extranjeros; el imperio requería acción práctica. La física, la química y las matemáticas se convirtieron en el campo de batalla de los reformistas. En 1760, el coronel de ingenieros Nicolás de Castro fundó en Caracas la Academia de Geometría y Fortificación, un primer intento por institucionalizar el saber técnico. Un año más tarde, en 1761, se instaló una Academia Militar de Matemáticas en el puerto de La Guaira, dirigida por el capitán de artillería Manuel Centurión. Estos enclaves iniciales demostraban que la Corona y sus ingenieros veían en la ciencia un instrumento de defensa y control territorial.
El Discurso Económico de Juan Agustín de la Torre
El punto de inflexión intelectual ocurrió el 25 de abril de 1790. El caroreño doctor Juan Agustín de la Torre, para entonces rector de la Universidad, publicó su Discurso Económico: Amor a las letras en relación con la agricultura y el comercio. Este texto no solo destilaba las críticas de Feijoo y Jovellanos al atraso económico; era una apología ardiente de las matemáticas como motor civilizatorio. Sin su auxilio no tendríamos ni un reclinatorio cómodo sobre que descansar nuestros trabajados miembros —escribía de la Torre—. Los muebles, las prendas… los instrumentos, los amaños… cuanto ocurre a nuestra defensa y buen orden de civilización, tiene cierta dependencia en el fondo o en parte de las Matemáticas.
De la Torre anhelaba sustituir la educación puramente fraseológica por una enseñanza basada en las ciencias útiles. En su discurso, argumentaba que sin las observaciones matemáticas no se habría descubierto el uso de la brújula ni se habría dado complemento a la arquitectura naval. Sin ellas… estaría hasta hoy la mayor y mejor parte del mundo sepultada y ocupada en la barbarie, sentenciaba. El 24 de noviembre de 1794, como asesor jurídico del Real Consulado, remitió el discurso a esta institución para defender la creación de una cátedra de Matemáticas, sugiriendo incluso que se trajera al catedrático desde Europa. El Consulado, sumido en sus propias limitaciones económicas y burocráticas, no resolvió nada en concreto.
Fray Francisco de Andújar y la defensa del dibujo técnico
La idea de la cátedra no murió. El capuchino fray Francisco de Andújar, hombre de vasta cultura e inclinaciones hacia la botánica y la mineralogía, retomó la batuta. En sendos memoriales enviados al Real Consulado el 24 de junio de 1798 y el 18 de febrero de 1799, Andújar lamentó el descuido de las ciencias exactas y la ignorancia que rodeaba a los trabajadores agrícolas, artesanos y albañiles. Sostenía que la agricultura no podía crecer sin los sólidos conocimientos de la historia natural, la física experimental y la botánica. Para el comercio, exigía el dominio de la aritmética, la geografía, la geometría y, sobre todo, la náutica: «¿Qué navegación sin la Náutica?… Con ellas habrá en la agricultura conocimientos y adelantos… con ellas el comercio tendría incremento y provecho».
Andújar propuso fomentar cátedras de matemáticas, historia natural y dibujo, invocando el ejemplo de Norteamérica como nación floreciente que había priorizado estas disciplinas. Su objetivo era cambiar el sistema educativo para que no se miraran con desdén los oficios manuales. Sin embargo, las rivalidades entre el Real Consulado, la Universidad y el Ayuntamiento impidieron que se estableciera una Academia de Matemáticas en ese momento.

La Universidad de Caracas y la renovación académica tardía
La Universidad de Caracas, fundada en 1721, fue durante décadas un bastión del tomismo más rígido. Hacia las últimas décadas del siglo XVIII, una profunda renovación académica se avecinaba para romper ese molde. Los jóvenes criollos enviados a España o formados en los conventos regresaban con ideas que chocaban con la escolástica. Figuras como Baltasar de los Reyes Marrero introdujeron la física moderna en las aulas, sustituyendo la especulación metafísica por la experimentación.
El legado de los ilustrados españoles, como Juan Agustín de la Torre, Miguel José Sanz y Simón Rodríguez, traspasó los muros universitarios. Rodríguez entendía que la educación era el instrumento más poderoso para transformar una sociedad jerárquica en una comunidad de iguales. Su utopía educativa, aunque incomprendida en su tiempo, sembró la semilla republicana que florecería décadas después.
Las Sociedades Económicas de Amigos del País: el laboratorio del progreso
El vehículo institucional por excelencia de la Ilustración en el mundo hispánico fueron las Sociedades Económicas de Amigos del País. Estas corporaciones, inspiradas en modelos europeos, se establecieron en España en la segunda mitad del siglo XVIII y se expandieron a América. Su misión era clara: promover la agricultura, las artes útiles y el comercio mediante la aplicación práctica de los conocimientos científicos.
En Venezuela, aunque la primera Sociedad Económica formal no se instalaría hasta 1829 bajo la dirección de José María Vargas, el espíritu que las animaba ya circulaba desde décadas antes. Los criollos ilustrados que leyeron a Jovellanos y Campomanes entendieron que el progreso no vendría de la mano del rey, sino de la iniciativa de los particulares organizados. Las Sociedades desarrollaron clases elementales, talleres de hilanza, divulgación de técnicas agrícolas y academias dedicadas a materias científicas y a la nueva Economía Política, actuando como centros importadores de la literatura económica europea.
Las bibliotecas criollas: los libros que cambiaron una élite
Un aspecto poco explorado de la Ilustración venezolana es la circulación material de las ideas. Gracias a inventarios y estudios como los de Vicente de Amézaga Aresti y Manuel Pérez Vila, sabemos qué libros leían los criollos. En las bibliotecas de familias como los Ustáriz o los Isnardi figuraban, junto a los clásicos, obras que hoy llamaríamos «ciencia dura»: la Historia natural de Buffon, la Filosofía newtoniana de Gravesande, el Diccionario de Agricultura del abate Rozier y tratados de comercio y marina.
El coronel Juan Vicente Bolívar, padre del Libertador, poseía las Cartas eruditas de Feijoo, La riqueza de las naciones de Adam Smith y el Proyecto económico de Bernard Ward. El obispo Manuel Machado Luna tenía en 1750 ejemplares de El espíritu de las leyes de Montesquieu. No eran lecturas de adorno: eran los manuales de una nueva forma de entender el poder, la naturaleza y la sociedad. Aquellos libros alimentaron las tertulias donde se gestó la independencia.

El triunfo tardío de las matemáticas en la República naciente
El cambio de siglo trajo consigo la urgencia de la guerra y, con ella, la utilidad práctica de las ciencias. Ya entrado el siglo XIX, el ingeniero Juan Pires fundó en Cumaná una escuela a la que asistió, siendo apenas un niño, Antonio José de Sucre. En 1808, el coronel de ingenieros Tomás Mires estableció en Caracas una Escuela de Matemáticas donde enseñaba aritmética, álgebra, geometría, topografía y construcciones civiles.
El 07 de septiembre de 1810, la Junta Suprema ordenó la creación de una Academia Militar de Matemáticas, admitiendo gratuitamente a militares desde los doce hasta los treinta y dos años. No obstante, la consolidación definitiva llegaría tras la Independencia. En septiembre de 1827, el maestro Rafael Acevedo instaló la primera cátedra de Matemáticas en la Universidad, a solicitud del doctor José María Vargas. Años después, el 26 de octubre de 1831, Juan Manuel Cajigal impartió las clases de matemáticas superiores en la Academia de Matemáticas, creada por decreto del poder ejecutivo. La semilla plantada por De la Torre y Andújar finalmente germinaba en suelo republicano.
El legado de una revolución inconclusa
La Ilustración en Venezuela no produjo una revolución científica comparable a la europea, pero sembró una certeza que sobrevivió a la Independencia: que el atraso no era un destino, sino el resultado de instituciones obsoletas y de élites indiferentes. Los hombres que hicieron la independencia llevaban consigo las lecturas de los ilustrados. El proyecto ilustrado en Venezuela quedó trunco en muchos aspectos, pero su huella es indeleble. La creación de cátedras de física y matemáticas, la apertura de escuelas y el debate sobre la educación para todos fueron fracturas en un orden que se creía eterno. Esa es la verdadera herencia del siglo de las luces: la convicción de que el conocimiento, cuando se pone al servicio de la comunidad, es la herramienta más subversiva y fecunda que puede poseer una nación.
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia de Venezuela
- Fundación Empresas Polar — Diccionario de Historia de Venezuela (BibloFEP)
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
- Redalyc (Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe)
- Red Historia Venezuela
- Dialnet — Revista Tiempo y Espacio (Universidad de La Rioja)
- Biblioteca Nacional de Venezuela — Biblioteca Digital
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 233-240).
Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.