En la sociedad de castas de la Venezuela colonial, donde el color de la piel y la «limpieza de sangre» definían el destino de los hombres, emergió un grupo social tan numeroso como heterogéneo que terminó por convertirse en un actor fundamental de nuestra historia: los pardos. No eran esclavos, pero tampoco blancos. Su lucha por romper las barreras sociales, su crecimiento demográfico y su papel decisivo en el proceso independentista transformaron para siempre el tejido de la nación.
Origen y definición de los pardos en la sociedad colonial venezolana
La palabra «pardo» designaba en la Venezuela colonial a las personas descendientes del cruce étnico entre negros y blancos. Sin embargo, su significado era mucho más amplio y complejo. Para 1774, en Caracas se consideraba pardos legítimos a quienes «resultan de blanco y negro» o, al menos, de tercerón con cuarterón o quinterón. El término también servía para designar a los descendientes de la mezcla de blanco e indígena, aunque estos solían llamarse mestizos, y a los zambos, hijos de indio y negro.
Esta ambigüedad era reconocida por las propias autoridades coloniales. El arzobispo Francisco de Ibarra expresaba en 1805 que los descendientes de la mezcla de negro y blanco eran conocidos únicamente como mulatos, estableciendo una equivalencia entre ambos términos que los propios interesados se encargaron de defender y precisar.

Composición del grupo: una diversidad de castas
El grupo de los pardos no era homogéneo. En el siglo XVIII, los documentos coloniales mencionan una variada tipología que incluía al «zambo» (mezcla de indio y negro, o viceversa), el «morisco» (hijo de español y mulata), el «coyote» (mezcla de mestizo e india) y el «tente en el aire» (hijo de zambo y tercerón o cuarterón). A pesar de esta diversidad, lo que unía a todos ellos era una característica principal: ser «mezclados de blanco y negro». En la práctica, el término pardo era tan genérico y confuso que para muchos de ellos no había duda alguna de que su carácter distintivo era precisamente ese mestizaje.
El auge demográfico del siglo XVIII
El crecimiento de la población parda durante el siglo XVIII fue uno de los fenómenos sociales más significativos de la Venezuela colonial. El incremento de una agricultura de plantaciones trajo como consecuencia un mayor ingreso de esclavos africanos, lo que a su vez aceleró la mezcla de negros y blancos. El siglo XVIII se inició con el surgimiento de grupos de pardos tan notorios que empezaron a preocupar a las autoridades coloniales, y llegó a su apogeo con el cultivo del cacao, que exigió una entrada de esclavos en cantidades nunca antes vistas.
Este crecimiento numérico colocó a los pardos en una posición estratégica. Se estima que para finales del período colonial, los pardos representaban más del 45% de la población de la Provincia de Venezuela. Algunos estudios, como el de Diana Sosa Cárdenas, sugieren que la cifra oscilaba entre el 40% y el 50%. La región de Barlovento, los espacios costeros y los valles centrales se convirtieron en las áreas donde esta población predominaba, empleados en trabajos extenuantes como las plantaciones.
Discriminación legal y social: las barreras del sistema estamental
El estatus de los pardos en la sociedad colonial venezolana estaba marcado por una profunda contradicción: eran libres, pero estaban sometidos a un férreo sistema de discriminación legal y social que limitaba su desarrollo. A pesar de su importancia numérica y económica, no presentaban uniformidad, ya que entre ellos había quienes habían estado sometidos a la esclavitud y quienes permanecieron libres, constituyendo estos últimos el estrato más numeroso después de 1700.
Restricciones legales: oficios, matrimonio y educación
Los pardos libres tenían prohibido el acceso a cargos públicos y hasta les estaba vedado servir de porteros en el Real Consulado y la Universidad. Una pragmática de 1776 les impidió el matrimonio con personas blancas, y al carecer de toda posibilidad de ascenso social mediante la educación, no les quedó otro destino que realizar los oficios considerados de «baja calidad». De los pardos salieron así los artesanos, los dependientes de pulperías, los arrieros y, en general, todos aquellos trabajadores que adquirían cierta habilidad a través de una práctica fácil y rutinaria.
Esta exclusión también se manifestaba en el ámbito educativo. La sociedad colonial en la Capitanía General de Venezuela era desigual, jerárquica y de carácter etno-estamental. Los pardos libres, producto de las profusas mezclas entre blancos, negros e indios, no tenían derecho a la educación, pues las leyes lo prohibían. Se les impedía cursar estudios universitarios y contraer matrimonios fuera de su casta.

El peso del estigma social
Más allá de las prohibiciones legales, los pardos cargaban con un profundo estigma social. Los documentos de la época revelan el desprecio con que eran vistos por la élite criolla. Un expediente dirigido al Rey en 1792 expresaba con crudeza: la inmensa distancia que separa a los Blancos y Pardos: la distancia y superioridad de aquellos, la bajeza y subordinación de éstos. En el mismo documento se afirmaba que los pardos proceden precisamente de los Negros esclavos y que, además de su infame origen, tenían el torpe de la ilegitimidad.
Esta percepción se materializaba en prácticas cotidianas de segregación. En las iglesias, por ejemplo, los curas llevaban el Libro de Pardos, donde se inscribía a éstos al ser bautizados, hecho que como mácula oprobiosa desdoraba su descendencia en muchas generaciones. La sociedad colonial había construido un entramado de mecanismos para recordarles permanentemente su lugar subordinado.
La Real Cédula de Gracias al Sacar y las fisuras del sistema
Hacia finales del siglo XVIII, la situación de desventaja de los pardos tendió a mejorar, aunque no por razones altruistas. La Corona española, necesitada de recursos y de lealtades en un contexto de crecientes tensiones, comenzó a conceder ciertos márgenes para reducir las trabas que obstaculizaban el desarrollo social de los pardos. La conocida Real Cédula de Gracias al Sacar fue uno de los hechos que estimularon sus deseos de superación, ya que les permitía comprar la calidad de blanco y, supuestamente, todos los derechos que implicaba esa condición.
Esta disposición, expedida el 03 de junio de 1793, representó un punto de inflexión. Según la investigadora Rocío Castellano Rueda, la cédula debe entenderse en relación con la significación social que progresivamente adquirían los pardos y negros libres en la sociedad colonial venezolana. A partir de 1802, más pardos harán uso de estas gracias: solicitud de matrimonio con blancas, posibilidad de ingresar a la universidad, heredar el oficio de escribano, uso del distintivo de «don», limpieza de sangre y dispensa de sangre para sus familias, así como ejercer el oficio de cirujano, serán los privilegios más solicitados.
Resistencia del poder local
Sin embargo, la aplicación de estas gracias encontró una férrea resistencia por parte de las autoridades locales. El Cabildo de Caracas se negó a acatar las reales cédulas expedidas por el Rey, lo que obligó a la máxima autoridad real a emitir cartas-órdenes reiterando sus decisiones y penando por desacatarlas. Esta resistencia reflejaba el profundo temor de la élite criolla ante lo que consideraban una amenaza al orden establecido. En un expediente elevado al Rey, los vecinos blancos manifestaban su sumo dolor y sentimiento al ver en la Real Cédula la citada abierta puerta del deshonor y la ocasión para que entren a influir en el gobierno público unos hombres de infame y torpe linaje.

Ascenso social y configuración de los «pardos beneméritos»
A pesar de las barreras, un sector de los pardos logró acumular cierto prestigio social y económico. La resolución que permitió a la gente de color ingresar desde 1797 a las escuelas de Medicina y ejercer el oficio de médico colocó a los pardos en una posición más cómoda para obtener prestigio social y económico. En las últimas décadas del siglo XVIII, este grupo se amplió enormemente, constituyendo gremios y cofradías, atendiendo una diversidad de oficios que se habían hecho indispensables en todas las ciudades. Su número creció a tal nivel que fue imposible ya establecer diferencias estrictas entre los variados estratos de la gente de color, y se estima que el sector de los pardos comprendía más de 400.000 personas un poco antes de iniciarse el siglo XIX.
En este contexto surgió la figura de los «pardos beneméritos», un sector que, entre 1790 y 1811, fue configurando como clase artesanal y que aspiraba a asemejarse a los blancos en cuanto a prebendas legales y privilegios económicos y sociales. Los pardos comprendieron que entre más cercanos estuvieran económicamente a quienes los excluían, mayores posibilidades tenían de ganar el aprecio real y de incorporarse a los distintos niveles de gobierno.
Las milicias de pardos: un espacio de ascenso y poder
Un ámbito fundamental para el ascenso social de los pardos fueron las milicias. Las Compañías de Milicias de Pardos se convirtieron en un espacio donde este grupo social podía obtener rango militar, disciplina y cierto reconocimiento. Las milicias se configuraron como un mecanismo inclusivo para pardos y negros libres, y muchos de los pardos vinculados a la guerra de independencia pertenecían o habían pertenecido a la milicia en algún grado antes de 1810. Este entrenamiento militar y la organización en cuerpos armados les proporcionaron no solo habilidades castrenses, sino también un sentido de identidad colectiva y capacidad de movilización que resultarían decisivos en los años por venir.
El papel de los pardos en el proceso independentista
La participación de los pardos en la Guerra de Independencia fue tan significativa como compleja. En un principio, muchos pardos vieron en la causa republicana una oportunidad para romper definitivamente con el orden estamental que los oprimía. Sin embargo, las contradicciones no tardaron en aparecer. Según el historiador John Lynch, la participación de los pardos en el conflicto bélico estuvo supeditada a que se les garantizara su anhelada igualdad y un efectivo protagonismo en la política y economía republicana. No obstante, esas aspiraciones fueron alcanzadas sobre todo por una minoría parda que ostentaba ciertos bienes de fortuna y algún rango militar de importancia, quedando una amplia mayoría de la población en iguales o peores circunstancias que en la sociedad colonial.
Esta tensión se manifestó dramáticamente en episodios como el de Manuel Piar, el caudillo pardo cuyo liderazgo entre los sectores populares representaba un innegable desafío para el proyecto criollo. Simón Bolívar, temeroso de la pardocracia —el gobierno de los pardos—, no dudó en ordenar su ejecución en 1817. El episodio revela hasta qué punto el miedo a una revolución social de los pardos condicionó las decisiones de los líderes independentistas.
Según el investigador Manuel Alfredo Rodríguez, los pardos libres fueron el núcleo de la nacionalidad, celebrando su papel en la construcción de la sociedad política de finales del siglo XVIII que luego persiguió la independencia nacional. En efecto, el historiador Mario Briceño Peroza sostiene que fue precisamente la repulsa de los criollos hacia los pardos lo que llevó a esta masa a luchar por sacudir el yugo e igualarse de cualquier manera con los criollos.

General Manuel Piar. Óleo/tela. Pablo Wenceslao Hernandez, (s/f). Palacio Federal Legislativo. Caracas. CC-BY-NC-ND 4.0.
Un legado de tensiones no resueltas
La historia de los pardos en la Venezuela colonial es la historia de una mayoría silenciosa que, a pesar de las barreras legales, sociales y culturales que se le impusieron, supo encontrar los resquicios para ascender, organizarse y, finalmente, convertirse en un factor decisivo en el colapso del orden colonial. Su lucha no fue solo por derechos individuales, sino por el reconocimiento de su humanidad en un sistema que se los negaba sistemáticamente. Las contradicciones que su presencia generó en la élite criolla, el miedo a la «pardocracia» que marcó decisiones políticas cruciales y la promesa incumplida de igualdad tras la independencia son heridas que, de una u otra forma, han acompañado a Venezuela a lo largo de toda su historia republicana. Comprender su trayectoria es comprender una de las claves más profundas de nuestra identidad como nación.
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia (Venezuela). Los pardos en el orden institucional borbónico de la Provincia de Venezuela (1776-1810). http://www.anhvenezuela.org.ve/wp-content/uploads/2020/03/Libro-Pardos-Yuleida-Artigas-D..pdf
- Fundación Empresas Polar. Diccionario de Historia de Venezuela – BibloFEP. https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Pardos infidentes e insurgentes en Venezuela, 1790-1812. https://bibliotecadigital.bnv.gob.ve/
- Redalyc. Diana Sosa Cárdenas. Los pardos. Caracas en las postrimerías de la Colonia. https://www.redalyc.org/pdf/1271/127130037014.pdf
- Dialnet (Universidad de La Rioja). Los Pardos y la educación en Venezuela durante la Colonia. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9545723
- Library of Congress (Hispanic Reading Room). Los pardos libres en la colonia y la independencia. https://www.loc.gov/item/hlas-bi98010564/
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. (pp. 218 – 219).
- Azpurúa, Ramón. (1877). Biografías de hombres notables de hispanoamerica. Edición fa similar completa de los cuatro volúmenes. Ediciones Mario González. Caracas, 1986. TOMO I. ISBN 980-6080-12-2. Depósito Legal: B-12.790-86.
Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.
.