Nuestra Señora de la Victoria: El relato de un valle que sostuvo a Venezuela

Hay ciudades que nacen del barro, el sudor y la resistencia. Nuestra Señora de la Victoria pertenece a las de esa estirpe. Antes de que existiera un acta, un plano o un nombre español, en los fértiles valles de Aragua ya latía un mundo indígena que sembraba maíz a orillas de los ríos Aragua y Calanche. Cuando los cronistas del siglo XVI describieron aquel paisaje, hablaron de tierras tan generosas que parecían mentira. Y no lo eran.

Llaneros en faenas de ganado. Dibujo de Nehlig. 1862. CC-BY-NC-ND 4.0
Llaneros en faenas de ganado. Dibujo de Nehlig. 1862. CC-BY-NC-ND 4.0

La historia oficial más antigua atribuye su fundación al capitán Francisco Loreto de Silva en 1593, una versión recogida por la historiografía tradicional y documentada en obras de referencia como la coordinada por Elías Pino Iturrieta (2006, p. 142). Pero el propio valle ya tenía dueños: comunidades indígenas que habían domesticado el agua y la tierra mucho antes de que llegara cualquier europeo.

Los primeros habitantes: El Valle Antes del nombre

Mucho antes de que se hablara de encomiendas o pueblos de doctrina, los valles de Aragua eran territorio de grupos indígenas que los documentos coloniales identifican con nombres como Guacara, Guaicara y Tucutunemo. No eran pueblos nómadas. Vivían de la agricultura, del trueque y de un conocimiento profundo del ciclo de los ríos.

La región que hoy ocupa La Victoria funcionaba como un nodo natural de paso y de asentamiento. Las crónicas mencionan que en 1592 ya se repartían encomiendas entre conquistadores como Martín de Gámez, Damián del Barrio y el propio Loreto de Silva. Eso significa que para esa fecha el valle era lo bastante poblado y productivo como para que la Corona considerara rentable su explotación.

El relato de una aldea de indios en 1593, recogido por fuentes como Venciclopedia, no es un detalle menor. Habla de un asentamiento previo, de una semilla poblacional indígena que siguió existiendo incluso después de que el pueblo fuera erigido formalmente como doctrina en 1620. La ciudad que hoy conocemos no nació de la nada: se levantó sobre una base humana que ya llevaba generaciones en el valle.

La Fundación y el Pueblo de Doctrina: El Nacimiento Documentado

La fecha de 1593 asociada a Francisco Loreto de Silva es la más antigua de las versiones conocidas. Sin embargo, las fuentes documentales no han podido probarla de manera concluyente, como advierte el propio cronista Germán Fleitas Núñez en la reseña histórica difundida por el diario El Carabobeño. La historiografía seria no oculta esa grieta.

Lo que sí está plenamente documentado es la erección del pueblo de doctrina el 18 de noviembre de 1620. Ese día, por mandato del gobernador Francisco de la Hoz Berrío y del obispo fray Gonzalo de Angulo, se reunió a los indígenas de las encomiendas del valle en un centro poblado bajo el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe de La Victoria. El nombre honraba la victoria naval de Lepanto, un triunfo que la España de la época asociaba con la protección divina.

La fundación como pueblo de doctrina no fue un acto piadoso. Fue una operación de control territorial y espiritual. Los indígenas fueron concentrados para ser “doctrinados” en la fe cristiana y, al mismo tiempo, para servir como mano de obra en las haciendas que empezaban a multiplicarse en el valle. La victoria que daba nombre al pueblo era la de los españoles, no la de sus habitantes originarios.

La Economía Colonial: Trigo, caña y el nacimiento de un eje regional

El verdadero despegue de La Victoria no vino de su fundación formal, sino de la calidad excepcional de sus tierras. Durante los siglos XVII y XVIII, el valle se convirtió en uno de los centros agrícolas más importantes de la provincia de Venezuela.

Las familias más pudientes de Caracas —los Toro, los Tovar, los Ustáriz, los Bolívar— establecieron allí grandes haciendas. Se sembraba caña de azúcar, maíz y café, pero fue el trigo el que le dio fama al valle. El naturalista alemán Alejandro Von Humboldt, que recorrió la región a comienzos del siglo XIX, dejó constancia escrita de la calidad superior del trigo victoriano. No era un elogio menor: Humboldt no era hombre de halagos fáciles.

Para 1794, La Victoria contaba con más de 300 casas y más de 40 trapiches e ingenios, según la cronología oficial de la Alcaldía de Ribas. Era una villa en plena expansión, con una economía que ya no dependía solo de la subsistencia indígena, sino de la producción para el mercado.

El eje La Victoria–Valencia–Puerto Cabello se consolidó como una unidad económica funcional. Lo que se producía en el valle bajaba a la costa y salía al Caribe. Lo que llegaba del exterior subía por el mismo camino. La ciudad se convirtió en un nodo articulador de la región centro-norte, una posición que conserva hasta hoy.

Los Conflictos: Batallas que marcaron el destino de una nación

La Victoria no ha sido una ciudad de paz tranquila. Su posición estratégica la convirtió en escenario de algunos de los enfrentamientos más decisivos de la historia venezolana.

La Batalla de La Victoria: 12 de febrero de 1814

Si hay una fecha que define el alma de esta ciudad es el 12 de febrero de 1814. Ese día, el general José Félix Ribas, acompañado de Vicente Campo Elías, defendió la plaza con un contingente de unos 800 jóvenes, entre ellos 85 seminaristas traídos desde Caracas, contra las tropas realistas de José Tomás Boves comandadas por Francisco Tomás Morales.

Ribas arengó a sus tropas con una frase que todavía resuena: “En esta jornada que será memorable, ni aún podemos optar entre vencer o morir: ¡Necesario es vencer!”. La batalla fue brutal. Los jóvenes resistieron durante horas hasta que la llegada de refuerzos republicanos inclinó la balanza. La victoria salvó a Caracas de la ofensiva realista y le dio a La Victoria el título que aún ostenta: Ciudad de la Juventud.

El costo humano fue terrible. Pero la gesta convirtió a la ciudad en un símbolo. Simón Bolívar elevó a La Victoria al rango de ciudad en reconocimiento a la hazaña de sus defensores.

El Sitio de La Victoria: 11 de octubre de 1902 al 02 de noviembre de 1902

La violencia no terminó con la independencia. Durante la Revolución Libertadora, La Victoria fue sitiada por fuerzas revolucionarias. El sitio duró 21 días, desde el 11 de octubre hasta el 2 de noviembre de 1902. El general Ramón Guerra, al frente de las tropas del gobierno, calificó aquella acción como “la más reñida y trascendental” de las guerras civiles venezolanas. Las bajas fueron numerosas y la ciudad quedó marcada por el asedio.

Otros episodios, como la Batalla de La Victoria de 1902 y los sucesos de 1846 vinculados a Ezequiel Zamora y Antonio Leocadio Guzmán, confirman que este valle ha sido, una y otra vez, un punto de quiebre en la historia política del país.

La Cultura: Danzas, Santos y una Identidad que se baila

La Victoria tiene una vida cultural que no se limita a los museos. Se expresa en la calle, en la música y en las procesiones que se repiten año tras año.

El Baile de La Llora es la manifestación cultural más emblemática. Se trata de una danza colectiva que se ejecuta alrededor de una mata de cambur y que mezcla elementos indígenas, africanos y europeos. Cada figura —La Sambailina, La Vaca, El Oso Melero, El Aguacerito de Dios— cuenta una historia. En La Victoria y en Zuata se celebra tradicionalmente el 2 de noviembre, como parte de las festividades de los difuntos, pero con un espíritu de alegría y no de duelo.

El Encuentro Municipal de Danzas Ribas, celebrado durante el mes de febrero, cumple más de tres décadas de tradición ininterrumpida. En su edición de 2026 reunió a más de 600 bailarines y 21 agrupaciones, según reportó VTV. Es una fiesta que convoca a delegaciones de otros municipios y estados, y que confirma que la danza no es un adorno: es una forma de memoria.

La religiosidad popular también ocupa un lugar central. La Iglesia Matriz Nuestra Señora de Guadalupe, declarada Monumento Histórico Nacional, es el corazón espiritual de la ciudad. Las procesiones de la Virgen de las Mercedes, del Rosario y la Bajada de los Reyes son parte del calendario afectivo de los victorianos.

La Gastronomía: Sabor de un Valle que se deja comer

La cocina victoriana es generosa, contundente y profundamente vinculada a la tierra. No se trata de alta cocina, sino de comida que alimenta y que cuenta una historia.

El plato más representativo es el sancocho cruzado, una preparación que mezcla carnes de res, cochino, gallina y pescado en una sola olla. Es una metáfora perfecta del mestizaje: distintos orígenes que terminan en el mismo caldo. Le siguen las arepitas dulces, la hallaquita de chicharrón, el majarete y la sopa de caroetas negras, platos que aparecen en el Catálogo de Patrimonio Cultural Venezolano.

Un caso particular es el del restaurante Pollo Gordo, reconocido como Patrimonio Gastronómico y Cultural del municipio Ribas en julio de 2025, tras cinco décadas de funcionamiento. No es un reconocimiento menor: habla de una tradición culinaria que ha acompañado a generaciones enteras.

La Ruta Gastronómica del Chicharrón y el Queso de Mano, que va desde La Victoria hasta Pao de Zárate, y la Ruta del Sancocho, que sube hacia Pie de Cerro, son iniciativas que buscan convertir ese saber culinario en experiencia turística. La comida, aquí, no es solo alimento: es identidad.

Atractivos Turísticos: Un paseo por la historia y el paisaje

La Victoria tiene un patrimonio tangible que puede recorrerse a pie. El Ministerio de Turismo validó en 2024 la ruta “La Victoria: un paseo por la historia”, que incluye trece puntos de interés que van desde el Monumento Juventud Bicentenaria hasta la Casa de la Cultura Alsacia Álvarez, pasando por el Museo Casa del General Santiago Mariño, la Plaza José Félix Ribas y el Cuartel General Mariano Montilla.

El Monumento José Félix Ribas, también conocido como Monumento a la Juventud, se alza en el cerro La Bandera y ofrece una vista panorámica del valle. Fue construido para conmemorar la batalla de 1814 y es uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.

El Parque Paseo de la Juventud, el Parque de la Estación y el Parque de Los Libertadores son espacios recuperados que combinan memoria histórica con recreación. La Casa Amarilla o Casa de Asotea y la Cárcel Real son testimonios de la arquitectura colonial que aún se conserva.

No menos importante es el Peaje de La Victoria, conocido como el Túnel de las Luces, una obra de infraestructura que se ha convertido, paradójicamente, en un atractivo visual para quienes transitan la autopista.

La Victoria en la actualidad: Industria, memoria y desafíos

Hoy, La Victoria es mucho más que un capítulo de la historia independentista. Es una ciudad industrial. Según Venciclopedia, alberga más de 50 industrias y forma parte del eje Tejerías–Maracay–Valencia, donde se concentra una porción significativa del parque industrial del país. El comercio y la construcción también son sectores dinámicos.

Esa vocación industrial no ha borrado su pasado. La Iglesia Matriz Nuestra Señora de Guadalupe fue declarada Monumento Histórico Nacional y, en 2026, comenzaron labores de restauración tras los daños sufridos por un doblete sísmico. La Plaza de Toros de La Victoria fue reinaugurada como espacio cultural y familiar, y la Orquesta Sinfónica de Aragua sigue activa.

Pero la ciudad también enfrenta tensiones. El crecimiento urbano, la presión sobre los servicios y la necesidad de preservar un patrimonio que compite con el cemento son desafíos reales. La declaratoria de Bien de Interés Cultural por parte del Instituto del Patrimonio Cultural, según la Gaceta Oficial N° 38.234 del 22 de mayo de 2005, es un reconocimiento, pero también una advertencia: lo que no se cuida, se pierde.

Un Valle que sigue siendo estratégico

La importancia de La Victoria no se agotó en 1814. Su posición geográfica la mantiene como un punto de conexión entre el centro del país y el occidente, entre la costa y los valles. Su historia económica —primero agrícola, luego industrial— refleja los cambios del modelo productivo venezolano. Su cultura —la Llora, las danzas, las procesiones— demuestra que la identidad no se hereda pasivamente: se practica.

La Victoria es, en cierto modo, un espejo de Venezuela. Tuvo un origen indígena que fue negado durante siglos. Fue escenario de batallas que definieron el rumbo de una nación. Se enriqueció con el trabajo de la tierra y luego con el ruido de las fábricas. Y hoy, como tantas ciudades del país, busca un equilibrio entre lo que fue y lo que quiere ser.

Recorrer sus calles es recorrer esa tensión. No es una ciudad museo. Es una ciudad, con contradicciones, con memoria y con futuro. Y en ese sentido, sigue siendo, como en 1593, un punto de encuentro entre el valle y el mundo.

Fuentes Oficiales

Dos por Venezuela Oficial © 2026. Licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional.

Ani Garcia

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