Jorge de Spira — Deber contractual, El Dorado y una expedición perdida

Retrato de Jorge de Spira, gobernador alemán de la provincia de Venezuela. Estilo barroco del siglo XVI. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
Jorge de Spira, funcionario alemán de la Casa Welser y Gobernador de la Provincia de Venezuela. Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

En febrero de 1535, cuando las naves de la armada de Jorge de Spira fondearon frente a las costas de Santa Ana de Coro, ningún tripulante podía imaginar que aquel puerto se convertiría en la tumba de sus esperanzas y, cinco años después, en la del propio gobernador. Spira —cuyo nombre de nacimiento era Georg Hohermuth, aunque los españoles lo llamaron Jorge de Espira o Spira por haber nacido en la ciudad alemana de Speyer— llegaba a la provincia de Venezuela como el nuevo Gobernador y Capitán General, designado por los banqueros Welser y confirmado por la Corona el 28 de septiembre de 1534. Sustituía al difunto Ambrosio Alfinger, primer gobernador de la efímera colonia alemana que el emperador Carlos V había cedido a la casa bancaria de Augsburgo en 1527 como garantía por las deudas contraídas. Lo que Spira no sabía, al desembarcar en aquellas tierras, era que su nombre quedaría inscrito en la historiografía venezolana como el de un hombre devorado por el mito de El Dorado, cuya expedición se transformaría en una de las más desastrosas empresas de la conquista del Nuevo Mundo.

La concesión de los Welser: una provincia empeñada

Para comprender la gesta de Jorge de Spira es necesario remontarse al 27 de marzo de 1528, cuando Carlos V firmó la capitulación que otorgaba a los hermanos Antonio y Bartolomé Welser los derechos para explorar, gobernar y colonizar la provincia de Venezuela. No se trataba de una cesión territorial en propiedad, sino de un arrendamiento: los Welser asumían el control administrativo y militar de la región a cambio de pagar las deudas imperiales y comprometerse a fundar poblaciones, evangelizar a los indígenas y explotar los recursos del territorio. La Corona española, sin embargo, nunca renunció a la soberanía última sobre la provincia, y esta ambigüedad contractual sería fuente permanente de conflictos.

El territorio, que los alemanes bautizaron como Klein-Venedig —Pequeña Venecia— en alusión a las viviendas palafíticas de los indígenas que vieron en el lago de Maracaibo, se extendía desde el cabo de la Vela hasta el río Marañón, abarcando lo que hoy es Venezuela y parte de Colombia. Los Welser, banqueros de Augsburgo acostumbrados a manejar las finanzas del imperio, carecían sin embargo de experiencia colonial. Su objetivo no era construir un imperio territorial sino extraer riquezas que compensaran la inversión. Esta lógica mercantilista, ajena a la empresa evangelizadora que movía a la Corona, marcó el carácter de las expediciones alemanas: rápidas, violentas y obsesionadas con el oro.

La muerte de Ambrosio Alfinger el 31 de mayo de 1533 dejó vacante el gobierno y fue entonces cuando los Welser, en su búsqueda de un sucesor, encontraron en Spira al hombre adecuado. Factor de los Welser en Augsburgo, Lyon y Sevilla, Spira conocía los métodos de la casa bancaria y compartía su visión comercial. Partió de España a mediados de octubre de 1534, aunque la armada no zarpó de Sanlúcar de Barrameda hasta principios de diciembre, con unos 600 hombres reclutados entre castellanos, vascos, flamencos, alemanes, ingleses y escoceses. La diversidad de la tropa anunciaba ya la naturaleza compleja de aquella empresa: no era una expedición española ni alemana, sino una amalgama de buscadores de fortuna atraídos por las promesas de riqueza.

La ruta de la desesperación: tras la estela de El Dorado

Al llegar a Coro en febrero de 1535, Spira se encontró con una colonia empobrecida, desabastecida y asediada por las hostilidades indígenas. La solución, en la lógica de los conquistadores, era una nueva entrada al interior en busca de oro. Spira organizó su expedición de forma dual: mientras él se adentraba hacia el sur con el grueso de la tropa, su teniente Nicolás de Federmann recibió órdenes de marchar al cabo de La Vela para tomar posesión de La Guajira y fundar un poblado, una misión que parecía secundaria pero que tendría consecuencias inesperadas.

La cuarta jornada alemana al interior comenzó cuando Spira envió una vanguardia de 100 hombres hacia el sur, en dirección a la zona barquisimetana, por tierras de los indios jirajara y gayón. Acompañado por Philipp von Hutten, y mediando mayo de 1535, Spira abandonó Coro con el grueso de la expedición: casi 300 hombres y 90 jinetes. Bordeando la costa hacia el río Tocuyo, penetraron por este en el interior, cruzaron el valle del Yaracuy y llegaron a Barquisimeto, donde les esperaba la vanguardia.

Pero el avance fue todo menos sencillo. Cada jornada traía consigo escaramuzas con los indígenas, que defendían sus territorios con una ferocidad que los alemanes no esperaban. La batalla de Mal-País, ocurrida en 1537, ejemplifica la dureza de aquellos enfrentamientos: los indios atacaron al amanecer, sorprendiendo a un centinela dormido al que quitaron la vida al golpe de una lanza. La guazabara —el grito de guerra indígena— resonó en el campamento mientras los españoles se preparaban para la resistencia. Los indios pedreros, armados con hondas, desconcertaron a la caballería con piedras. Solo la intervención de Alonso Pacheco, que con cincuenta infantes y quince jinetes rodeó un pequeño monte y atacó por las espaldas, inclinó la victoria del lado español. Pero el triunfo fue costozo: muchos heridos, algunos de gravedad, obligaron a detenerse quince días para curarlos.

La ruta continuó por la falda de la cordillera hasta llegar a un pueblo donde, en la fiesta de la Asunción de 1537, los soldados celebraron con gran banquete y regocijo, bautizando el lugar como Pueblo de Nuestra Señora. Allí, los indios, deseosos de deshacerse de aquellos huéspedes indeseados, les hablaron de provincias opulentas más allá. Spira, cegado por el deseo de riquezas, no dudó en creerles.

El río Ariare fue la siguiente frontera. Su crecida impidió el paso durante varios días, pero los indios de la otra orilla, sin recelo, cruzaron en canoas para comerciar con los españoles, llevando frutas y pescados a trueque de cascabeles, que eran lo que más les agradaba. El comercio se realizaba con cautela: los indios pedían que los españoles se apartaran de la playa antes de depositar sus mercancías, recogiendo luego lo que los soldados habían dejado a cambio. Esta relación recelosa, sin embargo, se rompió cuando las aguas bajaron y Spira pudo cruzar el río, internándose en tierras de los Canicamares y Guayupes.

Los Guayupes, para manifestar su bravura, presentaron batalla en campo raso. Sus cuerpos desnudos, coronados con penachos de plumas y entintados con jagua —un tinte negro obtenido de cierta fruta— pretendían infundir terror en los españoles. Pero la caballería, como tantas veces, desbarató la resistencia indígena, y los soldados saquearon sus poblaciones. Spira, en su avance imparable, llegó finalmente al río Papamene, donde los indios, tras superar el recelo inicial, se acercaron en más de trescientas canoas. Las promesas de riquezas detrás de las montañas, hábilmente ofrecidas por los indígenas, encendieron la codicia de los españoles, que ya veían los tesoros entre sus manos.

Pero todo era un engaño. Los indios, conducidos por la malicia o por el desconocimiento, llevaron a Spira a la provincia de los Choques, una tierra doblada, áspera, montuosa, llena de tremedales y pantanos, poblada por indios belicosos y caníbales que usaban lanzas de palma enastadas con fragmentos de hueso humano. Allí, Spira envió a su maestre de campo, Esteban Martín, con cincuenta infantes y veinte jinetes para reconocer el terreno. Pero los manglares y atolladeros fueron insuperables: los caballos se sumergían hasta las cinchas, y los soldados salían lastimados por las puntas y raíces ocultas. Spira, obstinado, ordenó a Martín que dejara los caballos y continuara con solo los infantes. Martín, veterano de las jornadas de Alfinger, reconoció el peligro y advirtió al gobernador: «Quiera Dios, que alguno de nosotros quede con vida, para que traiga la noticia del desastrado fin de los demás». La premonición se cumpliría.

El asalto al pueblo de los Choques fue un infierno. La oscuridad de la noche, agravada por un poderoso aguacero, confundió a los españoles, que no sabían dónde estaban ni podían reparar los repetidos golpes de las lanzas indígenas. Martín, animando a sus soldados con el ejemplo, logró reagruparlos y, tras una retirada ordenada a una barranca, volvió a avanzar con tal resolución que los indios, pese a su bravura, no pudieron resistir el corte de las espadas y el tiro de las ballestas. El pueblo fue incendiado, y solo tres casas, apartadas, se reservaron para alojamiento. Pero el precio fue alto: muchos soldados heridos, algunos de gravedad, y el convencimiento de que aquella tierra no guardaba oro sino muerte.

El encuentro frustrado: Spira y Federmann en la encrucijada

Mientras Spira se debatía en los llanos, su teniente Federmann había emprendido su propia ruta. Al llegar a las riveras del Apure, Federmann tuvo noticias de la cercanía de Spira y, temiendo que el gobernador lo despojara de su gente para emprender nuevas conquistas, decidió evitar el encuentro. Torció el camino a mano izquierda, internándose en los llanos, y Spira no supo de él hasta quince días después, cuando halló rastros de haber estado allí gente española.

Nicolás de Federmann. Grabado, Siglo XVI.
Nicolás de Federmann entre 1537 y 1539 hizo la quinta expedición hacia el interior de Venezuela.

La noticia sumió a Spira en mil confusiones. ¿Debía perseguir a Federmann y reclamar su autoridad, o continuar su propia ruta? Sus capitanes le aconsejaron lo primero: volver tras Federmann, quitarle la gente y dar otro tiento a la fortuna. Pero Spira dudaba. Su tropa era escasa y enferma, mientras que Federmann llevaba mucha y sana. Meterse en sus manos, fiado solo en el respeto que como gobernador debía guardarle, era exponerse a un desaire que ultrajara su autoridad. Finalmente, optó por la diplomacia: envió a Felipe de Ultre, caballero alemán de la casa de los Belzares, con treinta hombres en alcance de Federmann, portando nuevos poderes que le daban amplia facultad para proseguir descubrimientos y conquistas, junto con una carta cariñosa en la que Spira le relataba sus desgracias. Pero el río Apure, crecido, impidió el paso durante treinta días; Ultre regresó sin haber alcanzado a Federmann.

Spira, derrotado y enfermo, inició el regreso a Coro. La serranía de Coro se convirtió en un nuevo calvario: desde lo alto de la sierra, los indios, a salvo de cualquier ofensiva, hostigaban a la columna con flechas. Spira, para dar escarmiento, dispuso una emboscada nocturna y capturó a treinta indios, de los cuales mandó empalar a diez en un acto de crueldad que selló su jornada. En febrero de 1539, después de cinco años de peregrinaciones, Spira llegó a Coro con solo noventa hombres —de los cuatrocientos que habían partido—, desnudos, enfermos y del todo derrotados. La infeliz jornada de los Choques, como la llamarían los cronistas, había dejado trescientos diez muertos y un botín insignificante.

El ocaso del gobernador y el rechazo al dominio alemán

En Coro, Spira encontró un gobierno en manos del Doctor Antonio Navarro, a quien la Audiencia de Santo Domingo había enviado para investigar el mal trato y la venta de indios, y no como gobernador, como erróneamente escribieron Fray Pedro Simón y el obispo Piedrahita. La distinción no es menor: Spira nunca dejó de ser gobernador hasta su muerte, pues solo los Welser, y no la Audiencia, podían removerlo. La evidencia documental es contundente: los títulos originales de Juan de Villegas, nombrado por Spira como su teniente, permanecen en el archivo de sus descendientes, los Ponte y Villegas, desmintiendo la versión de los cronistas.

Pero el gobierno de Spira ya no era sino un cadáver político. Los soldados, hastiados del dominio alemán y del poco provecho que obtenían, comenzaron a desertar. Alonso de Navas, tras someter a los indios Saparas, se convirtió en catalizador de una fuga masiva: los soldados, viéndose en libertad, resolvieron no volver a Coro y marchar a Cumaná para pasar a la isla de Cubagua, donde las perlas prometían mejor fortuna. La deserción no era, en sus palabras, un acto de deslealtad al rey, sino la negativa a vivir sujetos al tirano gobierno de los Belzares, un dominio extranjero que atentaba contra el honor de los españoles. Este rechazo al dominio alemán, que algunos historiadores han interpretado como un anticipo del sentimiento criollo, revela la profunda fractura entre la empresa privada de los Welser y la soberanía castellana.

El Doctor Navarro, presionado por Spira y el obispo Bastidas, salió en persecución de los desertores con sesenta hombres. Los alcanzó en el río Pao, donde los soldados, tras escuchar sus reproches, le respondieron con firmeza: no volverían a Coro mientras las cosas siguieran como estaban. La tensión estalló cuando los soldados, sin consultar a su capitán Navas, eligieron a un tal Paucorbo como caudillo, desarmaron a Navarro y lo tomaron prisionero. Navarro, humillado, pidió la restitución de sus armas y caballos, pero los soldados solo le concedieron algunos caballos para volver a Coro. El doctor, temiendo la ira de Spira y la burla pública, decidió acompañar a los soldados a Cubagua, cerrando así su participación en la historia de la provincia.

El 12 de junio de 1540, Jorge de Spira murió en Coro, dejando el gobierno encargado a Juan de Villegas, alcalde mayor de la ciudad. Su muerte, ocurrida en medio de la descomposición de la colonia alemana, marcó el principio del fin de la presencia de los Welser en Venezuela, que se extinguiría definitivamente en 1546. La Corona, aprovechando el vacío de poder y el incumplimiento de los contratos por parte de los banqueros, reasumió el control directo de la provincia, cerrando uno de los episodios más singulares y trágicos de la historia colonial venezolana.

La gesta de Jorge de Spira no fue sino un eslabón en la larga cadena de expediciones en busca de El Dorado que recorrieron el continente sudamericano durante el siglo XVI. Su fracaso, sin embargo, no debe leerse solo como la derrota de un conquistador ambicioso, sino como el testimonio de un choque entre dos lógicas: la del capitalismo comercial de los Welser, que veía en Venezuela una inversión que debía rendir frutos inmediatos, y la de los soldados españoles, que esperaban del Nuevo Mundo no solo riqueza sino también honor y reconocimiento. Spira, atrapado entre ambas, terminó pagando con su vida el precio de una obsesión que lo devoró hasta el último día.

La historiografía venezolana, desde la obra pionera de José de Oviedo y Baños —publicada en 1723 y considerada la primera historia de la conquista y población de la provincia— hasta la Historia Global de Venezuela coordinada por Elías Pino Iturrieta, ha tratado el período Welser con una mezcla de fascinación y reproche. Fascinación por la rareza de una colonia alemana en América, y reproche por la brutalidad de sus expediciones y el fracaso de su proyecto. Pero más allá del juicio histórico, la figura de Spira permanece como un recordatorio de que el Nuevo Mundo fue también un espejo de las obsesiones europeas: el oro, la gloria y el poder, perseguidos hasta la muerte en las selvas y llanos de una Venezuela que aún no sabía que sería el escenario de tantas otras búsquedas fallidas.

Fuentes Oficiales

Fuentes Académicas

  • Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-14-3. Depósito Legal: lf 53220059002280.
  • de Oviedo y Baños, J. (1723). Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Edición consultada: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2004.
  • Binghamton University — Estudios sobre la colonia Welser en Venezuela

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ani Garcia

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