En las postrimerías del imperio español en América, la corona y la iglesia tejieron una alianza que definiría el destino intelectual de una nación. No se trataba solo de erigir un edificio; se trataba de fundar la conciencia de un territorio. Así, el 22 de diciembre de 1721, mediante Real Cédula expedida en Lerma por el rey Felipe V, se concedió al Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima la facultad de otorgar grados universitarios, sentando las bases de lo que sería la Real y Pontificia Universidad de Caracas. Este acto no fue un capricho burocrático, sino la respuesta a una necesidad imperiosa: formar a los cuadros que la administración colonial, la iglesia y la élite criolla requerían para sostener el orden establecido.
El camino hacia la consolidación fue meticuloso. El 18 de diciembre de 1722, el papa Inocencio XIII otorgó el carácter de Pontificia mediante la bula Apostólica Inescrutabili Divinae Sapientiae atque Bonitatis arcano, elevando su estatus y vinculándola directamente a la Santa Sede. No obstante, la inauguración oficial no se llevó a cabo hasta el 11 de agosto de 1725, cuando el obispo Juan José Escalona y Calatayud la declaró formalmente erigida. A partir de entonces, la institución se convirtió en el epicentro del saber en la provincia, un espacio donde la teología, el derecho y la filosofía se entrelazaban con los intereses de la monarquía y la iglesia católica.

El Colegio Seminario de Santa Rosa: La Célula Originaria del Saber Colonial
Para comprender la naturaleza de esta universidad, es imprescindible mirar sus orígenes. La célula básica que le dio vida fue el Colegio Seminario de Santa Rosa, fundado en 1673 por el obispo peruano Antonio González de Acuña. Este no era un simple centro de estudios; era un proyecto de formación integral que buscaba preparar a los futuros sacerdotes y letrados. Otro prelado peruano, Diego de Baños y Sotomayor, continuó y amplió la obra, creando nuevas cátedras y redactando las «constituciones» o estatutos que regirían su gobierno, inaugurando oficialmente el Colegio el 29 de agosto de 1699, víspera de su patrona, Santa Rosa de Lima.
La aspiración de los vecinos de Caracas no era menor. No se conformaban con un colegio seminario; ambicionaban una universidad para que los estudiantes no tuvieran que viajar a Bogotá, Santo Domingo o México para concluir sus estudios y obtener el doctorado. El viaje por tierra a Bogotá constituía una verdadera proeza, además de las fuertes sumas de dinero que debían gastar los estudiantes para cubrir el pasaje y pagar los derechos al título universitario. En México, señalaban los estudiantes, la Universidad cobraba 1.000 pesos por extender el diploma doctoral, y en Santo Domingo y Bogotá el desembolso era casi igual. Por estas razones, la enseñanza universitaria quedaba reservada a los hijos de las familias muy pudientes.
Sin desalentarse porque la Corona llevaba 30 años aplazando el proyecto de crear una universidad en Caracas, los vecinos organizaron una suscripción pública para recaudar fondos y activar las diligencias en la corte de Madrid. El propio rector del Seminario, Francisco Martínez de Porras, donó dos fanegas de cacao, y el Marqués de Mijares 25 pesos; igual cantidad ofreció el Marqués del Valle de Santiago, y otros moradores contribuyeron con múltiples y dinero en efectivo hasta reunir la cantidad de 1.498 pesos. Aparte de estas actividades, el obispo Juan José de Escalona y Calatayud, los alcaldes del Cabildo de Caracas y los canónigos de la Catedral escribieron al Rey para solicitar de nuevo la fundación de dicha casa de estudios. Las gestiones alcanzaron pleno éxito, pues el monarca Felipe V, en Real Cédula fechada en Lerma el 22 de diciembre de 1721, decretó la erección de la Universidad.

Un Claustro de Privilegios: Teología, Rito y Exclusión Social
La Estructura Fundacional y sus Primeros Catedráticos
El funcionamiento orgánico de la institución arrancó formalmente con una matrícula inicial de 60 estudiantes distribuidos en nueve cátedras, sustentadas por un selecto cuerpo de funcionarios y profesores. Bajo la dirección del rector Francisco Martínez de Porras y el vicerrector Jerónimo de Rada, la plantilla académica y administrativa de la naciente universidad quedó configurada por las mentes más prominentes del clero y la intelectualidad local:
- Rector: Francisco Martínez de Porras
- Vicerrector y Catedrático de Teología de Vísperas: Jerónimo de Rada
- Secretario: José Felipe Martínez
- Administrador: José Francisco Ansiberos
- Juez de Estudios: Blas Arráez de Mendoza
- Catedrático de Teología de Prima: Antonio de Tovar
- Catedrático de Cánones: Agustín de Istúriz
- Catedrático de Instituta o Leyes: Ángel Barreda
- Catedrático de Teología Moral: José Machado
- Catedrático de Filosofía: Francisco Gómez Castro
- Catedrático de Medianos y Mayores: Francisco de Vargas
- Catedrático de Gramática (latina) de Menores: Francisco de la Vega
- Catedrático de Música o Canto Llano: Francisco Pérez Camacho
La vida en la Real y Pontificia Universidad de Caracas estaba marcada por un profundo formalismo y una rígida estratificación social. La institución se inclinaba fundamentalmente a defender los fueros y regalías del Rey, velar por la pureza de la religión católica y formar profesionales (teólogos, canonistas, juristas y médicos) útiles al Estado y a la Iglesia. La Universidad se denominaba «Real y Pontificia» por estar bajo la tutela y protección del Monarca y del Sumo Pontífice. Para ser admitido como alumno, se requería presentar un testimonio de vita et moribus, es decir, una relación detallada de «vida y buenas costumbres». Con el auxilio de testigos y documentos, el aspirante demostraba que era «persona blanca», hijo de «legítimo matrimonio», descendiente de cristianos viejos «limpios de toda mala raza». Se excluía de la comunidad universitaria a los negros, zambos y mulatos y a quienes habían tenido en su familia alguna infamia, por razón de un penitenciado por la Inquisición o «alguna nota pública inmoral». Además, el estudiante debía gozar de buena posición económica, pues la Universidad exigía fuertes cantidades de dinero para conferir los títulos académicos.
Un verdadero espectáculo público, lleno de colorido, constituía el conferimiento de un título de Doctor. La ciudad entera estaba pendiente de la fecha del grado, pues en tal ocasión el doctorando se exhibía por las calles con una larga comitiva de profesores que iban a caballo, junto con un grupo de músicos con trompetas, tambores, clarines y chirimías. El doctorando cabalgaba muy ufano, al son de la música, luciendo sobre los hombros una fina muceta. El bonete se colgaba de una vara que, con tal fin, tenía prevenida uno de los doctores acompañantes. El grado se solía conferir en la capilla universitaria, donde el doctorando prestaba el juramento de defender la doctrina de la Inmaculada Concepción y obedecer a los rectores de la Universidad. Allí recibía también las insignias doctorales, que encerraban un hondo significado: la imposición del bonete anunciaba a todos que era nuevo doctor; el libro indicaba que tenía que transmitir la enseñanza, tanto a los seglares como a los religiosos; el anillo era señal de que había realizado un desposorio con la sabiduría y debía guardarle fidelidad, como si fuera su legítima esposa; y el ósculo de paz significaba que debía cultivar la fraternidad entre sus colegas.
La Reforma de 1827: El Nacimiento de la Universidad Republicana
El vendaval independentista no solo transformó las fronteras políticas; también sacudió los cimientos del saber. La vieja universidad colonial, elitista y fundamentalmente eclesiástica, sería reemplazada por la universidad republicana, más abierta, dinámica, tolerante y científica. El punto de inflexión llegó durante el primer semestre de 1827. En Caracas, Simón Bolívar preparó la reforma de la institución universitaria, asesorado por dos egresados de la Universidad colonial: el médico José María Vargas y el letrado José Rafael Revenga. Como resultado, el Libertador promulgó, el 24 de junio de 1827, un decreto que la reorganizaba sobre bases acordes con el nuevo sistema republicano, dejando de ser, definitivamente, «Real y Pontificia» para convertirse en la Universidad Central de Venezuela, aunque ya llevaba ese título desde 1826, cuando el gobierno de la Gran Colombia había reestructurado la enseñanza superior.
El decreto, en gran parte redactado por Vargas, además de establecer los planes de estudio para las diversas facultades y señalar normas muy detalladas para todos los aspectos de la vida universitaria, determinaba las rentas propias que debían servir de sustento económico a la institución, consistentes en propiedades territoriales como las haciendas de «Chuao», «Cata» y «Tacata». La reforma contemplaba la creación de nuevas cátedras y de laboratorios; la eliminación del odioso procedimiento de seleccionar los alumnos por el color de la piel; la reducción del costo de los derechos a pagar para obtener el título universitario; el aumento de sueldo del profesorado; y la utilización del castellano como idioma de estudio, que ya venía sustituyendo cada vez más al latín, tanto en las aulas como en los textos y exámenes. La Academia Nacional de la Historia confirma que entre los cambios más significativos se incluyó la desaparición de la figura del Cancelario, la dotación de un patrimonio propio para asegurar su futuro desarrollo y autonomía administrativa, y la eliminación de las limitaciones al ingreso de personas no blancas a los estudios universitarios.

Este proceso no fue meramente administrativo; representó un cambio de paradigma. La universidad dejó de ser un baluarte de la escolástica para abrirse, lentamente, a las luces de la modernidad. Se iniciaba así un nuevo capítulo en la historia de la educación venezolana, donde el conocimiento comenzaba a desprenderse de los dogmas del Antiguo Régimen para servir a los ideales de la naciente república.
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia (Venezuela): Boletín N° 417 (Enero-Marzo 2022)
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela (BibloFEP): Diccionario de Historia de Venezuela
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: Portal BVFE
- Redalyc: El origen liberal del concepto de Universidad Central. El caso de la Universidad Central de Venezuela
- Red Historia Venezuela: Fundación Red de Historia Venezuela
- Dialnet (Universidad de La Rioja): Portal Dialnet – Tiempo y Espacio
- Saber UCV (Repositorio Institucional): Orígenes Coloniales de la UCV
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 251- 254)
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