Blancos criollos: élite que forjó el destino de la Venezuela colonial

El cacao era la moneda que movía el mundo. En los puertos de La Guaira y Puerto Cabello, el aroma inconfundible de las almendras fermentadas impregnaba el aire antes de que los navíos zarparan hacia Veracruz y Cádiz. Detrás de ese comercio, una red de familias se erigió como el eje de la vida económica, social y política de la Capitanía General de Venezuela. No eran los funcionarios venidos de la Península, ni los artesanos de los barrios populares. Eran los blancos criollos, descendientes de europeos nacidos en América, quienes, a través del control de las grandes haciendas y del comercio local, tejieron una compleja red de poder que definiría el rumbo de una nación. Su historia es la de una clase que, aparentemente unificada por el color de su piel, escondía en su seno una profunda diversidad y una creciente tensión con la Corona y con los demás estratos de la sociedad colonial.

Origen y evolución de una clase social en la Venezuela del siglo XVIII

El término «criollo» tuvo un recorrido semántico que revela las complejidades de la sociedad colonial venezolana. Según el Inca Garcilaso de la Vega, fueron los propios negros esclavizados quienes lo inventaron para distinguir a sus hijos nacidos en América de los originarios del África. En protocolos del siglo XVI que se conservan en el Registro Principal de Caracas, abundan los ejemplos de esta distinción: en 1597, Diego Ponce de León vendía a una «negra llamada Leonor, criolla de la ciudad de Coro». No sería sino hasta bien entrado el siglo XVII cuando el vocablo comenzó a alejarse de los negros para referirse cada vez más a los blancos. En 1658, el gobernador Pedro de Porres y Toledo informaba que durante la peste que asoló a Caracas, de más de 2.000 muertos, «siendo todos esclavos e indios de servicio, que españoles y criollos no han sido más que veinte». Ya en el siglo XVIII, la acepción que se impuso fue la del hijo de españoles nacido en el territorio venezolano.

El concepto de blanco criollo en el siglo XVIII no respondía a una especificación étnica rigurosa, sino más bien a una categoría social y legal. Se les consideraba un grupo distinto tanto de los blancos españoles (peninsulares) como de las personas de color. Su desarrollo cuantitativo fue lento, condicionado por una población base que nunca fue numerosa y por una marcada tendencia a la endogamia en la selección de cónyuges. Hacia mediados de la centuria, según diversas fuentes documentales, los blancos criollos sumaban aproximadamente 150.000 personas. Para inicios del siglo XIX, las estimaciones de Alexander von Humboldt indicaban que representaban unos 200.000 habitantes, apenas la cuarta parte de la población total de la Capitanía General, frente a los 12.000 blancos europeos y los más de 400.000 individuos de grupos mixtos.

La realidad étnica de este grupo era mucho más compleja de lo que su nombre sugería. Debido a la escasa inmigración de mujeres europeas, el conquistador y el colono español frecuentemente solicitaron los favores de indígenas y africanas. Esta dinámica, sostenida durante tres siglos, hizo ilusoria cualquier pretensión de pureza racial. Como anotó el historiador José Gil Fortoul, los criollos de los siglos XVII y XVIII se preocupaban mucho por probar su limpieza de sangre en largas y minuciosas informaciones. Sin embargo, en las postrimerías de la Colonia, no resultaba fácil diferenciar tan solo por el color de la piel a los blancos criollos de numerosos mestizos y pardos. Contribuyeron a aumentar esta imprecisión étnica algunas disposiciones reales que permitían a los pardos comprar la categoría de blanco, alejando la calidad de blanco criollo de una estrecha posición de casta y aproximándola al marco más amplio de una clase social.

Alejandro Von Humboldt. Associé étranger de l'Academie des Sciences. Berlin, 1769. CC-BY-NC-ND 4.0
Alejandro Von Humboldt no solo estudio la naturaleza, también estudio el crecimiento demográfico de la Capitania General de Venezuela antes de que iniciarán los procesos independentistas de 1810.
Alejandro Von Humboldt. Associé étranger de l’Academie des Sciences. Berlin, 1769. CC-BY-NC-ND 4.0

El poder económico y social de los mantuanos

Más que la pretendida homogeneidad del color, lo que unificaba a este grupo era una cierta uniformidad económica y social. Se inclinaron desde muy temprano a defender, como grupo, intereses económicos y posiciones sociales y políticas bien definidas. Estas ventajas las obtuvieron de los privilegios que heredaron de los conquistadores y pobladores hispanos. Amparados en la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, reclamaban y obtenían rangos y títulos de nobleza, cargos y extensas propiedades que constituyeron la base esencial del poder económico y de los prejuicios que exhibieron en el siglo XVIII y en los comienzos del XIX.

Las enormes haciendas cacaoteras representaron la riqueza fundamental de muchos criollos. La renta cacaotera fue configurando una clase blanca criolla de carácter terrateniente que dominaba el espectro interno del territorio y que comenzó a disputar el poder económico y político a los peninsulares. Los hacendados, nacidos en el territorio y herederos de los primeros repartos de tierras, compartían el dominio del aparato económico, dejando algún espacio a un sector productor y mercantil de menor alcance, pero muy numeroso, integrado por pardos, quienes habían acumulado ingresos desempeñándose como artesanos, jornaleros, capataces y pequeños productores. La esclavitud, pese al debilitamiento sufrido en las décadas finales del siglo XVIII, seguía siendo una pieza esencial en el sistema productivo. Para desarrollar estas propiedades se requirió de mayor esfuerzo para adquirir mano de obra esclava y servidumbre indígena. Un buen número de estos blancos logró estructurar el cacao como sector económico preponderante y, con ese artículo exportable, pagaron casi todos los títulos de nobleza que se conocen en la historia venezolana. De allí proviene el apelativo de gran cacao al criollo encumbrado y ostentoso.

Con tal poder, los miembros de este sector extendieron su preeminencia social hasta el punto de que algunos establecían la distinción con los grupos de color por la vestimenta. De allí provino el nombre de mantuanos que en Caracas se daba a los criollos de estratos superiores, ya que estos ponían en práctica, a favor de sus mujeres, una vieja disposición de Felipe II según la cual las negras y mulatas libres o esclavas no podían llevar mantos, ni de burato ni de otra tela. La obsesión por el rango llegó a tal extremo que las damas de la sociedad colonial evitaban lo más posible el contacto con el sol, temerosas de que un tono ligeramente más oscuro en la piel pudiera levantar sospechas sobre su pureza de sangre. El padre Blas Terrero, un criollo de Caracas, no dudó en calificar esta actitud como «endiosado mantuanismo» o «insolente arrogancia del fanático mantuanismo» en su Teatro de Venezuela y Caracas de 1787.

La vida cotidiana en las haciendas cacaoteras

La vida en las haciendas de cacao revelaba las contradicciones de este sistema. A pesar de que los propietarios criollos controlaban la riqueza, su presencia en la supervisión diaria de las plantaciones era casi nula. La verdadera vigilancia y puesta en marcha de la producción quedaba en manos de capataces o mayordomos, quienes eran por lo general esclavos libertos provenientes de las mismas haciendas. Estos se beneficiaban fraudulentamente de la comercialización del cacao y permitían a los esclavos el robo de buenas porciones de cosecha, para evitar ser denunciados ante los amos. Esta dinámica revela que el poder de los mantuanos, aunque incuestionable en el plano jurídico y social, descansaba sobre una compleja red de negociaciones cotidianas y complicidades que desmentían la imagen de un dominio absoluto y monolítico.

Doña Brígida Ibarra, Marquesa del Toro. Óleo/tela. Anónimo, c. 1775. Col. Privada. Caracas. CC-BY-NC-ND 4.0
Los blancos criollos, dueños de las grandes haciendas de cacao, elevaban su nivel social con la compra de titulos nobiliarios.
Doña Brígida Ibarra, Marquesa del Toro. Óleo/tela. Anónimo, c. 1775. Col. Privada. Caracas. (p. 217) Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A. CC-BY-NC-ND 4.0

El Cabildo de Caracas y la defensa de los privilegios

El más activo centro de los blancos criollos de Venezuela fue el Cabildo de Caracas. Esta institución ejerció presión, sobre todo en el siglo XVIII, para mantener y profundizar aquellas desigualdades. Una vigorosa oposición salía de su seno contra las aspiraciones de ascenso social de los pardos, contra «el empeño que se nota en ellos de igualarse con los blancos». Los historiadores Robinzon Meza y Héctor Molina han señalado que la férrea oposición del Cabildo de Caracas contra las gracias al sacar no solo perseguía evitar la igualación de algunos pardos a privilegios exclusivos de los nobles, sino que también respondía al hartazgo tras la postura de la Real Audiencia de Caracas a lo largo de diez años de conflictos y rechazo a muchas de las resoluciones del ayuntamiento caraqueño.

La férrea oposición a la Real Cédula de Gracias al Sacar

Esta actitud nada igualitaria de los criollos caraqueños alcanzó su mayor expresión ante la Real Cédula de Gracias al Sacar, expedida el 3 de junio de 1793 y ratificada el 10 de febrero de 1795. Esta disposición otorgaba la dispensa de la calidad de «pardo» y de «quinterón» por unos cuantos centenares de reales de vellón. Los blancos criollos del Cabildo caraqueño, después de escamotear la consideración de dicha Cédula durante casi un año, acordaron en una sesión extraordinaria dar largas al asunto. La intolerancia social de este sector, particularmente de los miembros que reclamaban la nobleza, no solo afectaba a las personas de color, a quienes consideraba como gente inferior, sino también a los blancos europeos y de las islas Canarias.

Las protestas del Cabildo no se produjeron después del 10 de febrero de 1795, luego que la real cédula fuera promulgada, sino mucho tiempo antes, desde 1788, como consecuencia de las solicitudes de algunos miembros de la familia de los pardos Bejarano. El 13 de octubre de ese año, el ayuntamiento presentó súplica al monarca español para que negara aquellas peticiones, pues según el cuerpo se corrompería el cabal desenvolvimiento del estado eclesiástico al pretender ingresar a este, a la universidad e incluso contraer nupcias con gente blanca. A pesar de la enconada oposición, por real cédula de 12 de julio de 1796, Diego Mejía Bejarano obtuvo la dispensa de su calidad de pardo. Las mejores pruebas de esta conducta se hallan en los «juicios de disenso», con los cuales los criollos influyentes se oponían a los matrimonios de las mujeres de su clase con blancos españoles.

La Compañía Guipuzcoana: el monopolio que unió a los criollos

Si algo logró cohesionar a los dispersos intereses de los blancos criollos fue la creación de la Compañía Guipuzcoana en 1728. Esta corporación de carácter económico, pero con una fuerte incidencia sobre la política, sirvió a las maniobras de reconquista que la Corona española intentó llevar a cabo en las regiones de la actual Venezuela, cuyo creciente potencial económico había sido subestimado hasta principios del siglo XVIII. La compañía no solo ejercía en España una influencia considerable en lo que tocaba a la política de la metrópoli hacia la provincia de Venezuela, sino que en esta misma presionaba a los gobernadores, comúnmente guipuzcoanos durante las décadas de 1730 y 1740, a fin de crear y fortalecer una vasta red que tendía a ejercer un control económico cada vez mayor sobre el comercio que se hacía con España y con México.

La represión del contrabando, ejercida por la compañía, originó la oposición de amplios sectores dedicados a la producción o comercialización del cacao y otros productos autóctonos que vivían del comercio ilegal realizado con los comerciantes curazoleños. Muestra de lo crecido de este trato es que entre 1741 y 1751 salieron de Curazao rumbo a Ámsterdam unas 270.000 fanegas de cacao, casi en su totalidad de origen venezolano, así como casi 300.000 cueros de ganado mayor denominados caracas, mientras que en los 8 años anteriores tan solo habían salido unos 20.000 y 37.000 respectivamente. Esta doble característica —económica y política— tuvo como contrapartida la continua oposición que la oligarquía criolla, especialmente la caraqueña, amparada en el Cabildo, presentó a los privilegios de la Guipuzcoana.

El descontento cristalizó en el movimiento liderado por Juan Francisco de León entre 1749 y 1751, una rebelión que conmovió los cimientos de la provincia y que evidenció la capacidad de movilización de los hacendados criollos cuando sus intereses económicos se veían amenazados. La oposición a la Compañía se prolongó durante cincuenta años, hasta verla desaparecer, y se convirtió en un factor clave en la maduración de una conciencia de agravio compartida por el sector terrateniente.

Planos, perfil y vista de la casa - factoría que tiene la Real Compañía de Filipinas en la plaza de La Guaira (anteriormente Compañía Guipúzcoana). 1791. Archivo General de Indias. Sevilla. CC-BY-NC-ND 4.0
Planos, perfil y vista de la casa – factoría que tiene la Real Compañía de Filipinas en la plaza de La Guaira (anteriormente Compañía Guipúzcoana). 1791. Archivo General de Indias. Sevilla. CC-BY-NC-ND 4.0

Reformas borbónicas y el despertar del agravio criollo

La llegada de la dinastía borbónica al trono español en 1700 trajo consigo un programa de reformas administrativas, fiscales y comerciales que transformaron profundamente la relación entre la metrópoli y sus colonias americanas. La creación de la Intendencia de Ejército y Real Hacienda en 1776, como supremo órgano rector de la producción y el comercio en Venezuela, y la instalación del Consulado de Caracas en 1793, con la función de tutelar y fomentar el comercio, formaron parte de este esfuerzo por racionalizar el control imperial. Sin embargo, estas instituciones también generaron nuevas tensiones. Las nuevas oleadas de españoles promovidas con la política borbónica crearon un conflicto de clases por la competencia que el peninsular y el criollo establecieron para acceder a los cargos administrativos equivalentes al ejercicio del poder político en las colonias.

A la ya tradicional rivalidad local entre los blancos criollos y los peninsulares, las reformas borbónicas añadían un elemento de confrontación sistémica que vulneraba la autonomía que los criollos habían alcanzado en el seno del Cabildo durante la dinastía de los Austrias. La generación de los padres de los futuros independentistas aceptó sin resistencia las innovaciones, pero la generación siguiente, formada en un clima de creciente hostilidad hacia los funcionarios peninsulares y de conciencia de su propio poder económico, comenzó a concebir proyectos políticos alternativos. Solo en el bienio anterior a 1810, cuando Napoleón provocó el derrumbe de la monarquía borbónica, cambió de táctica la oligarquía y se decidió a conspirar contra la Metrópoli.

Una clase heterogénea: entre la riqueza y la decadencia

Las características económicas y sociales señaladas han llevado a diversos historiadores a considerar a los criollos como una clase social homogénea y a identificarlos con expresiones tales como «burguesía comercial y agraria» o «nobleza territorial». No fue, en verdad, tan estricta la unidad de este grupo en esos aspectos, puesto que no pocos blancos criollos tenían orígenes muy humildes. Estos formaron, precisamente, junto con algunos europeos sin fortuna, los llamados «blancos de orilla», que frecuentemente vivían en las afueras de las ciudades. El nombre de criollo, en líneas generales, no implicó nunca una uniformidad étnica ni homogeneidad económico-social. A finales del período colonial, la aristocracia terrateniente, en su mayoría compuesta por criollos, comprendía apenas 658 familias, 4.048 personas en total, un 0,5 por 100 de la población. Esta minoría privilegiada coexistía con una masa de criollos empobrecidos que, en razón de su origen bastardo o ilegítimo o por sus actividades económicas, se asimilaban de hecho a los pardos en sus aspiraciones e inquietudes como grupo social.

Ni siquiera en su aspecto político el vocablo estuvo cargado de un mismo contenido. Los blancos criollos, dueños de las grandes haciendas de cacao, elevaban su nivel social con la compra de títulos nobiliarios, como el caso de Doña Brígida Ibarra, Marquesa del Toro, hacia 1775. Esta realidad contrasta con la de aquellos criollos venidos a menos, quienes, a pesar de su piel clara, compartían con los sectores populares la precariedad de sus condiciones de vida. La historiadora Inés Quintero, de la Academia Nacional de la Historia, ha demostrado a través del estudio de los hermanos Francisco y Fernando Rodríguez del Toro —hijos del tercer marqués del Toro y de Brígida Ibarra— cómo las principales familias de la aristocracia criolla, educadas en España y poseedoras de mayorazgos, se convirtieron en protagonistas destacados del proceso independentista.

El papel de los blancos criollos en la Independencia

La participación de los blancos criollos en el movimiento independentista ha sido objeto de un intenso debate historiográfico. La perspectiva histórica tradicional los ha colocado como los principales dirigentes del movimiento, pero investigaciones más recientes subrayan la complejidad de su posición. No todos los criollos apoyaron la causa republicana; muchos permanecieron leales a la Corona, y las guerras de independencia enfrentaron a criollos contra criollos en una contienda que también fue, en gran medida, una guerra civil. La oposición de los blancos criollos a las reformas borbónicas y su creciente conciencia de agravio frente a los peninsulares fueron factores que contribuyeron a la radicalización de un sector de esta élite, pero el proceso estuvo lejos de ser unánime.

El caso de los hermanos Rodríguez del Toro ilustra esta ambivalencia. Francisco y Fernando, miembros de la más rancia aristocracia caraqueña, apoyaron los sucesos del 19 de abril de 1810 y desempeñaron altos cargos bajo la Junta Suprema de Caracas. Ambos fueron elegidos diputados al Congreso General de Venezuela y firmaron la declaración de la Independencia el 5 de julio de 1811. Comprometidos con la causa republicana, se unieron al ejército patriota bajo las órdenes del Generalísimo Francisco de Miranda. Sin embargo, su adhesión a la República no fue el resultado de una conversión ideológica súbita, sino de un proceso en el que pesaron tanto sus intereses económicos y su rivalidad con los peninsulares como su formación ilustrada y su lectura de los acontecimientos políticos en Europa y América.

La historiografía venezolana más reciente ha insistido en que la independencia fue un proceso en el que confluyeron proyectos diversos. Los blancos criollos no fueron los únicos protagonistas, ni su proyecto fue el único. Los pardos, los esclavizados y los sectores populares tuvieron un papel activo y, en muchos casos, contradictorio con los intereses de la élite. La participación de los afrodescendientes durante las guerras de independencia ha sido objeto de estudios que buscan rescatar su contribución y subrayar que la nación que emergió del proceso independentista fue el resultado de una compleja negociación entre distintos grupos sociales.

Mentalidades, prejuicios y vida cotidiana

El mundo de los blancos criollos no se agota en sus actividades económicas o en sus disputas políticas. Su mentalidad, sus prejuicios y sus prácticas cotidianas constituyen un capítulo fascinante de la historia social venezolana. La obsesión por la limpieza de sangre, la exhibición de títulos y blasones, y la etiqueta social que distinguía a los mantuanos de los demás grupos eran elementos constitutivos de su identidad. La rivalidad con los blancos peninsulares no era solo por los cargos públicos; también se expresaba en el control de las instituciones eclesiásticas, en los matrimonios y en el acceso a la educación superior. El Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima en Caracas, fundado en 1673, y posteriormente la Real y Pontificia Universidad de Caracas, creada en 1721, fueron escenarios de esta competencia por el capital simbólico que representaba la formación académica.

Las prácticas de sociabilidad de los mantuanos —las tertulias, los bailes, las procesiones religiosas— servían tanto para reforzar los lazos internos del grupo como para marcar las fronteras con los demás estratos sociales. El uso del lenguaje, las fórmulas de tratamiento, la vestimenta y hasta la manera de caminar eran códigos que los criollos acomodados cultivaban con esmero. Estas representaciones sociales de superioridad generaron un resentimiento profundo en los sectores populares, pero también en los propios funcionarios peninsulares, quienes despreciaban a los criollos por considerarlos provincianos y pretenciosos.

Sin embargo, la realidad de la vida cotidiana desmentía la rigidez de estas jerarquías. En las haciendas, las relaciones entre amos, capataces y esclavizados estaban atravesadas por negociaciones, conflictos y complicidades que escapaban al control de los propietarios. En las ciudades, las fronteras entre los grupos sociales eran más porosas de lo que la retórica de la pureza de sangre sugería. Los pardos y mestizos que lograban acumular riqueza aspiraban a ascender socialmente, y a lo largo del siglo XVIII encontraron diversos mecanismos para hacerlo, desde la compra de dispensas hasta el servicio en las milicias. Estas tensiones y movilidades sociales fueron el caldo de cultivo de las contradicciones que estallarían con la crisis de la monarquía española en 1808.

Legado de una élite en tensión

La historia de los blancos criollos es, en esencia, la historia de una contradicción. Fueron el motor económico de la Venezuela colonial, los principales beneficiarios del sistema de haciendas y esclavitud, y los guardianes celosos de un orden social que los privilegiaba. Sin embargo, su propia composición heterogénea y su creciente conflicto con la burocracia peninsular los colocaron en una posición ambivalente. Defendían su estatus frente al ascenso de los pardos, pero también resentían su subordinación política a los funcionarios venidos de España. Esta tensión interna, entre la defensa de sus privilegios y la búsqueda de mayor autonomía, sería un factor crucial en los complejos procesos sociales y políticos que desembocarían en la independencia. Su legado es el de una élite que, al intentar preservar su mundo, contribuyó involuntariamente a la transformación profunda de la sociedad que dominaba. La Venezuela republicana del siglo XIX no sería simplemente una prolongación del orden colonial, pero tampoco una ruptura total con él; en esa tensa continuidad, la sombra de los mantuanos siguió proyectándose sobre el devenir de la nación.

Fuentes Oficiales

  • Academia Nacional de la Historia (Venezuela). Sitio web oficial. Publicaciones y boletines sobre la sociedad colonial venezolana.
  • Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela (BibloFEP). Portal de acceso. Entradas sobre criollos, mantuanos y grupos sociales coloniales.
  • Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Catálogo general. Obras digitalizadas sobre la historia colonial hispanoamericana.
  • Redalyc (Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe). Buscador académico. Artículos sobre élites criollas, pardos y milicias coloniales.
  • Red Historia Venezuela. Portal de historia y patrimonio. Documentos y análisis sobre la Venezuela colonial.
  • Dialnet (Universidad de La Rioja). Base de datos bibliográfica. Acceso a la revista Tiempo y Espacio y otros estudios históricos venezolanos.
  • SciELO Venezuela. Biblioteca electrónica. Artículos arbitrados sobre representaciones sociales de los blancos coloniales.
  • Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. I. Venezuela Precolombina y época colonial. Editorial Globe. ISBN 980-6427-14-9. Depósito Legal: lf 816200590052.A.

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Ani Garcia

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