Esclavitud en Venezuela: La institución olvidada que sostuvo la economía colonial

En 1790, un esclavizado podía costar en Caracas menos de la mitad de lo que valía en La Habana. La rareza de esa cifra no residía en la avaricia de los amos, sino en la pobreza estructural de una colonia que, a diferencia de Cuba o Brasil, nunca fue un territorio de plantación masiva. Durante más de tres siglos, la esclavitud en Venezuela funcionó como una institución silenciosa pero decisiva: pocos esclavos en números absolutos, pero una dependencia absoluta de su trabajo para sostener las haciendas, los trapiches, las minas y la vida doméstica de la élite criolla. Comprender esa paradoja —la de una sociedad que no podía prescindir de la mano de obra esclavizada pero que la mantuvo en un lugar marginal dentro de su propia narrativa histórica— es el punto de partida para reconstruir una de las páginas más complejas y menos contadas del pasado venezolano. Porque a pesar del rigor del sistema, la resistencia fue una constante, y la libertad, en muchos casos, se conquistó con las armas en la mano.

Familia de esclavos negros. Grabado. Expedition to Surinam. John G. Stedman. 1908. CC-BY-NC-ND 4.0
Familia de esclavos negros. Grabado. Expedition to Surinam. John G. Stedman, 1908. (p. 164) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0

La llegada de los primeros esclavizados: concesiones, licencias y el mito del Dorado

El comercio de africanos esclavizados en el territorio que hoy conocemos como Venezuela no comenzó con una gran empresa estatal, sino con concesiones fragmentadas y una burocracia imperial que legislaba desde la distancia. Los primeros esclavizados llegaron de la mano de los Welser, banqueros alemanes a quienes Carlos V otorgó derechos de exploración y explotación en la provincia de Venezuela a partir de 1528. A mediados del siglo XVI, los españoles introdujeron alrededor de ochenta personas esclavizadas en la región de Buría, en las minas de oro de Nueva Segovia. Aquel contingente no fue un simple dato demográfico: algunos de sus integrantes protagonizaron el alzamiento del Negro Miguel, la primera rebelión documentada de esclavizados en territorio venezolano, ocurrida entre finales de 1552 y los primeros meses de 1553.

Sin embargo, el sueño de El Dorado se desvaneció pronto. Venezuela no poseía metales preciosos en la cuantía de México, Perú o el Alto Perú, y carecía de un producto codiciado que garantizara una prosperidad económica inmediata. Esa pobreza estructural marcó el carácter de la esclavitud en la colonia: no fue un sistema de plantación a gran escala, sino un régimen disperso y adaptado a una economía agrícola y ganadera de subsistencia y exportación limitada al cacao. Muy pronto se desvaneció acá el mito de El Dorado, y nuestros colonos tuvieron que pensar en la mejor manera de fomentar la agricultura, una actividad que, aunque menos glamorosa que la minería, se convirtió en el verdadero motor de la supervivencia colonial.

Para administrar la trata, la Corona ensayó distintos mecanismos a lo largo de los siglos. En el siglo XVI rigió el sistema de licencias individuales, que permitía a particulares introducir un número determinado de esclavizados mediante permiso real. Luego, a lo largo del siglo XVII, se impuso el régimen de asientos: contratos exclusivos otorgados a comerciantes o compañías para abastecer de mano de obra esclavizada a las colonias. Finalmente, a fines del siglo XVII se estableció el sistema de compañías, entre las que destacó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que operó desde 1728 y que entre 1730 y 1778 importó cerca de 11.775 esclavizados. No fue sino hasta el 28 de febrero de 1789 cuando una real cédula declaró libre el tráfico de esclavizados, poniendo fin al monopolio de las compañías y abriendo el comercio a una competencia más amplia, aunque no por ello menos cruel.

Plano y secciones de un barco negreros ingles, 1789. Archivo General de Indias. Sevilla. (p. 168) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0
Plano y secciones de un barco negreros ingles, 1789. Archivo General de Indias. Sevilla. (p. 168) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0

La paradoja demográfica: pocos esclavos, una dependencia absoluta

La historiografía venezolana ha debatido largamente sobre una aparente contradicción: si la esclavitud era tan central para la economía colonial, ¿por qué el número de esclavizados era comparativamente bajo? Las cifras que dejó el naturalista Alejandro Von Humboldt a fines del siglo XVIII son reveladoras: Venezuela contaba entonces con apenas 60.000 esclavizados, frente a unos 450.000 negros y mulatos libres. Para dimensionar esa diferencia, hacia 1790 en las Indias Occidentales inglesas existían diez esclavizados por cada hombre libre; en las francesas, catorce; y en las holandesas, veintitrés. En Venezuela, la proporción era inversa: la mayoría de la población afrodescendiente era libre, y la esclavitud, aunque omnipresente en la vida cotidiana, nunca alcanzó la densidad demográfica de las colonias azucareras del Caribe.

Esa rareza numérica ha llevado a algunos a minimizar el peso de la institución. Pero el historiador Miguel Acosta Saignes ofreció una respuesta que desmonta esa lectura: en la Venezuela colonial, todo dependía en último término de los esclavizados. Sobre sus hombros recayó el mantenimiento de la sociedad entera. Fueron pescadores de perlas, descubridores de minas, agricultores, ganaderos, fundadores de pueblos, buscadores de El Dorado, fundidores, trabajadores especializados en trapiches y minas, herreros, torneros, cantores, domésticos, músicos, barberos, pulperos, verduleros, pregoneros, soldados y juglares. La esclavitud en Venezuela no fue una institución marginal: fue el sostén silencioso de una economía frágil y de una sociedad que no habría podido reproducirse sin ella. Aunque es imposible conocer la cifra precisa de esclavos incorporados al sistema colonial venezolano, no solo por la disparidad entre el número de solicitudes y los que efectivamente llegaban al país, sino porque además la trata ilegal conspira contra una estimación exacta, el historiador Brito Figueroa suministra la cifra de 87.800 para el total de la población esclavizada en el momento de plantearse la abolición.

El precio de un cuerpo: piezas de Indias, muleques y mulécones

El comercio de esclavizados en Venezuela operó con una nomenclatura precisa que revelaba la lógica mercantil del sistema. El patrón de medida era la «pieza de Indias»: un esclavizado varón, joven, de buena salud y con una estatura mínima de siete cuartas. Cuando un esclavizado no alcanzaba esa altura, se completaba la pieza con la medida de algún niño si lo había; en caso de ser todos adultos, se sumaban las cuartas totales y se dividían entre siete para obtener el número de piezas. Los menores de hasta seis años eran denominados «mulequines»; de seis a doce años, «muleques»; y de esa edad hasta los dieciocho, «mulécones».

El precio de una pieza de Indias rondaba los 300 pesos en el mercado atlántico. En Venezuela, sin embargo, las ventas se efectuaban a un costo promedio de 170 pesos, una diferencia que reflejaba tanto la pobreza de la colonia como la menor calidad de la mercancía que llegaba a sus puertos. Los hacendados venezolanos tropezaban con la escasez de recursos para adquirir mano de obra esclavizada, y esa limitación determinó que en el país los esclavizados fueran cotizados a más bajo precio que en otras colonias. La mercancía traída por los tratantes rara vez era de óptima calidad, y el negocio negrero, como cualquier otro, tenía parámetros para determinar el valor del producto: se procuraba que el esclavizado gozara de buena salud, que fuera joven —las edades idóneas iban de 15 a 35 años— y que poseyera una corpulencia adecuada para soportar las duras faenas a que sería sometido.

Las transacciones no siempre se realizaban al contado. En Venezuela se dio la modalidad de adquisición de esclavos «fiaos» (a crédito), y a veces, con consentimiento o pasando por encima de la legislación, se efectuaron transacciones en forma de trueques donde los «factores» —representantes de los tratantes— recibían productos del campo a cambio de negros. El trueque de esclavos por mulas fue frecuente en esta modalidad adquisitiva, evidenciando la precariedad monetaria de la provincia y la adaptación del comercio esclavista a las realidades de una economía agraria de subsistencia.

Composición, contrabando y el negocio ilícito que burló a la Corona

La legislación que rigió la esclavitud en las colonias españolas no se creó para América, sino que se importó desde la península. Las Siete Partidas del rey Alfonso el Sabio, redactadas en el siglo XIII, habían sido promulgadas para regir la esclavitud blanca de aquel momento, y contenían principios que, en teoría, otorgaban cierta protección jurídica al esclavizado. Al iniciarse el empleo de mano de obra esclavizada en América, esa normativa se aplicó de forma casi automática, pero la lejanía del legislador propició una gran separación entre la ley escrita y su aplicación efectiva. La Corona percibía una parte del precio de venta de cada esclavizado a través de distintos impuestos, y los puertos donde arribaba la mercancía estaban estipulados con precisión, no solo por la necesaria inspección sanitaria a la que era sometido cualquier desembarco, sino porque allí debían estar los funcionarios dependientes de la metrópoli para cobrar la carga impositiva.

El Código de las Siete Partidas del rey Alfonso X «el Sabio», promulgado en el reino de Castilla durante el siglo XVIII. Manuscrito. Biblioteca Nacional. Madrid. CC-BY-NC-ND 4.0
El Código de las Siete Partidas del rey Alfonso X «el Sabio», promulgado en el reino de Castilla durante el siglo XVIII, sirvió de base a una normativa sobre la esclavitud que se aplicó en las colonias españolas. Manuscrito. Biblioteca Nacional. Madrid. CC-BY-NC-ND 4.0

Sin embargo, la dinámica misma del mundo colonial abrió espacio para el incumplimiento sistemático. Corsarios, piratas y contrabandistas encontraron en las extensas costas venezolanas un terreno fértil para el negocio ilícito. Las llamadas «arribadas maliciosas» y «malas entradas» se convirtieron en una constante: navegantes que, argumentando problemas de navegación, arribaban con su cargamento a puertos no autorizados y vendían esclavizados al margen de la ley. A partir de 1634, cuando Curazao fue tomada por los holandeses, la isla se transformó en un enclave de primer orden para el comercio negrero de su flota, y desde allí se articuló un flujo constante de esclavizados hacia las costas venezolanas que burlaba el control de la Corona.

Para legalizar situaciones irregulares, la administración colonial creó la figura de la «composición»: mediante el pago de determinados derechos, un esclavizado que había entrado de forma irregular era legalizado. También se practicó con frecuencia un comercio irregular en el interior de la propia provincia para evadir la fiscalización, y la existencia del negocio ilegal suponía la posibilidad de «comiso» —confiscación— por parte de los funcionarios reales. Pero desde la más temprana época colonial, esos mismos funcionarios fueron tentados por los mecanismos de la corrupción, efectuando sus propias composiciones. El contrabando tenía su base de cultivo en la pobreza misma de la colonia: era una vía para que los hacendados adquirieran a menor costo las piezas necesarias, y para que los comerciantes ilícitos obtuvieran ganancias sin someterse a los aranceles de la metrópoli.

Formas de resistencia y la geografía de la libertad

Contrariando la tesis de la pasividad colonial, es necesario puntualizar que en ningún momento los negros se resignaron a la condición que les había sido impuesta por el régimen esclavista. Como afirma Germán Carrera Damas, bastaba la presencia de un esclavo para que su lucha por la libertad se trazara en la línea de la necesidad histórica. La huida fue el acto libertario primario a través del cual los negros enfrentaron el esclavismo y, a pesar de los rigores con que era penalizada, se convirtió en la opción adoptada por miles de hombres y mujeres que preferían la condición de «cimarrones» a la humillación del sistema.

Este fue el origen de una serie de modalidades de vida asumidas por quienes se rebelaron a partir del siglo XVI. La manera misma como eran designados estos agrupamientos nos habla de gente explotada no europea: cumbes, quilombos, mocambos, mambises, rochelas, patucos y palenques fueron los nombres con que se conocieron las comunidades conformadas por la gente que huía y, amparada en la complejidad de la geografía, saboreaba la libertad en el curso de los siglos de vida colonial. Se estima que en Venezuela llegó a haber 20.000 cimarrones.

Es importante destacar que en estos agrupamientos rebeldes convergían todos los sectores explotados de la época, dándose el caso de la convivencia de indígenas con negros rebeldes y aun de éstos con elementos de origen blanco que de una u otra forma caían en desgracia en el sistema imperante. Poblados que conocemos en la Venezuela de hoy, como Tária, en Yaracuy, y Curiepe, en Miranda, nacieron bajo el signo de la libertad en aquellas cumbes que los negros conformaron durante la época colonial, demostrando que la resistencia no solo fue armada, sino también territorial y cultural.

Cronología de las insurrecciones y rebeliones armadas

A esta «rebelión primaria» se sumarían las insurrecciones negras propiamente dichas, un fenómeno que en Venezuela tendría una recurrencia soslayada por la historiografía que habla de «paz» en la Colonia. Fue así como se registraron importantes movimientos que dan cuenta de la profundidad de la lucha de clases en los siglos de la esclavitud:

  • 1552-1555: Levantamiento de los negros de Buría en el hoy estado Yaracuy. Esta insurrección, una de las más importantes, aparte de ser la primera de relevancia, fue dirigida por el «Negro Miguel» y tuvo entre sus elementos distintivos el haber fundido los esfuerzos rebeldes de negros e indios.
  • 1603: Levantamiento de los negros perleros de Margarita. Cuenta la tradición que fueron comandados por una mujer a la que proclamaron reina, con lo cual se evidencia que la rebelión negra en Venezuela involucró tanto a hombres como a mujeres. Recuérdese que fue norma de la trata de esclavos traer aproximadamente a una mujer por cada tres hombres.
  • 1732: Se levantan «partidos armados» capitaneados por el zambo Andrés López del Rosario «Andresote» o conocido también como «Cimarron Andresote». Fue uno de los alzamientos de mayor extensión y violencia, habiendo indicios de que recibió apoyo bélico de contrabandistas holandeses.
  • 1747: Levantamiento de los negros en las tierras cacaoteras de Yare.
  • 1749: Se alzan los negros de Caucagua y de Capaya.
  • 1771-1774: Insurrección negra en Panaquire y los valles del Tuy (guerrillas del «Negro Guillermo»).
  • 1795: Se da el levantamiento negro de la sierra de Coro, a cuya cabeza estuvo José Leonardo Chirino. Esta revuelta tuvo una enorme repercusión, ocurriendo en un contexto dentro del cual ya se había producido el levantamiento revolucionario de los negros haitianos.
  • 1798: Revueltas negras en el oriente, cuyo epicentro fue la población esclava de Cariaco.
  • 1799: Insurgencia de negros y mulatos en Maracaibo.

Todos estos movimientos nos llevan a concluir que el régimen esclavista contó en Venezuela con una oposición permanente, a veces manifestada como simple rebelión individual (fugas), que fue adquiriendo expresiones colectivas (cimarrones, cumbes, etc.) y que frecuentemente asumió la forma más elevada de la lucha de clases: la violencia armada. Este hecho nos conduce a polemizar con la tesis de «la abolición sin controversias».

De la Ley de Manumisión de 1821 a la abolición definitiva de 1854

Ciertamente, el desenlace del proceso abolicionista fue pacífico y podría catalogarse de «muerte natural» por varias razones concurrentes. En primer lugar, la legislación indiana mostró cierta permeabilidad al permitir la «compra de libertad» a aquellos «hijos bastardos» cuyos padres blancos quisieron y pudieron hacerlo. A esto se sumaron los efectos de la promulgación de la Ley de Manumisión de 1821 y la lucha por la libertad adelantada por la negritud dentro del proceso conocido como Guerra de Independencia (1820-1824).

Pero hubo un factor estructural aún más profundo. Los propios cambios en el proceso productivo ocurridos en la segunda década del siglo XIX —estudiados por John V. Lombardi—, cuando el café desplazaba al cacao como principal producto de exportación del país, modificaron las «características del trabajo» en Venezuela e incidieron en la caducidad del régimen esclavista. Se conformó así un cuadro que permite inferir como una consecuencia lógica la Ley de 1854, a través de la cual José Gregorio Monagas puso punto final al régimen de esclavitud.

Sin embargo, una cosa fue este desenlace sin la «controversia verbal» con que se produjo en otros países, y otra muy distinta es soslayar la controversia violenta que el sistema mismo engendró a lo largo de su historia. Si en alguna parte los esclavos —con las armas en las manos— fueron creadores de su propia libertad, fue en Venezuela.

Afroamericanidad: El legado cultural del sincretismo y la resistencia

Los largos años del colonialismo esclavista nos dejaron un saldo humano y cultural que hoy forma parte esencial de nuestra América. El concepto de «afroamericanidad» tiene que ver con el hecho de no existir hoy, en este Continente, una cultura nativa (indígena) pura —salvo en determinadas zonas muy localizadas—, ni pervivir una cultura africana como tal, mucho menos europea. Aquí se produjo un sincretismo racial y cultural cuyo más temprano momento lo ubicamos en los barcos negreros, constituidos en hogares temporales de «africanos de muy distintas etnias» que, si bien eran embarcados privados de sus elementos culturales materiales (utensilios y herramientas de trabajo), no podían ser despojados de su espiritualidad, y donde ya, en el momento de la travesía transatlántica, se iniciaba una fusión cultural que se hacía mucho más compleja cuando, al llegar a América, se combinaba con elementos culturales europeos e indígenas.

En el caso venezolano, donde hubo un proceso muy extendido de mezclas raciales, es aún más difícil conseguir africanos o descendientes de africanos puros, así como tampoco se puede hablar de la existencia de culturas africanas o de algunas de ellas en particular; pero sí es evidente la presencia de innumerables rasgos y/o elementos de culturas negras que con gran vitalidad se manifiestan en la religiosidad, la música o el lenguaje. Jesús García, en su obra Afroamericano soy, nos da cuenta, por ejemplo, de la pervivencia de lo africano en expresiones musicales como el jazz, la rumba, la «salsa», el calipso, etc.; es lo que él denomina: «el cimarronaje musical».

Angelina Pollak Eltz nos habla de un «cristianismo popular» donde el cristianismo propiamente dicho hace síntesis con elementos de la religiosidad de las culturas africanas, así como de la presencia de elementos africanos en la estructura de la familia venezolana. Miguel Acosta Saignes —pionero de los estudios sobre la negritud en Venezuela—, apoyándose en investigadores latinoamericanos (Gilberto Freyre en Brasil, Aguirre Beltrán en México, Fernando Ortiz en Cuba), nos da cuenta de la raíz étnica de muchas expresiones de nuestro lenguaje cotidiano incorporadas por los esclavos africanos.

Por supuesto, la existencia de elementos culturales africanos en Venezuela difiere en su magnitud de una región a otra, siendo tal vez la zona de Barlovento donde la población negra conserva con mayor nitidez dichas manifestaciones, que también podemos encontrar en el sur del lago de Maracaibo, en Borburata-Patanemo del estado Carabobo, en zonas del estado Yaracuy, en Aragua, etc. Justamente en aquellos lugares donde el sudor del negro abonó, en tiempos no tan remotos, el crecimiento de las plantaciones.

El legado historiográfico y la deuda de la memoria

La esclavitud en Venezuela no terminó con un decreto único y sonoro, sino con un proceso prolongado y contradictorio. Para entonces, la institución que durante siglos había sostenido la economía colonial se extinguía lentamente, dejando tras de sí una estela de desigualdad, racismo y olvido historiográfico. Durante el siglo XIX, solo unos pocos nombres se ocuparon de estudiar el tema: Manuel Landaeta Rosales con La libertad de los esclavos en Venezuela (1895) y José Manuel Núñez Ponte con Estudios históricos acerca de la esclavitud y de su abolición en Venezuela (1895).

No fue sino hasta el siglo XX, con las investigaciones de Juan Pablo Sojo y más tarde con la obra monumental de Miguel Acosta Saignes, que la historiografía venezolana comenzó a abordar el tema con rigor científico. La escasa atención que durante décadas se prestó a este capítulo de la historia no fue casual: como señaló Acosta Saignes, la pervivencia de prejuicios coloniales, traducidos en discriminaciones raciales de diversa intensidad, alcanzó incluso a numerosos historiadores, folklorólogos, sociólogos y antropólogos, consciente o inconscientemente. Han sido investigadores de nuestros días, como José Marcial Ramos Guédez y Pedro Gil, quienes han dado continuidad al estudio de tan importante aspecto de la vida colonial, iniciado por Acosta Saignes y Brito Figueroa.

Hoy, proyectos como la digitalización de la Colección Civiles-Esclavos de la Academia Nacional de la Historia, en alianza con Red Historia Venezuela, permiten acceder a miles de documentos judiciales que registran la vida de los esclavizados afrovenezolanos entre 1700 y 1858. Esos expedientes —juicios por libertad, disputas por propiedad, denuncias de maltrato, solicitudes de manumisión— son la materia prima para reconstruir una historia que durante mucho tiempo se prefirió no contar. Porque la esclavitud en Venezuela no fue solo una institución económica: fue una matriz de relaciones sociales, una fuente de riqueza y sufrimiento, y un silencio que la historiografía contemporánea apenas comienza a romper.

Fuentes Oficiales

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ani Garcia

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