Tratado de Tordesillas (1494): el acuerdo que dividió el mundo entre España y Portugal

Tratado de Tordesillas
Tratado de Tordesillas. Arhivo General de Indias. CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

El 7 de junio de 1494, en la villa vallisoletana de Tordesillas, los representantes de los Reyes Católicos y del monarca portugués Juan II estamparon sus firmas en uno de los documentos diplomáticos más trascendentales de la historia moderna. El Tratado de Tordesillas no fue un mero ajuste de fronteras: constituyó el primer intento sistemático de dos potencias europeas por repartirse las tierras y mares de un hemisferio entero, estableciendo una línea de polo a polo que definiría el destino de dos imperios y marcaría para siempre la configuración geopolítica de América.

Las bulas alejandrinas de 1493: el fundamento pontificio de la expansión castellana

El regreso de Cristóbal Colón a la Península en marzo de 1493 desencadenó una inmediata reacción diplomática en la corte de los Reyes Católicos. Conscientes de que el hallazgo de nuevas tierras al otro lado del Atlántico requería un respaldo jurídico indiscutible, los monarcas solicitaron al papa Alejandro VI —el valenciano Rodrigo de Borja, elegido pontífice en 1492— que otorgase a la Corona de Castilla la propiedad y jurisdicción sobre los territorios descubiertos y por descubrir al oeste de cierta línea imaginaria. El papa, natural de la Corona de Aragón y con estrechos vínculos con los Reyes Católicos, emitió entre mayo y septiembre de 1493 un conjunto de cuatro bulas que constituirían la base teológica y jurídica de la expansión ultramarina castellana.

La primera de ellas, Inter caetera (3 de mayo de 1493), donó a los soberanos castellanos todas las tierras que no estuviesen bajo dominio cristiano efectivo, siempre que se hubieran descubierto o se descubriesen en el futuro. Pero fue la segunda Inter caetera, fechada el 4 de mayo de 1493, la que fijó un criterio geográfico concreto: una línea trazada de polo a polo a 100 leguas al oeste de las islas de Azores y Cabo Verde. Todas las islas y tierras firmes halladas al occidente de esa raya quedarían bajo soberanía castellana, con la obligación expresa de enviar a sus pobladores «varones católicos, temerosos de Dios, doctos y hábiles» para instruirlos en la fe cristiana.

A esta bula le siguieron Eximiae devotionis (16 de mayo de 1493), que equiparaba los privilegios concedidos a Castilla con los que Portugal poseía en África y Guinea, y Dudum siquidem (25 de septiembre de 1493), que ampliaba la donación a todas las tierras que se descubrieran hacia el occidente, incluyendo incluso las que estuvieran en la ruta de la India por el este, si no pertenecían a un príncipe cristiano. El monarca portugués Juan II, al conocer estas concesiones, consideró que sus derechos en el Atlántico habían sido vulnerados y amenazó con armar una flota para disputar las nuevas tierras, lo que forzó a los Reyes Católicos a sentarse a negociar directamente con Lisboa.

El carácter unilateral de las bulas —otorgadas sin consultar a la Corona portuguesa— y su abierta parcialidad hacia Castilla hicieron que Juan II las rechazara de plano. Sin embargo, el papa Alejandro VI había logrado un objetivo estratégico: conceder a los Reyes Católicos un título de soberanía de naturaleza espiritual que, aunque cuestionado por Portugal, otorgaba a la empresa colombina un aura de legitimidad divina. La presión diplomática portuguesa, sumada a la imposibilidad de ejecutar materialmente la línea de las 100 leguas, llevaría a las dos coronas a sustituir el arbitraje papal por un tratado bilateral en Tordesillas, pero el andamiaje doctrinal de las bulas permaneció como fuente primaria del derecho de patronato regio sobre la Iglesia americana durante toda la época colonial.

El tablero diplomático previo: de Alcáçovas a las bulas alejandrinas

La rivalidad luso-castellana por la expansión atlántica venía de largo. En 1479, el Tratado de Alcáçovas había puesto fin a la guerra de sucesión castellana y reconocido a Portugal la soberanía sobre las rutas africanas, las islas de Madeira, Azores y Cabo Verde, además de los territorios descubiertos al sur de las Canarias. Sin embargo, el regreso de Cristóbal Colón en marzo de 1493 tras su primer viaje al Nuevo Mundo reabrió las hostilidades diplomáticas. Juan II reclamó las tierras descubiertas como suyas, argumentando que Colón había navegado al sur de Canarias —zona reservada a Portugal según Alcáçovas—, mientras los Reyes Católicos sostuvieron que el viaje se había realizado hacia el oeste, no hacia el sur.

Mapa del Tratado de Tordesillas, (Recreación). Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
Mapa del Tratado de Tordesillas Siglo XV, Recreación. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ante la imposibilidad técnica de precisar la latitud exacta del Caribe, ambas coronas apelaron al papa Alejandro VI, de la familia Borja, quien tomó partido por Castilla mediante cuatro bulas sucesivas entre mayo y septiembre de 1493. La célebre bula Inter caetera estableció que todas las tierras descubiertas a 100 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde pertenecerían a la Corona de Castilla, otorgándoles además la obligación de evangelizar sus poblaciones. Juan II, en posición desfavorable, se avino a negociar un nuevo acuerdo.

El contenido del documento y su custodia

El Tratado de Tordesillas está constituido por las capitulaciones sobre demarcación y límites del Mar Océano firmadas por los embajadores de ambos monarcas. Al ser un tratado bilateral, existen dos originales: la versión castellana se conserva en el Arquivo Nacional da Torre do Tombo (Lisboa), y la versión portuguesa en el Archivo General de Indias (Sevilla). En 1505, el papa Julio II confirmó el tratado mediante la bula Ea quae pro bono. En 2007, España y Portugal inscribieron conjuntamente el documento en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.

Consecuencias para América y el nacimiento del Brasil

El Tratado de Tordesillas tuvo implicaciones profundas y duraderas para el continente americano. La línea fijada a 370 leguas al oeste de Cabo Verde otorgó a Portugal la porción oriental de Sudamérica, lo que dio origen a la colonización portuguesa de Brasil. Al resto del continente —incluyendo la totalidad del territorio que hoy ocupa Venezuela, las Guayanas y el conjunto de la América hispana— le correspondió a la Corona de Castilla.

El tratado, sin embargo, no fue reconocido por ninguna otra potencia colonizadora. Inglaterra, Francia y Holanda desconocieron sistemáticamente el reparto bilateral, lo que generó conflictos posteriores en las costas de Guayana y el Caribe. La anécdota atribuida al rey Francisco I de Francia resume el escepticismo de las potencias excluidas: “Si Adán, en su testamento, había dejado el mundo a Castilla y Portugal”.

El legado del tratado en la historia de Venezuela

Para la historiografía venezolana, el Tratado de Tordesillas constituye el primer título de soberanía de la Corona española sobre el territorio que hoy comprende la República. La línea de demarcación fijó a Venezuela dentro de la esfera castellana, y los sucesivos instrumentos coloniales —como la Real Cédula de Carlos III del 8 de septiembre de 1777, que creó la Capitanía General de Venezuela— consolidaron esa jurisdicción incorporando la provincia de Guayana con límite oriental en el río Esequibo.

La vigencia de los principios establecidos en Tordesillas se extendió mucho más allá del periodo colonial. La reclamación de Venezuela sobre la Guayana Esequiba encuentra uno de sus fundamentos históricos en la sucesión de derechos de la Corona española, heredados por la República en 1811. El tratado, en este sentido, es una fuente histórica y jurídica originaria de la propiedad de España sobre las bocas del Orinoco y el territorio del Esequibo.

El primer tratado moderno y la memoria del mundo

El Tratado de Tordesillas ha sido considerado el primer tratado moderno de la historia europea, pues por primera vez los diplomáticos estuvieron asesorados por dos grupos de peritos técnicos —cosmógrafos, cartógrafos y navegantes— que argumentaban con base en conocimientos científicos. No fue un simple documento de reparto, sino un complejo ejercicio de geopolítica que combinó derecho canónico, diplomacia, cartografía y proyección imperial.

Más allá de su dimensión jurídica, el tratado permitió el encuentro de continentes y civilizaciones separados por mares ignotos. Es, como lo definió la UNESCO, un testimonio esencial para comprender la historia de América y las relaciones económicas y culturales entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Su inscripción en el Registro de la Memoria del Mundo en 2007 no solo reconoce su valor documental, sino también su papel como espejo de la diversidad de lenguas, pueblos y culturas que emergieron del proceso de colonización.

La línea trazada en Tordesillas, aunque concebida como un meridiano fijo, fue en la práctica una frontera movediza que los tratados posteriores —como el de Lisboa (1681) o el de Límites (1750)— intentaron precisar sin éxito definitivo. La utopía de un mundo dividido entre dos coronas chocó con la realidad de un planeta demasiado vasto y con la voluntad de otras potencias por participar en su conquista. Sin embargo, la sombra de aquel acuerdo firmado en una villa castellana a orillas del Duero sigue proyectándose, más de cinco siglos después, sobre los mapas y las soberanías de América Latina.

Véase también

Fuentes Oficiales

Bibliografia física consultada

  • Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Periodo Prehispánico y colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ani Garcia

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