
Conquista, conflicto y fracaso en la frontera imperial del siglo XVI
En el ocaso de 1538, en algún paraje del valle de los Tiznados —en los llanos del actual Guárico—, el conquistador Antonio Sedeño y Ordaz expiraba envenenado. Según el cronista Juan de Castellanos, que con catorce años se había enrolado en sus filas, la muerte llegó por unas yerbas que le administró su propia amante, Ana Francisca. El gobernador de Trinidad, lejos de los puertos y las rutas comerciales que había frecuentado durante tres décadas, sellaba así el fracaso de uno de los proyectos de poblamiento más ambiciosos y erráticos de la expansión española en el oriente de Tierra Firme. Sus expediciones al Orinoco, emprendidas entre 1530 y 1538, no lograron fundar ciudades duraderas, ni descubrieron los codiciados metales que prometían las leyendas, ni siquiera consolidaron una presencia estable en la isla de Trinidad. Sin embargo, su trayectoria —marcada por la competencia entre capitanes, la resistencia indígena, la desobediencia a la Audiencia y la precariedad logística— ofrece una ventana privilegiada para comprender las dinámicas políticas, económicas y administrativas que definieron la conquista de la cuenca del Orinoco en el siglo XVI.
La capitulación de 1530 y los orígenes de un conquistador atípico
Antonio Sedeño no era un recién llegado a las Indias cuando firmó su capitulación. En 1512 embarcó en Sevilla rumbo a Puerto Rico, junto a dos esclavos, con el título de contador de la Real Hacienda y un salario de 40.000 maravedís al año. Para 1515 ya fungía como regidor de la isla y había hecho fortuna con diversos negocios, entre ellos la compra-venta de esclavos. Hombre inquieto y ambicioso —»más en su pretensión tan gran gigante que tenía lo más por poca cosas», como lo describe Castellanos—, en 1518 armó una flotilla de tres carabelas y dos bergantines con más de doscientos cincuenta hombres para buscar un paso hacia las tierras de la Especiería por entre el cabo de Higueras y el norte de Yucatán. La expedición fue un desastre: una gran tormenta dispersó la flota y los barcos se perdieron cerca del cabo Gracias a Dios.
No fue hasta el 12 de julio de 1530 cuando Sedeño obtuvo la licencia real y el nombramiento de Capitán y Gobernador General de Trinidad. Partió de Sanlúcar de Barrameda, recaló en Puerto Rico y llegó a la isla de Trinidad el 08 de noviembre de 1530 con dos carabelas y setenta hombres, desembarcando en la bahía de Erin, el único punto de la costa conocido entonces por los españoles.
Los caciques de Trinidad: alianzas y traiciones
Uno de los aspectos menos conocidos de la expedición de Sedeño es la compleja red de alianzas que tejió con los caciques locales. A su llegada, fue recibido por el cacique Maruana, quien veía en los españoles la posibilidad de defenderse de sus enemigos indígenas. Sedeño distribuyó regalos entre los nativos y, durante un breve periodo de paz, construyó un fuerte.
Sin embargo, el trato de los españoles se tornó severo cuando comenzaron a escasear los alimentos. Sedeño ordenó incursiones en la aldea de Cumucurapo, en el norte de la isla —cuyo nombre significa «el lugar de los árboles de ceiba»—, lo que desató la hostilidad de los indígenas. Todos los grupos nativos, excepto los liderados por Maruana, atacaron a los españoles y obligaron a Sedeño a huir. Maruana, sin embargo, mantuvo su alianza y ayudó a los españoles en su retirada.
La situación se recrudeció en 1533, cuando Sedeño construyó el fuerte de Cumucurapo, nombrado así por los amerindios de la zona. La batalla de Cumucurapo, librada en septiembre de ese mismo año, fue particularmente sangrienta: 127 españoles y 6.000 amerindios perdieron la vida antes de que los españoles reclamaran la victoria. A pesar de este triunfo militar, la estabilidad seguía siendo frágil.
El conflicto con Diego de Ordaz y la disputa por Paria
Paralelamente a los conflictos con los indígenas, Sedeño enfrentó la competencia directa de otros conquistadores. Diego de Ordaz, quien había participado en la conquista de México con Hernán Cortés y había escalado el Popocatépetl en erupción, obtuvo el 20 de mayo de 1530 la gobernación del Marañón, desde la desembocadura del Amazonas hasta Maracapana. Ordaz reclamaba derechos sobre Paria y el Orinoco, territorios que Sedeño consideraba suyos.
En 1534, Ordaz tomó el Fuerte Paria —una fortaleza de empalizadas de madera construida por Sedeño en 1530— y lo mantuvo prisionero durante seis meses El Fuerte Paria era la única base española permanente en la provincia, y su pérdida fue un duro golpe para los planes de Sedeño.
Tras la muerte de Ordaz en 1532, sus lugartenientes Alonso de Herrera y Jerónimo de Ortal reclamaron la gobernación de Paria. Ortal, que había participado como tesorero en la expedición de Ordaz, fue nombrado por la Corona en 1533 como gobernador de la provincia de Paria. En octubre 1534, Ortal regresó al Fuerte Paria con un ejército bien equipado, donde Herrera lo esperaba. La superposición de jurisdicciones generó tensiones que la Audiencia de Santo Domingo intentó resolver sin éxito.
La desobediencia a la Audiencia y el envío de Juan de Frías
El conflicto jurisdiccional alcanzó su punto crítico en 1536, cuando Sedeño y Ortal reclamaban jurisdicción sobre la región del río Meta, donde, según se suponía, estaba el camino hacia tierras habitadas por indios ricos en oro. La Real Audiencia de Santo Domingo designó al 04 de noviembre de 1536 a su fiscal, el licenciado Juan de Frías, para que se trasladara a Tierra Firme y tomara cuentas a Sedeño.
Frías, un funcionario experimentado que más tarde sería gobernador de Venezuela en 1545-1546, salió de Cubagua con un capitán, un escribano y un alguacil para apresar a Sedeño. Sin embargo, Sedeño se rebeló y apresó a Frías y a su gente, «haciéndoles pasar muchas miserias». El fiscal permaneció cautivo hasta 1539, cuando la muerte de Sedeño le devolvió la libertad.
Este episodio revela una faceta poco conocida de Sedeño: su absoluta disposición a desafiar a la autoridad real cuando sus intereses estaban en juego. La detención de un funcionario de la Audiencia era un delito grave que cerraba cualquier posibilidad de regularizar su situación.
La expedición al Meta y el colapso final
Como resultado del proceso judicial, la Audiencia prohibió a Sedeño realizar la expedición al Meta, pero este desconoció la provisión. A pesar de la orden, organizó en 1536 una incursión hacia el sur con unos 150 hombres, adentrándose en territorios que corresponden al actual estado Guárico.
La expedición enfrentó dificultades crecientes: deserciones, escasez de suministros y el desgaste de una travesía por territorios hostiles. Muchos participantes abandonaron la empresa para unirse a las campañas en el Perú, que ofrecían perspectivas de riqueza mucho más tangibles. La tropa se fue desintegrando en un contexto de aislamiento y precariedad.
Fue en este contexto donde ocurrió el envenenamiento de Sedeño, camino al Meta, en 1538. Tras su muerte, sus fuerzas se dividieron en dos contingentes: uno al mando de Reinoso —probablemente Pedro de Reinoso, quien en 1536 había participado en la exploración de Cumaná y Cubagua— y otro bajo el mando de Juan de Castellanos, el joven cronista que años después inmortalizaría estos hechos. Castellanos siguió hacia el Meta con el resto de la compañía, pero en enero de 1539, la tropa, ya dividida en dos bandos, regresó. Reinoso pereció en el intento, mientras que Castellanos logró alcanzar la costa de Paria, cerrando así, con la muerte de Sedeño y la dispersión de sus huestes, el último capítulo de la gobernación de Trinidad en el olvido de los llanos.
El legado historiográfico de un fracaso fundacional
El impacto inmediato de las iniciativas de Sedeño fue limitado. No logró consolidar un asentamiento permanente en Trinidad —la isla no sería colonizada de forma efectiva hasta la fundación de San José de Oruña en 1592—, no estableció poblaciones estables en el Orinoco y no obtuvo recursos minerales significativos. Su conflicto con la Audiencia y con otros capitanes redujo su margen de maniobra y dificultó la continuidad de sus proyectos.
Sin embargo, desde una perspectiva historiográfica, sus expediciones aportan elementos relevantes para comprender la dinámica de la expansión española en el oriente venezolano. En primer lugar, contribuyeron al conocimiento geográfico de la cuenca baja del Orinoco y sus conexiones con el Meta. Las rutas recorridas por Sedeño, Ordaz, Ortal y Herrera delinearon los contornos de una geografía que, aunque no cumplió las expectativas económicas de la época, sentó las bases para futuras exploraciones.
En segundo lugar, la trayectoria de Sedeño ilustra las tensiones entre iniciativa privada y control institucional que caracterizaron el sistema de conquista. La competencia entre capitanes, la superposición de jurisdicciones y la fragilidad de la autoridad real generaban conflictos que a menudo sabotearon los objetivos imperiales.
En tercer lugar, los enfrentamientos y alianzas con los caciques Maruana, Cumucurapo y Turipari muestran la complejidad de las relaciones interculturales en la región. Las resistencias locales, lejos de ser obstáculos menores, influyeron de manera decisiva en el desarrollo de los asentamientos y en la permanencia de las guarniciones.
La muerte de Sedeño, envenenado por su propia amante en un valle perdido de los llanos, es quizás el epílogo más elocuente de una empresa que combinó ambición, violencia y desobediencia. Su figura, analizada desde una perspectiva imparcial, se integra en el conjunto de actores que participaron en la configuración temprana del espacio colonial en el Caribe y la cuenca del Orinoco —un espacio que, durante décadas, permanecería como una frontera incierta y disputada.
Fuentes Oficiales
- Real Academia de la Historia — Biografía de Antonio de Sedeño y Ordaz
- Real Academia de la Historia — Biografía de Juan de Frías
- Fundación Empresas Polar — Diego de Ordaz
- Fundación Empresas Polar — Cronología de Venezuela, 1536
- Military Museum of Trinidad and Tobago — Spanish Trinidad
- Centro Virtual Cervantes — Juan de Castellanos
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