
Mucho antes de que las velas de las carabelas hispanas alteraran el curso del Orinoco, el territorio de la actual Venezuela ya era un laboratorio de innovación agrícola. Hacia el 4000 a. C., bandas de recolectores-cazadores iniciaron una transición que duraría milenios: de la apropiación de frutos silvestres a la siembra intencional de la yuca, el maíz y el ocumo. Este giro, conocido como la Revolución Neolítica en tierras suramericanas, no fue un evento único ni uniforme. En el occidente del país surgieron procesos autónomos; en el oriente, simbiosis con grupos amazónicos; en los Andes y los llanos, aldeas estables que fabricaban alfarería con desgrasante vegetal antes de la era cristiana. La agricultura precolombina en Venezuela no fue una copia tardía de otros focos civilizatorios, sino un mosaico de respuestas locales a un entorno diverso que va desde las selvas del Alto Orinoco hasta las costas del golfo de Cariaco.
Los cazadores-recolectores previos a la agricultura: el sustrato de 7000 a. C.
Antes de que existieran los conucos, el territorio venezolano estaba habitado por bandas nómadas cuya supervivencia dependía de la caza menor, la pesca fluvial y el marisqueo. En el Alto Orinoco, los hallazgos arqueológicos han documentado instrumentos de piedra (lascas, martillos y puntas de proyectil) destinados a la captura de fauna de pequeño porte, junto con basureros de valvas y conchas que evidencian el consumo sistemático de moluscos y crustáceos. Estas ocupaciones presentan una antigüedad aproximada de entre 7000 y 6000 a. C.. En la costa oriental, específicamente en las proximidades del golfo de Cariaco, se han recuperado restos de bivalvos que no eran exclusivamente locales: algunas especies parecen haber sido transportadas desde las costas del vecino golfo, lo que sugiere redes de movilidad o intercambio entre grupos costeros y del interior.
Este período, que los arqueólogos denominan de sociedades apropiadoras, carecía de cultivos y alfarería. Sin embargo, constituyó el caldo de cultivo necesario para las transformaciones posteriores. La transición no fue abrupta ni violenta; durante siglos, comunidades enteras combinaron la recolección de frutos silvestres con ensayos cada vez más sistemáticos de manejo de plantas útiles. La evidencia actual, aunque aún insuficiente para documentar cada fase en Venezuela, apunta a que la ocupación humana del territorio fue mucho más extensa y temprana de lo que se suponía hace décadas. Y lo que es más relevante: el paso de bandas apropiadoras a grupos tribales productores de alimentos parece haber sido un proceso generalizado en el norte de Suramérica, no una excepción venezolana.
Los primeros cultivos y la alfarería con desgrasante vegetal (4000 a. C. – 1500 a. C.)
Entre 4000 y 3000 a. C., ciertas poblaciones de recolectores-cazadores que habitaban la costa atlántica y las serranías del noreste de Colombia ya habían comenzado a cultivar plantas y a fabricar alfarería, utilizando en algunos casos un elemento técnico revelador: el desgrasante vegetal (fibras, ceniza de plantas o partículas de carbón mezcladas con la arcilla para evitar que las vasijas se agrietaran al secarse). Este mismo recurso aparece posteriormente en sitios venezolanos, estableciendo un puente tecnológico entre regiones.
En el bajo Amazonas, hacia 3000 a. C., grupos humanos surgidos probablemente de una matriz recolectora-cazadora generalizada ya fabricaban alfarería con desgrasante orgánico, practicaban algún tipo de cultivo y vivían en aldeas relativamente estables. La influencia o la coincidencia de estos desarrollos se sienten en Venezuela. En sitios arqueológicos ubicados en la selva tropical del Alto Orinoco, fechados alrededor de 3500 a. C. (1500 a. C.), se reporta la existencia de alfarería con desgrasante orgánico similar a la hallada en las capas más profundas del sitio La Gruta, en el estado Guárico, a orillas del Orinoco. Esta similitud no es anecdótica: indica la difusión o la adopción independiente de un paquete tecnológico asociado a la producción de alimentos.
En la costa nororiental, el conchero Guaya, ubicado en el golfo de Paria (estado Sucre), ha proporcionado fragmentos de alfarería rústica en sus capas superiores, fechados en 3500 a. C.. Sin embargo, estos tiestos no parecen haber sido manufacturados localmente, lo que sugiere que la alfarería llegó a esa zona como objeto de intercambio antes de que las propias comunidades la produjeran. Este patrón —primero la adopción de vasijas foráneas, luego la fabricación local— es común en procesos de neolitización en diversas partes del mundo.
La agricultura en los Andes venezolanos y los llanos de Barinas (1000 a. C. – inicio de la era cristiana)
La región andina venezolana ha sido tradicionalmente un área con escasos datos publicados, pero las investigaciones recientes están cambiando ese panorama. En la región de Caupo, estado Táchira, se ha identificado la posible presencia de recolectores de gastrópodos terrestres, aunque su edad todavía no está determinada con precisión. Más al norte, en el estado Mérida, las fechas de radiocarbono obtenidas en los últimos años indican que ya existían, para comienzos de la era cristiana, grupos tribales productores de alimentos y fabricantes de alfarería. No se trataba de poblaciones marginales o tardías: eran comunidades plenamente adaptadas a la altura, que combinaban el cultivo de tubérculos con el aprovechamiento de los recursos de páramo y valle.
En los llanos altos de Barinas, el panorama es igualmente revelador. Para comienzos de la era cristiana ya existían grupos dedicados al cultivo de yuca, fabricantes de alfarería. La yuca (Manihot esculenta Crantz) era el eje de la alimentación en muchas zonas bajas y de selva, y su procesamiento implicaba tecnologías específicas: buhardes (budenes o tostadores de arcilla) para la manufactura del cazabe, ese pan circular y crujiente que aún hoy se consume en la región. En el sitio Caño Grande, al sur del estado Zulia, se ha encontrado alfarería con desgrasante orgánico fechada en 600 a. C. dentro de un contexto agrícola vegetal asociado precisamente con buhardes para cazabe. Esto confirma que, al menos desde mediados del primer milenio antes de Cristo, la tecnología de procesamiento de la yuca estaba plenamente integrada en la vida cotidiana de las comunidades zulianas.
El valle de Quíbor y la complejidad sociopolítica (100 a. C. – 300 d. C.)
En la región norteña de los Andes y en los valles del estado Lara, el desarrollo agrícola alcanzó niveles excepcionales. Aquí, comunidades cultivadoras de maíz fabricaban alfarería policroma desde finales del último milenio antes de Cristo. Pero el caso más notable es el del valle de Quíbor, donde las sociedades tribales productoras habían alcanzado, entre comienzos de la era cristiana y el 300 d. C., un alto nivel de complejidad sociopolítica.
Lo que distingue a estas comunidades no es solo su agricultura, sino la sofisticación de sus manufacturas ceremoniales. Trabajaban la concha de Strombus gigas (el caracol reina del Caribe) para producir objetos rituales de gran belleza y complejidad técnica. Su alfarería muestra decoraciones pintadas con patrones geométricos y figurativos que denotan especialización artesanal y probablemente una estratificación social incipiente. Sin embargo, un debate historiográfico crucial rodea a esta cultura: ¿fue influenciada desde Colombia o desde el Amazonas?
La respuesta que dan los especialistas con base en las evidencias actuales es que no. El origen de las formas culturales del valle de Quíbor no puede buscarse en las comunidades tribales vegetales de las regiones vecinas de Colombia, que parten de una tradición cultural diferente, y mucho menos en las Antillas, que fueron colonizadas por agricultores ceramistas salidos del bajo Orinoco y del golfo de Paria en los inicios de la era cristiana. Es muy probable que sean el resultado de un proceso sociohistórico regional, originado localmente, en el cual desempeñaron un papel importante las transformaciones sociales ocurridas en el seno de las poblaciones de recolectores-cazadores antiguos que habitaban el occidente de Venezuela desde épocas muy remotas.
Este hallazgo es fundamental para entender la agricultura en Venezuela precolombina: no fue un fenómeno derivado o secundario, sino que en varias regiones —especialmente en el occidente— se gestó autónomamente a partir de dinámicas internas de larga duración.
El oriente venezolano, el golfo de Paria y las Antillas
Mientras el occidente desarrollaba trayectorias propias, el oriente venezolano actuaba como bisagra entre el continente y el Caribe insular. En el golfo de Paria, el bajo Orinoco y la costa del estado Sucre, las sociedades agroalfareras estaban plenamente consolidadas para los inicios de la era cristiana. Desde esta región partieron las migraciones de agricultores ceramistas que colonizaron las Antillas, llevando consigo la yuca, el maíz, el algodón y las técnicas de manufactura de vasijas con desgrasante vegetal y posteriormente con desgrasante de concha molida.
La presencia de alfarería rústica en el conchero Guaya, aunque manufacturada fuera de la zona, indica que el oriente no fue un espacio aislado. Por el contrario, participó en redes de circulación de bienes e ideas que conectaban la desembocadura del Orinoco con las islas del Caribe y, probablemente, con las costas de las Guayanas. Esta interconexión no implica, sin embargo, que todas las innovaciones llegaran desde fuera. En el oriente también se produjo una simbiosis entre poblaciones autóctonas y grupos humanos posiblemente relacionados con las llamadas sociedades formativas del piedemonte amazónico de los Andes peruanos, generando soluciones híbridas y originales.
Los centros de domesticación vegetal en el norte de Suramérica
Para comprender la agricultura venezolana precolombina es necesario situarla en un contexto continental más amplio. La región de la costa atlántica de Colombia presenta evidencias del posible cultivo de plantas desde hace 5000 a 6000 años. De acuerdo con las investigaciones paleobotánicas, esta región colombiana parece haber sido uno de los posibles centros de domesticación de la yuca (Manihot esculenta Crantz) en el norte de Suramérica. No fue el único. La región noroccidental de la actual Guyana y la costa noreste de Venezuela pudieron haber sido parte de un gran centro de domesticación de especies vegetativas como:
- El ñame (Dioscorea sp.)
- El ocumo (Xanthosoma sagitifolium)
- El lerén (Calathea allouia)
- La pericaguara, una especie de cannacea que produce raíces comestibles
Estas domesticaciones no requirieron semillas anuales; se propagan por fragmentos de tallo o raíz, lo que facilita su dispersión y su adaptación a suelos pobres y climas húmedos. Por esta razón, muchos de estos cultivos siguen siendo fundamentales en la agricultura de subsistencia de las comunidades indígenas y campesinas venezolanas actuales.
El maíz, aunque originario de Mesoamérica, fue incorporado más tardíamente a los sistemas agrícolas venezolanos. Cuando llegó, a través de rutas que todavía se investigan, encontró un mundo agrícola ya complejo, con tecnologías de procesamiento de tubérculos, sistemas de drenaje y almacenamiento, y una alfarería especializada. En los valles de Lara y Trujillo, el maíz se convirtió en un cultivo ceremonial y alimentario de primer orden, como lo atestiguan las vasijas decoradas con moldeado inciso de la Tradición El Tocuyo (estado Lara), fechadas alrededor del 100 a. C., y las figurinas antropomorfas de Carache, estado Trujillo, correspondientes al período 1200-1500 d. C., que representan deidades o ancestros vinculados a la fertilidad agrícola.
La alfarería como marcador de la revolución agrícola

En la arqueología venezolana, la presencia de alfarería se ha convertido en un marcador confiable de la adopción de la agricultura, aunque no absoluto. Las sociedades que producen sus propios alimentos necesitan recipientes para cocinar, almacenar granos y transportar agua. La alfarería con desgrasante orgánico (fibras, carbón, concha molida) aparece en sitios de transición en todo el territorio: La Gruta (Guárico), Caño Grande (Zulia), las capas superiores del conchero Guaya (Sucre) y los sitios del Alto Orinoco fechados en 3500 a. C. La progresión tecnológica es clara:
- Desgrasante vegetal: el más antiguo, asociado a los primeros experimentos agrícolas en selva y sabana.
- Desgrasante de concha molida: más tardío, frecuente en sitios costeros y en el bajo Orinoco, vinculado a sociedades con mayor especialización pesquera y agrícola.
- Alfarería policroma y con pintura: asociada a sociedades tribales complejas (valle de Quíbor, costa oriental del lago de Maracaibo, zona montañosa de Trujillo, península de La Guajira), entre 600 a. C. y los comienzos de la era cristiana.
Esta evolución no es meramente tecnológica: refleja cambios en la organización social, en las redes de intercambio y en las cosmovisiones vinculadas a la producción de alimentos. Las figurinas antropomorfas, los objetos ceremoniales de concha y las vasijas decoradas no son adornos superfluos; son la evidencia material de que la agricultura había dejado de ser una simple técnica de subsistencia para convertirse en el eje estructurador de la vida social, el poder y lo sagrado.
Autogestión del cambio histórico en Venezuela
Todo el conjunto de evidencias arqueológicas y cronológicas lleva a los especialistas a una conclusión de gran calado historiográfico: la ocupación humana del territorio de Venezuela podría ser muy temprana y, en cierta forma, podría tratarse de procesos de cambio histórico en gran parte autogestionados. Esto significa que, si bien hubo influencias e intercambios con regiones vecinas (Colombia, Amazonas, Guyana, Antillas), el paso de las bandas de recolectores-cazadores a las sociedades tribales productoras de alimentos no fue impuesto desde fuera ni llegó como un paquete civilizatorio completo. Por el contrario, cada región —el oriente, los llanos, los Andes, el occidente, la costa zuliana, el Alto Orinoco— ensayó respuestas distintas, con cronologías propias y soluciones tecnológicas adaptadas a sus entornos específicos.
Esta perspectiva tiene implicaciones profundas. Rompe con la visión antigua de que Venezuela era una periferia pasiva de los grandes centros civilizatorios andinos o mesoamericanos. En realidad, el territorio fue un espacio de innovación agrícola autónoma, especialmente en la domesticación de tubérculos y en el desarrollo de sistemas de procesamiento de la yuca. La fabricación de alfarería con desgrasante vegetal, que algunos arqueólogos consideran una tecnología clave de la neolitización suramericana, aparece en sitios venezolanos en fechas tan tempranas como en Colombia o el bajo Amazonas, lo que sugiere desarrollos paralelos y no una simple difusión.
Al arribar los europeos en 1498, no encontraron un territorio vacío ni culturalmente homogéneo. Encontraron un mosaico de sociedades agrícolas: desde los agricultores de conuco de la selva hasta los complejos cacicazgos de los valles larenses, pasando por las comunidades pescadoras-agrícolas de la costa y los cultivadores de papa criolla y maíz de los Andes. Todos ellos eran herederos de una historia de milenios de experimentación con plantas, suelo y agua. Una historia que comenzó mucho antes de Cristo, en las riberas del Orinoco y en las laderas de la Cordillera de la Costa, cuando un cazador de moluscos decidió guardar algunas semillas, o una mujer de la selva notó que los tubérculos que arrojaba cerca del campamento volvían a brotar. Esos pequeños gestos, repetidos durante siglos, transformaron para siempre el paisaje y la vida humana en Venezuela.
Véase También
- Origen del Maíz Prehispánico
- El poblamiento Prehispánico de Venezuela: etapas, cultura y legado indígena
Fuentes Oficiales
Institucionales:
- Ministerio del Poder Popular para la Cultura de Venezuela
- Fundación Bancaribe
- Banco Nacional de Vivienda y Hábitat (sección de publicaciones históricas)
- Universidad Católica Andrés Bello
Académicas:
- Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC)
- Universidad Central de Venezuela
- Universidad del Zulia (LUZ)
Bibliografia física consultada:
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Época Precolombina y Colonización. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
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