Sir Walter Raleigh – Incursiones al Orinoco y Guayana

Retrato grabado de Sir Walter Raleigh.
Retrato grabado de Sir Walter Raleigh, William Bray, Esq. FAS, Ed. y William Upcott. 1872. Diario y correspondencia de John Evelyn, FRS, Vol. III , Londres : Bell & Daldy, p. fac. p. 301. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

En la primavera de 1595, un corsario inglés de 43 años, favorito de la reina Isabel I, desafió la soberanía hispánica en el Nuevo Mundo al penetrar por las bocas del Orinoco hacia la Guayana en busca de la ciudad dorada de Manoa. Sir Walter Raleigh no solo buscaba oro: perseguía el sueño imperial de arrebatar a España el control de las riquezas americanas. Como señala la documentación del Archivo General de Simancas, la corona española denunció con firmeza los «arrebatos y crímenes» perpetrados por Raleigh en territorio del Rey, evidenciando una trama de «insolencias, crueldades, robos y muerte» en Santo Tomé de Guayana. La carta del gobernador Antonio de Berrío al rey Felipe II, conservada en el Archivo General de Indias, relata que Raleigh «quemó el pueblo y fuese a la mar con doscientos soldados… entró con balsas y un barco con cien hombres y subió cuarenta leguas río arriba», un testimonio que fija el inicio de una de las empresas más audaces y polémicas del siglo XVI en tierras venezolanas.

El contexto imperial: la pugna por el Dorado

A fines del siglo XVI, el mito de El Dorado había transformado la geografía del continente en un tablero de ambiciones. Para Inglaterra, Raleigh encarnaba la posibilidad de disputar el lugar imperial de España, y se convirtió en un ávido lector de los cronistas españoles —Francisco López de Gómara y Pedro Cieza de León—, aprendiendo castellano para comprender en profundidad el sistema colonial hispano. Su primera experiencia americana, en 1584 y 1589 cerca de la isla de Roanoke, había fracasado, pero le permitió popularizar en Inglaterra la papa y el tabaco. Sin embargo, fue la lectura de los relatos sobre el área ecuatorial como la más propicia para la «explotación» del oro lo que terminó por fijar su atención en el territorio comprendido entre el Orinoco y el Amazonas.

Para cuando Raleigh zarpó, la provincia de la Santísima Trinidad de Guayana era gobernada por Antonio de Berrío, quien había recabado innumerables datos, elaborado mapas y poseía amplios conocimientos de aquellos exuberantes y peligrosos parajes. Berrío representaba la avanzada española en la región, y sus archivos contenían la información más precisa sobre las rutas fluviales y los asentamientos indígenas del Orinoco medio. La corona española, consciente del valor estratégico de la Guayana, había invertido décadas en exploraciones y fundaciones, y la presencia de Raleigh en el área no era sino la punta de lanza de una rivalidad política que se extendía desde el Caribe hasta el Amazonas.

El historiador Pablo Ojer, en sus estudios sobre la expansión europea en el Orinoco, subraya que Raleigh cometió una tergiversación seria al afirmar que Orellana había fracasado en el descubrimiento de Guayana en 1542. En realidad, los españoles ya habían recorrido y cartografiado gran parte de la cuenca, y Berrío poseía un conocimiento acumulado que Raleigh supo explotar mediante el espionaje y el robo documental. Este trasfondo de rivalidad imperial y de acumulación de saber geográfico es esencial para comprender la verdadera dimensión de la incursión de Raleigh: no fue una exploración virgen, sino una operación de inteligencia sobre un territorio ya conocido y disputado.

La expedición de sir Walter Raleigh 1595: navegación, captura y violencia

Sir Walter Raleigh partió de Inglaterra con su buque insignia, el Destiny, de 440 toneladas, acompañado de otro navío y una tripulación que superaba los doscientos hombres. El 4 de abril de 1595 llegó a San José de Oruña, en la isla de Trinidad, donde residía el gobernador Berrío. Una de sus primeras acciones fue poner preso a Berrío y a Álvaro Jorge, su lugarteniente, apoderándose de todos sus libros, mapas y archivos. Luego, forzó al gobernador español a servirle de guía, indicándole las rutas y los pasajes hacia el interior de Guayana. Esta táctica de captura e integración de las élites coloniales fue un sello característico de la estrategia de Raleigh, quien entendía que el conocimiento local valía más que cualquier brújula.

DescripciónRaleigh, con escolta armada, dirige a los cautivos españoles hacia un bote salvavidas, con la ciudad en llamas a sus espaldas. 1850. Grabado en madera. Fuente British Museum. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
Número de activo
753272001.
Sir Walter Raleigh, con escolta armada, dirige a los cautivos españoles hacia un bote salvavidas, con la ciudad en llamas a sus espaldas. 1850. Grabado en madera. British Museum. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

La navegación por el Orinoco fue una empresa de alto riesgo. Las crónicas indican que Raleigh cayó gravemente enfermo al llegar a las bocas del río, afectado por fiebres y la humedad tropical. No obstante, la expedición logró remontar el caudal en balsas y un barco con cien hombres, alcanzando los primeros saltos del río Caroní, a unas cuarenta leguas de la desembocadura. Según el documento del AGI citado por el historiador Miguel Ángel Perera, los indígenas entregaron a los ingleses «algunas planchas de oro» y establecieron «muchas alianzas y amistad con el cacique Morequito», quien les mostró una mina de oro. De allí se llevaron «cuatro pipas» de tierra para realizar ensayos metalúrgicos en Inglaterra, dejando como señal de posesión «un escudo de armas de la Reina» clavado en un árbol, un gesto simbólico de apropiación territorial que los españoles denunciaron como un acto de piratería.

Los informes españoles recogidos en el Archivo General de Indias documentan que los ingleses cometieron «crueldades, robos y muerte» en tierra del Rey, y que los indios declararon que esperaban a Sir Walter Raleigh «durante el tiempo de la luna del mes de marzo», evidencia de la red de alianzas y temores que el corsario supo tejer entre las poblaciones locales. La violencia física se combinó con la violencia simbólica del saqueo documental: Raleigh no solo quemó pueblos, sino que se llevó consigo el archivo de la gobernación, un botín que resultaría tan valioso como el oro que no encontró.

Alianzas indígenas y diplomacia en el Orinoco

Uno de los aspectos menos explorados pero más fascinantes de la incursión de Raleigh es su capacidad para establecer alianzas con las naciones indígenas del Orinoco. Sir Walter Raleigh supo que las naciones que poblaban el área eran «indios guayanos desde el sitio de Morequito hasta la provincia de Caripana», a la que él llamaba «Emeria», y que se autodenominaban «Orenoqueponi» por vivir en las inmediaciones del río. Este conocimiento etnográfico, obtenido de los papeles de Berrío y de los interrogatorios a los cautivos, le permitió a Raleigh identificar a los caciques más influyentes y tejer una red de alianzas que facilitó su avance.

En su regreso hacia la costa, Raleigh negoció con el cacique Topiawari un intercambio de hombres que revela su visión estratégica a largo plazo: recibió a un hijo del líder indígena a cambio de dejar a los capitanes Francis Sparrey (20 años) y Hugh Goodwin (18 años) para que aprendieran la lengua, exploraran y trazaran mapas de la zona. Goodwin fue reencontrado por Raleigh en 1617, «casi transformado en indio», según testimonio de los cronistas, habiendo adoptado las costumbres y el idioma de los nativos. Sparrey, por su parte, fue arrestado en 1596 por las autoridades españolas y llevado a las cárceles de Sevilla y Madrid, donde permaneció cautivo durante años, convirtiéndose en una fuente de información para la corona sobre los planes ingleses.

Esta diplomacia indígena no fue un gesto aislado, sino parte de una concepción más amplia de Raleigh sobre el poder en América. Entendía que el control territorial no se lograba solo con cañones, sino con alianzas que debilitaran la hegemonía española entre los pueblos originarios. Los caciques Morequito y Topiawari vieron en el inglés un contrapeso al dominio hispano, y por ello le brindaron información y guías, aunque también mantuvieron una prudente distancia, conscientes de que los europeos, fueran españoles o ingleses, representaban una amenaza para su autonomía.

El mapa robado y la manipulación documental

El botín más valioso que Raleigh extrajo de Guayana no fue el oro, sino los papeles de Berrío. Como revela el cotejo documental realizado por el Archivo General de Indias, Raleigh presentó en Inglaterra las actas de tomas de posesión que Vera e Ibargoyen habían efectuado en nombre de la corona española, y las utilizó como prueba de la viabilidad de sus proyectos. Sin embargo, al comparar la versión inglesa de estas actas con el texto autenticado que se guarda en el Archivo de Indias, los historiadores han advertido diferencias tan llamativas que descubren la manipulación de que fueron objeto por parte de Raleigh. El propio Pablo Ojer documenta cómo Raleigh insertó párrafos enteros que no figuraban en los originales, añadiendo referencias a la existencia de minas de oro y a la hostilidad indígena contra los españoles, con el fin de justificar su empresa ante la reina y los inversores.

La tergiversación se extendió a tres extremos: probar la difícil situación de los españoles en Guayana frente a la hostilidad indígena; certificar la localización de El Dorado insertando la fábula de los indios cubiertos de polvo de oro; y atestiguar la existencia de la ciudad de Manoa, incluyendo noticias sobre el país interior que servían a ese propósito. Como ha señalado la historiografía, «mayor «doradismo» fanático y poseso no puede darse». Raleigh construyó un relato que no solo reflejaba sus deseos, sino que moldeaba la realidad a la medida de su proyecto imperial, una práctica que hoy llamaríamos «fake news» pero que en el siglo XVI era una herramienta habitual de la propaganda de corte.

Con esos materiales robados y manipulados, Raleigh publicó en 1596 El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana, un libro que fue un éxito editorial inmediato y se convirtió en una de las piezas más importantes de la literatura de viajes isabelina. El British Museum conserva el manuscrito Add. 17940, A, que contiene un facsímil del mapa de Guiana con los cursos del Orinoco, dibujado por o para Sir Walter Raleigh hacia 1595, y que constituye una prueba material de cómo la cartografía se convirtió en un arma geopolítica. Lo que hoy se llamaría un acto de «cortar y pegar» se transformó en la base documental del reclamo británico sobre la Guayana, un reclamo que perduraría hasta el siglo XIX y que tendría profundas consecuencias en las fronteras de la Venezuela republicana.

El mito de El Dorado y las «ciudades fabulosas»

Raleigh escuchó de los nativos historias «fantásticas» sobre ciudades fabulosas en el interior y la existencia de las Amazonas, relatos que se fundían con los antiguos mitos europeos de las minas del rey Salomón y el Paraíso Terrenal. Su relato, The Discoverie of the Large, Rich and Bewtiful Empire of Guiana, publicado en 1596, no solo describía un imperio de oro, sino que lo dotaba de una organización política y social que rivalizaba con la de los incas o los aztecas. Raleigh afirmaba haber visto «ciudades más grandes que las de España» y un lago de agua dulce de dimensiones bíblicas, elementos que mezclaban la observación empírica con la ficción literaria.

Sin embargo, el historiador Neil L. Whitehead, antropólogo británico que viajó por la misma ruta de Raleigh en el Orinoco, señala que debemos cuestionar «cómo Ralegh, el isabelino por excelencia, obtuvo su información, y cómo debemos interpretarla». Whitehead, en su edición crítica de la obra de Raleigh, demuestra que muchas de las fuentes orales indígenas fueron filtradas a través de los intérpretes españoles y de los papeles de Berrío, lo que introduce un sesgo de traducción y de interés político. Además, Whitehead destaca que el texto permite iluminar «los enfrentamientos militares de Ralegh con los españoles, la diplomacia con los reyes nativos, los encuentros enigmáticos con monstruos y la búsqueda de oro»; es decir, es un documento polifónico que refleja las múltiples capas de la experiencia colonial.

El mito de El Dorado, alimentado por Raleigh, no solo impulsó nuevas expediciones inglesas y holandesas, sino que también generó una literatura de viajes que influyó en la imaginación europea durante siglos. Autores como Shakespeare y Milton se inspiraron en los relatos de Raleigh para crear paisajes exóticos y utopías americanas. Pero detrás del mito había una realidad más prosaica: la explotación de los indígenas, la deforestación de las riberas y la violencia estructural de la conquista. Raleigh, sin saberlo, estaba construyendo el arquetipo del explorador romántico que, a la vez, era un pirata y un propagandista.

La segunda expedición de 1617-1618: el viaje del retorno

El sueño de Raleigh no se extinguió con el regreso a Inglaterra. Tras años en la Torre de Londres, donde escribió su Historia del Mundo, convenció al rey Jacobo I de autorizar una segunda expedición a Guayana, con la promesa de encontrar minas de oro que llenarían las arcas de la corona. El 28 de Marzo de 1617, Raleigh zarpó con una flota de catorce naves, una fuerza considerable que reflejaba el apoyo real y la inversión de particulares. Su nave capitana llevaba «treinta y seis piezas de artillería y 200 hombres», un poderío bélico que superaba al de muchas escuadras españolas.

Llegaron a la costa de Guayana el 17 de noviembre de 1617, pero Raleigh, afectado por fiebres recurrentes y la edad (65 años), no pudo dirigir personalmente las operaciones. Ordenó a cinco naves pequeñas, bajo el mando de su lugarteniente Lawrence Keymis, que remontaran el Orinoco en busca de las minas prometidas. El 10 de diciembre de 1617, Keymis y el sobrino de Raleigh, George, entraron por el río Manamó hacia el Orinoco con el grueso de la fuerza, pero la expedición se topó con la resistencia española en Santo Tomé de Guayana, donde el gobernador Diego Palomeque había reforzado las defensas. En el asalto, el hijo de Raleigh, Wat, murió «de cara al enemigo», un golpe devastador para el anciano corsario. La expedición fracasó estrepitosamente: no encontraron oro, sufrieron bajas significativas y tuvieron que retirarse sin lograr ningún objetivo.

A su regreso a Inglaterra, la violación de la paz con España por parte de Raleigh provocó la queja formal de la corte española. El rey Jacobo, necesitado de mantener relaciones cordiales con Madrid, ordenó su arresto y ejecución. El 29 de octubre de 1618, Raleigh fue decapitado en el patio del Palacio de Westminster, con base en una sentencia de muerte anterior dictada en 1603 por su presunta participación en una conjura contra el rey. La comisión que le juzgó hizo caso omiso de lo ocurrido en Guayana, pero para contentar a España se mandó cumplir la sentencia, cerrando así la vida de uno de los personajes más controvertidos de la época isabelina.

Fuentes documentales de primera mano y legado historiográfico

La documentación sobre las incursiones de Raleigh es excepcionalmente rica. El Archivo General de Indias conserva legajos como «Güayana. 1617-1621. Walter Raleigh», que detalla sus «manejos» y la «preparación de su expedición pirática». La edición de 1928 de la Hakluyt Society incluye «documentos españoles inéditos relativos a la expedición de Ralegh a Guayana (1595)», que permiten cotejar las afirmaciones del inglés con los informes de los funcionarios españoles. El British Museum, por su parte, alberga el mapa Add. 17940, A, que es una ventana a la cartografía del siglo XVI y a las técnicas de representación del espacio amazónico.

El relato de Raleigh es considerado por la antropología histórica como «una fuente fundamental para la antropología histórica de las Américas». Neil L. Whitehead, en su obra The Discoverie of the Large, Rich, and Bewtifvl Empyre of Gviana (1997), realiza un análisis crítico que desentraña las capas de significado del texto, mostrando cómo Raleigh amalgamó informes españoles, testimonios indígenas y su propia imaginación. Whitehead también subraya que la expedición de 1595 debe leerse en el contexto de las guerras de religión y de la rivalidad anglo-española, que alcanzó su punto álgido con el ataque a Cádiz en 1596, en el que Raleigh participó activamente.

El historiador venezolano Elias Pino Iturrieta, en su Historia Global de Venezuela, sitúa la incursión de Raleigh como un hito en la configuración de la frontera oriental de Venezuela, pues las pretensiones británicas sobre el Esequibo tienen su germen en las descripciones de Raleigh y en los mapas que él difundió. La Guayana que Raleigh describió con prosa brillante era, en rigor, la Guayana que Berrío había cartografiado; el Dorado que prometió era el espejismo que los españoles llevaban décadas persiguiendo. Su verdadera conquista no fue territorial, sino documental: supo leer, robar y reescribir la historia para ponerla al servicio de su reina y de su propia leyenda.

La memoria de Raleigh en Venezuela es ambivalente. Por un lado, es recordado como un aventurero que osó enfrentar al Imperio español; por otro, como el precursor de una presencia británica que disputaría la soberanía de la Guayana hasta el siglo XX. Las fuentes del Archivo General de la Nación en Caracas recogen testimonios de la época que lo describen como «un pirata de cuidado» y «enemigo de la fe católica», pero también como un personaje que, sin saberlo, contribuyó a fijar la atención de Europa sobre una región que permanecía en los márgenes de la historia colonial.

El peso de los papeles robados

La incursión de Sir Walter Raleigh al Orinoco y Guayana no fue, en definitiva, una expedición científica ni un acto de exploración desinteresada. Fue una operación de inteligencia imperial, un robo de archivos y un ejercicio de manipulación narrativa que transformó los mapas y los papeles de un gobernador español en el mito fundacional de la presencia inglesa en el norte de Sudamérica. Raleigh supo leer el tiempo histórico con una clarividencia que sus contemporáneos no tuvieron: entendió que el control del territorio se juega tanto en los campos de batalla como en los gabinetes de los reyes, y que los documentos, bien manipulados, pueden valer más que una flota de galeones. Su legado no es el oro que no encontró, sino la historia que reescribió. Y esa historia, como las aguas del Orinoco, sigue fluyendo a través de los siglos, alimentando disputas fronterizas y debates académicos que aún no han encontrado un cauce definitivo.

Fuentes Oficiales

Fuentes académicas

  • Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
  • Raleigh, W. (1596). The Discoverie of the Large, Rich, and Bewtifvl Empyre of Gviana. Londres: Robert Robinson. Edición anotada por Neil L. Whitehead (1997) en Google Books.
  • Whitehead, N. L. (1997). The Discoverie of the Large, Rich, and Bewtiful Empyre of Guiana. University of Oklahoma Press. Ficha editorial.
  • Ojer, P. (1966). La formación del Oriente venezolano. Universidad Católica Andrés Bello. Publicaciones UCAB.

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Ani Garcia

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